CULTURA

Reseña: “Sepulcros de vaqueros” de Roberto Bolaño

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El inacabable vaquero de las letras

A pesar de que los libros póstumos publicados por las viudas provocan inexorablemente suspicacias, es para mí una tentación irreprimible agenciarme los inéditos cuya rúbrica reza <<Roberto Bolaño>>. Sepulcros de Vaqueros (Alfaguara, 2018) contiene tres nouvelles: <<Patria>>, <<Comedia de horror de Francia>>, y la que le confiere el título al libro.

De corte autobiográfico, Patria trasunta las raíces chilenas de Bolaño, y ya encarna la pluma de su álter ego, Belano. Escrita en el primer lustro de la década de 1990, el entusiasta lector atisba gajos de los elementos formales que en sus siguientes novelas terminarán conformando complejas estructuras y elasticidad estilística. Aquí nos topamos ya con la manera de hacer sumamente reconocida de Bolaño. También con el humor negro. El ejercicio de la memoria y la ficción se amalgaman bajo la rigurosidad verbal que sus leales identificamos aún como tentativas; de ningún modo es obra acabada y por eso no vio la luz en vida de Bolaño (todo ese material le serviría de fuente para sus más ambiciosos trabajos literarios).

Sepulcros de vaqueros ya viene de la mano con su epicentro literario: México. Así como en la persecución vehemente e intrépida a Cesárea Tinajero en Los detectives salvajes, los paisajes yermos del estado de Sonora ya barnizan de desamparo y melancolía existencial ciertos dramas del protagonista. Desde el DF, el aciago periplo juvenil de Bolaño vía mar y tierra con destino al sur para vivir —sufrir— la situación chilena, y reencontrarse con sus orígenes, es la demostración de la perpetua búsqueda de Bolaño —Arturo Belano, Rigoberto Belano— por envolverse en enmarañadas aventuras reales, más allá de lo que el placer innato de leer ofrece. En su literatura, este interminable afán por lo incierto, desconocido e incluso suicida, se descifraría en el temple experimental que practicó sin cicatear hasta su último impulso creador, impulso que, por otra parte, parecía ser su respiración, de modo que no se vio mermado sino hasta la implacable muerte que anunciaba su hígado enfermo.

En Comedia del horror de Francia presenciamos a un Roberto Bolaño completamente impersonal en su narración, volcado a la embrollada labor de recrear un idílico mundo surrealista —infrarrealista en su fuero íntimo, sin duda—, a propósito de una frase de André Breton que admitía que <<tal vez había llegado la hora de que el surrealismo entrara en la clandestinidad>>. El relato principal y delirante se lleva a cabo mediante el recurso de una llamada telefónica anónima.  ¿Quién está del otro lado?, ¿en dónde se encuentra? No sabemos si es una mera vejación o burla. Pues bien, la historia que dicho interlocutor —que ejerce casi un monólogo— le cuenta al joven de diecisiete años deslumbra por la capacidad inventiva, por el hecho de hacerte creer que lo quimérico es posible, que la literatura torna coherente cualquier dislate, y, sobre todo, porque la fábula habla del paralelo universo del surrealismo convirtiéndose a sí misma en una obra de arte surrealista.

 

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