MISCELÁNEA

Opinión: Arte y capitalismo

La evolución a partir de un modelo más “empresarial” da lugar a ciertas preocupaciones clave para los artistas: el aumento de la capacidad capitalista para mercantilizar un número cada vez mayor de obras de arte.

Analicemos el tema. Mortimer Adler en su libro “Seis Grandes ideas” escribe sobre la belleza y sus dos sentidos: la admirable belleza y la belleza agradable.  Esto al comienzo puede significar una tautología, pero no es del todo así. Tomando como referentes a Aquino y Kant, Adler explica que la belleza es lo que nos da placer al ser contemplativa (Aquino), y este debe ser un placer desinteresado (Kant). Los dos sentidos de belleza explican las diferentes experiencias de placer desinteresado al contemplar, indiferente o no, un objeto artístico. Por ejemplo, una persona puede disfrutar de una pintura y otra no; es simplemente una cuestión de gusto. Sin embargo, una pintura puede ser juzgada como excelente o mediocre por una comunidad artística, incluso si hay desacuerdos, estos se basan en algo que podría ser necesariamente  un juicio del gusto a partir de una significación en particular.

Podemos deducir entonces que cada corriente artística posee un conjunto de propiedades que hacen que una obra de arte sea admirable por un legado artístico y no por un gusto desinteresado. Un común en el que podemos llegar es que el mercado artístico está de acuerdo con el estudio de la belleza en estos dos sentidos. Tanto en la correlación imperfecta entre el disfrute y la admiración de la belleza. Si echamos un vistazo más a fondo en los negocios del arte, podemos ver que la belleza de un objeto es “certificada”, también,  de dos maneras: 1) la opinión de expertos y 2) la opinión de los compañeros no tan expertos. Puntos no tan ajenos al proceso de industrialización.

El papel de los críticos (y amigos, expertos o ambos) de estos entornos artísticos empresariales, muestra que el mercado avala una idea de “admirable belleza” y que se puede ver más claramente por un ojo “educado”. Así describimos, una conexión entre los artistas “emergentes” y el capitalismo contemporáneo. Este trabajo implica no sólo unas horas en el estudio, sino también asistir a aperturas de exposiciones, ir a fiestas, eventos, recibir comentarios halagadores (muchos de ellos, falsamente argumentos), haciendo de Facebook un censo de “amigos” que inmediatamente se ponen al servicio de un ulterior desarrollo del proyecto. Todos los contactos son socios, y  la red, plataformas potenciales para la extensión del arte. Esto confirma la posición de Adler en relación a la belleza, que “por un lado, puede ser juzgada por su excelencia intrínseca admirable y, por otra parte, puede o no puede dar placer o disfrute a los individuos.”

Sepamos que es casi impredecible encontrar a solo un actor. El artista contemporáneo, que, sin renunciar a la prohibición moral común, se define por un mercado cuyo funcionamiento sea posiblemente crear un objeto utilitario y de instrumentalización. Aquí nos acercamos a una idea próxima de instrumentalización del arte: La idea de belleza o de gusto sirve para convencer al consumidor de que el mercado está de acuerdo con que una cosa es netamente “bella” y por tanto sujeta a un alto precio. Un ejemplo claro son las famosas subastas de arte realizadas en torno a las obras del Damien Hirst. Su “sublime capital” no excede a los diez millones de dólares.

Como hemos visto, el capitalismo es muy eficaz para mover el intercambio de bienes y servicios en los niveles más altos de su eficiencia. Sin embargo, esta aproximación no nació a partir de un modelo evolutivo tan empresarial. Podemos deducir que esta idea se origina en un contexto donde el arte fue visto como bello en su totalidad.

En la época de Leonardo Da Vinci, Rafael y Miguel Ángel, donde se percibía un tipo arte sujeto a la regla, orden y proporción, se podía idealizar que la técnica , y el arte en general, era mejor producido allí que en un actual contexto. Si recordamos un poco, deduciremos que el mecanismo más práctico para aquel contexto, fue la Iglesia. Hoy podemos ver que, por un lado, el arte producido es estratégico para su misión (por ejemplo, pinturas de catequesis), similar a las pinturas nacionalistas en los Estados-nación y pinturas de temática proletaria en los regímenes comunistas.

Por otro lado, podríamos estudiar la profunda educación estética tomista de los pocos hombres que decidieron que el artista y el arte debieron apoyar la idea “productiva” de crear “hermosas” obras correspondientes a un tema. Una de las misiones de la Iglesia era producir la contemplación de Dios dentro de la idea de belleza misma. Esto delataba, entonces, una creación y selección de obras de arte para un fin. La Iglesia pudo haber sido un fuerte primer patrón en la producción de hermosas obras de arte que puede dar inicio a un proceso idealización para la  producción del arte.

Al obtener una mirada más general sobre la producción del arte, tanto en el pasado como en la actualidad, podemos obtener un mejor conocimiento de las ideas en sus sentidos de belleza y la relación de cada época en sí. Actualmente vemos como esta traducción de esa idealización ha formado parte de un gusto comercial que responde a las exigencias de un mercado.

El aumento de la profesionalización de los artistas a través del aumento de la importancia en galerías, colecciones de arte de bancos de inversión , la existencia repentina de una clase profesional de administradores del arte, el aumento de la prominencia de las ferias de arte comerciales, la evisceración de la escritura crítica y legible sobre el arte, el desarrollo de las publicaciones comerciales brillantes que consisten principalmente en la publicidad, la pérdida de la distinción entre galerías con fines de lucro y sin fines de lucro, la colonización de museos por los intereses corporativos, y así sucesivamente.

El capitalismo puede ser perjudicial para el arte porque el foco en el dinero puede animar a los artistas para crear algo comercialmente viable en lugar de tomar riesgos que son más propensos a avanzar en el campo. Se tiende a valorar la cantidad sobre la calidad. Esperemos que esta palabra tan prestigiosa a la que llamamos “arte” no se reemplace, con el paso del tiempo, por la palabra “cultura”. Eso implicaría menos divagaciones y más atentados a nuestros derechos sociales. Por lo menos, los programas de gobierno dicen apoyar la cultura. Sostengamos de “eso”.

Estefanía Sánchez
Estudiante de Humanidades, Artes Plásticas y Filosofía, con mención en Teoría y Estudios Críticos por la Pontificia Universidad Católica del Perú y Estudios Generales por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
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