CULTURA

[Opinión] De los situacionistas a los intervencionistas: ¿una revolución cultural?

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El término “vanguardia”, tal como se utiliza en el discurso popular, así como en los mundos más especializados del arte y la política, tiene una variedad de significados. A veces se pasa por alto: no se considera que tenga una importancia especial.  Sin embargo, durante la mayor parte del siglo XX -y también el XIX- el término vanguardia fue ampliamente utilizado para definir los intentos de forjar nuevas dimensiones a nuestras definiciones estéticas y políticas de la realidad. En la intersección del arte y la política es donde se originó el término se encuentran sus interpretaciones más explosivas. En su edición de 1973, la actual Gran Enciclopedia soviética ataca con fuerza al “vanguardismo” como “saturado de individualismo capitalista y pequeño burgués”. Más recientemente, han atacado la vanguardia como un concepto que fomenta el elitismo.

Si tratáramos de dar una definición breve a la “vanguardia”, tal como ha evolucionado en los últimos dos siglos, nos referiríamos a las personas que buscan transformar los cambios estéticos y políticos en la sociedad. A veces, entrelazados en relaciones complementarias, y en otros momentos, relacionados a hilos separados e incluso antagónicos, donde la innovación estética y el compromiso político se hallan integrados en el núcleo del significado de la vanguardia. La tensión entre lo político y lo estético en las vanguardias es significativa y valiosa; los activistas políticos pueden aprender mucho del impacto de los movimientos estéticos.

Pero antes, abrámonos a la crítica.

Dado que el placer estético, el entretenimiento sensual y las relaciones superficiales son cada vez más valorados en nuestra sociedad contemporánea, el ocio por la creación crítica se ha convertido en constitutivo primordial de nuestra cultura. A medida que la sociedad moderna pasa de la otra orientación a la autodirección, la personalidad individual refleja el vacío que deja ver un hondo retroceso de la esfera cultural a solo la creada esfera estética. En las ciudades céntricas, donde la estatización gana importancia; las emociones personales, la formación de la personalidad y la experiencia personal, transforman muy a menudo el espacio urbano. “La estética y la política”, tal y cómo decía W. Benjamín, se está apropiando más en la forma abstracta de solo la producción antes que la conciencia social y cultural de nuestro contexto.

Enfatizándonos un poco lo que hoy se denomina “arte de vanguardia” dentro de la nuevas posturas, propuestas y objetivos de las academias de arte y algunas galerías emergentes, estos, en algunas ocasiones, se hayan completamente despolitizados a lo que reclama actualmente nuestra sociedad. Es ahora una faceta de su naturaleza considerada por muchos como el sello distintivo del “modernismo” que tradicionalmente hace hincapié en lo “estético” que en la moral, el sufrimiento humano o la política.

  1. Burger hace el mismo punto en la vanguardia (1974): “Un arte que ya no es distinto de la praxis de la vida, pero totalmente absorbido por ella perderá la capacidad de criticarla”. Tanto en el arte relacional institucionalmente vinculado, como en las prácticas socialmente comprometidas fuera de la galería, los espectadores se convierten en participantes de buenas relaciones sociales y el público documental es testigo de algo inspirador con el que pueden simpatizar.

Actualmente, entramos a los museos, hacemos colas, vemos que lo teníamos previsto ver, -lo que estaba enunciado en los medios de comunicación-, salimos, y como resultado hay una especie de vacío que podemos cubrirlo con una incesante falta en el debate y la discusión, sobre todo la falta en la didáctica de responder críticamente a una imagen o a un muestrario que se describe callado frente a nosotros, muy a diferencia de crear un lenguaje de interpretación que genere conciencia, tal cual y cómo tiene que ser su objetivo.

Sustentemos que las obras y los artistas pueden ser un espejo para la sociedad de una manera realmente incómoda y esto es algo del cual debemos sujetarnos como parte de nuestro pensamiento crítico. Con el pasar de los años existe más una conexión entre el arte contemporáneo radical y la vida real, pero muchos, al parecer, no están de acuerdo en la solución o un camino a seguir para ello, incluso si hay uno.

La imagen estática sin lenguaje discernible, la vanguardia o el arte museográfico en general merecen fomentar un grado de evaluación social y crítica por parte del espectador en diversos sentidos de culpabilidad o responsabilidad personal. Es indudable no pensar que algunos buscan incrustar al espectador en el trabajo, mientras que otros confían en el espectáculo. Las prácticas socialmente comprometidas pueden darnos un breve sentimiento de compromiso, y el trabajo antagónico, aunque didáctico, puede ser impresionantemente impactante. Todos son ejemplos de arte que tiene como intento crear instancias de disrupción social y política; sin embargo, los actuales artísticos presentes no se están muchas veces de acuerdo en ser criticados no solo por el lado estético, sino por el lado social, ético y político.

Algunos artistas inevitablemente elegirán comprometerse directamente con el mundo que les rodea creando trabajo que busca crear un diálogo con él. En el arte contemporáneo podemos encontrarlo en las instituciones artísticas más prestigiosas o en las calles, pero cada vez más artistas están operando y haciendo trabajos fuera de los confines formales del espacio de la galería tradicional. A veces se diluye o se desinfecta a través de esa mediación; a veces la experiencia es visceralmente cruda; y con frecuencia, hasta cierto punto, ambos. Las imágenes a menudo pierden la inmediatez del momento vivo, pero es a través de las imágenes mediadas que es más probable que experimentemos la mayoría de las obras de arte que más impactan y más se han discutido.

Hay otro método, quizás, más dialéctico del arte del siglo que busca crear un conjunto diferente de los diálogos de estos dos modelos: diseños para ser más compartidos, encuentros iguales, abiertos, que se encuentra dentro del arte y las estructuras sociales y los discursos. Las posiciones binarias de la Guerra Fría han sido reemplazadas por la globalización y una pluralidad de respuestas.

De los situacionistas a los intervencionistas: ¿una revolución cultural?

“La revolución no es ‘mostrar’ la vida a la gente, sino llevar a la gente a la vida”[1].

Los artistas y los debates artísticos, en su mayoría, residen firmemente dentro de los discursos artísticos institucionales; pero la globalización ha desatado su propia vanguardia: artistas y activistas culturales cuya práctica refleja un interés cada vez mayor por las prácticas culturales que abordan directamente las cuestiones sociales y políticas. Claramente con esta agenda están siguiendo las tradiciones vanguardistas de Dada, los surrealistas y los situacionistas, pero desde una perspectiva más plural. Sugiero que una diferencia positiva clave es que estos activistas culturales creen un vínculo directo entre la cultura y la política de una manera que la vieja izquierda europea nunca alcanzó.

Teoricemos y experimentemos: Busquemos soluciones simbólicas a partir de ello.

[1] Debord, G Para un juicio revolucionario de arte, 1961.

 

Estefanía Sánchez
Estudiante de Humanidades, Artes Plásticas y Filosofía, con mención en Teoría y Estudios Críticos por la Pontificia Universidad Católica del Perú y Estudios Generales por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
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