CULTURA

Opinión: ¿Qué hubiese sido de mi?

Algunas veces me han preguntado, si tuviese la oportunidad de viajar en el tiempo, ¿a qué época iría? Yo siempre respondo, con firmeza, que iría sin miedo a la Alemania Nazi. Sé que esta respuesta puede herir susceptibilidades y que nadie se la podría esperar de mí, pero hay un buen motivo para hacerlo: Avisarle a todos los familiares de mi abuelo, todos, como bien lee, que aún están a tiempo de escapar y de poder salvarse.

El día miércoles 4 de mayo se celebró Yom HaShoa, en español, el día de recuerdo del holocausto. Por eso, en este artículo, quiero escribir tres ideas sobre lo que hubiese sido mi vida en aquellos años, donde la discriminación se apoderó de los ciudadanos que guardaron silencio en complicidad mientras seis millones de judíos eran torturados y brutalmente asesinados.

Quisiera comenzar hablando de aquella estrella amarilla. Esa es la estrella que yo, años atrás, hubiese tenido que llevar en mi brazo. Esa estrella marcaba mi camino y mi desgracia. Esa estrella me identificaba entre las personas “puras” con un corazón muerto por la complicidad. Esa estrella significaba que era un animal ante las personas, una bestia, un ladrón, un asesino, un despiadado enfermo, un judío, simplemente. Esa estrella dejaba en claro que terminaría siendo fusilado, por no decir bañado en un gas que quemaría mi cuerpo mientras mis gritos de desesperación llegaban a los oficiales que no harían nada, porque los cómplices callan. Una simple estrella amarilla con la palara “Jude” en el centro, decía que mi hora llegaría pronto y que mi inocencia se perdería en trabajos forzados.

Pero no solo existía esa estrella, sino también los ghettos. Hubiese tenido que vivir en uno, apartado del mundo, con los míos, encerrados en una pequeña parte de la ciudad donde las enfermedades corrían por todos lados y, terriblemente, los cadáveres de adultos e incluso niños abundaban en las calles por la hambruna. Probablemente dormiría en un cuarto para dos, acompañado de unas veinte o veinticinco personas, porque los ghettos albergan más judíos de los que podían entrar. Y si deseaba salir algún día debía pensarlo dos veces, porque la respuesta a esa necesidad era simple: escapar y morir.

Lo más terrible es que hubiese sido llevado, sin duda, a un campo de concentración, si es que no me asesinaban antes en la calle, lo cual estaba permitido, porque matar a un judío era, entre arios, un privilegio, por no decir un honor. Me hubiesen puesto a trabajar sin derecho a descanso, sin derecho a beber agua ni a comer. Me hubiesen obligado a levantar piedras el triple de pesadas que yo y si caía por agotamiento, un disparo hubiese acabado con mi vida. ¿Es mejor recibir un disparo o morir quemado? La verdad que esa pregunta no hubiese importado en aquél tiempo, porque como escribió un sobreviviente anónimo: “Dormía sabiendo que moriría esa noche, y cuando despertaba lo hacía sabiendo que moriría ese día”.

Un artículo donde describo estas atrocidades no merece tener un desenlace, porque el dolor de un pueblo, frente a estos sucesos, es eterno. Solo, para terminar, escribiré lo que se sabe: el secreto para que esto jamás vuelva a ocurrir es simple: no olvidar.


Fuente de la imagen: www.monroetalks.com

Eduardo Bronstein
Escritor nocturno, apasionado por la música clásica y el buen cine. Autor del libro “Quince Cuentos de Largas Noches”.
En las redes (Twitter e Instagram): @edubronstein
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