CULTURA

[Reseña] “La cuadra” de Gilmer Mesa

La cuadra: problemática y oportunidad de una novela testimonial

Bogotá. Literatura Random House, 2016.184 pp.

 Recuerdo una declaración de Primo Levi, citada por Beatriz Sarlo en un fragmento de su obra dedicado a la retórica del testimonio[1], donde el escritor afirma la importancia, en sus textos, de lo que no puede ser dicho: declara, quizás como gesto de homenaje, que los testimonios más verdaderos del horror son aquellos cuyos testigos no sobrevivieron al exterminio, y son, por eso mismo, testimonios imposibles. Allí donde no puede haber testigos, la ficción funciona como mecanismo de entrada, como una forma de crear una representación negativa, ofreciendo, en su cualidad de irrealidad, la posibilidad de experiencia en territorios velados, de otro modo, por completo.

Quizás uno de los méritos de las novelas testimoniales sea el pendular sobre esa posibilidad, ofrecer al lector los datos reales del testigo y moverse a la creación cuando la visión del sobreviviente encuentre los límites de su historia personal. Si lo es (y remarco el quizás), habría entonces que reconocer un riesgo particular igual de importante: la incorrecta amalgama de los materiales de la ficción y los de la no ficción; el problemático encuentro entre el lenguaje novelesco y el lenguaje testimonial, y el choque con los horizontes del lector relacionados al género de su lectura.

No es lo mismo —y un ejercicio previo a la lectura, compromiso del lector, consiste en preparar el ánima para sintonizar con el libro presente en sus manos— leer una novela a un reportaje, una antología poética a una antología de cuentos. En el encuentro con testimonios (desde Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia hasta No tendrán mi odio) debe haber una serie de concesiones necesarias, si no se espera rechazar el texto o juzgarlo desde regiones no endémicas, con las nefastas consecuencias derivadas de esta Babel silenciosa que es la lectura.

Quizás el mayor de esos lentes necesarios sea la comprensión previa de que, en el testimonio, el artificio literario se asentará en otras bases dejando al lenguaje y a la estructura en un lugar relegado; así, pues, exigirle densidad estética o riqueza formal puede pasar a un plano distante de la lectura, la reflexión, el análisis, y el disfrute de la obra. Así, quizás (y abuso una vez más del adverbio), sería mejor para los lectores de La cuadra entenderla como un testimonio con elementos novelescos. De ese modo podría apreciarse sin esperar de la obra abordajes que, como novela, falla en ofrecer.

Narrada en primera persona, La cuadra, describe el surgimiento de la delincuencia relacionada al narcotráfico como forma de vida durante la década de los ochenta en el barrio Aranjuez, de la ciudad de Medellín. El narrador presenta su vida y la vida de sus amigos muertos, dedicando a cada uno un capítulo de la novela, y cierra con una breve reflexión de lo que significó en su vida la muerte de su hermano mayor; lo que significa, en tiempo presente, ser el sobreviviente, el testigo.

Los personajes se construyen desde la óptica del narrador, cuya mirada no es particularmente incisiva y nos remite entonces a figuras caricaturescas y unidimensionales en la mayoría de los casos, cuya caracterización se basta con contados elementos resonantes con el contexto general del libro (violencia, poder, drogas, dinero fácil); por ejemplo, en cada uno la exposición de su pasado es directa consecuencia de su comportamiento en el presente: Kokorico es un sádico despiadado por culpa de su madre déspota, Mambo se convierte en asesino para matar al asesino de su madre, Denis hijo mata a Denis padre para vengar el estupro que fue su origen. Si bien aparecen algunas oportunidades de explorar densamente la complejidad humana, son escasas y pasan desapercibidas.

A lo largo de la narración, además, aparecen incisos informativos embebidos dentro de las reflexiones del narrador: paréntesis de la trama utilizados para ensayar sobre las condiciones de ebullición del narcotráfico, las pugnas con el poder estatal o la calidad moral del pueblo antioqueño. Distan mucho de aportar algo nuevo a un tema ampliamente recorrido, y consiguen, por el contrario, reforzar conclusiones y estereotipos ya instalados por previas novelas medellinenses (desde Jorge Franco hasta Fernando Vallejo).

Así las cuentas, sumando un desempeño más bien torpe en el uso del lenguaje (la obra, por ejemplo, está construida a párrafos extensísimos sin justificación alguna), tanto la caricatura en los personajes como el lugar común en el desarrollo reflexivo le cobran fuerte a La cuadra, y asentada junto La virgen de los sicarios (e incluso junto a Rosario Tijeras) no soportaría el vértigo que las separa.

Y, sin embargo, como testimonio de Medellín, como información de un periodo y unos dolores, como esquela de una herida, vale la pena darle el chance de cruzar hasta nosotros. Quizás no diga nada nuevo, quizás no nos ayude a hacer catarsis, quizás no alimente debates o reflexiones; pero quizás (y sé lo mucho cargado en el adverbio) volver a releer lo ya sabido nos ayude a poner paz en una guerra con la cual todos, de uno u otro modo, tenemos algo que ver.

[1] El libro es Tiempo pasado: cultura de la memoria y giro subjetivo: una discusión, el capítulo dedicado al testimonio ocupa una parte central de la argumentación.

Lucas Vargas Sierra
Cáncer. Hijo de Nacho y Martha. Hermano de Mateo. Lector. Boxeador. Estudiante del pregrado en Estudios Literarios de la Universidad Pontificia Bolivariana.
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