CULTURA

“Jugar con agua”. Una reseña sobre “Aquí hay icebergs” de Katya Adaui

Literatura Random House.2017. 126 pp. S/.39

Se nos suele pedir de niños que tengamos cuidado con el fuego. También de grandes. Se nos advierte sobre jugar con él y se nos recuerda, ya adultos, que “donde hubo fuego, cenizas quedan”. En Aquí hay icebergs, recién estrenada colección de cuentos de la escritora peruana Katya Adaui, el peligro y la revelación, en cambio, están en el agua. Agua que es hielo, agua que es un juego infantil que se torna abusivo y peligroso, agua que es el mar o la piscina en la que una de las protagonistas nada y nada. Agua que son también las lágrimas que se derraman abiertamente o se ocultan con los dientes apretados. Agua que es recuerdo de limpieza y también la posibilidad siempre presente de ahogarse. De  hundirse. Agua, por cierto, que trae consigo sus movimientos: la fluidez líquida de la memoria, el empantanamiento de la amargura en una relación madre-hija, las mareas y oleajes del deseo y el amor furioso.

Desborde.

Son doce cuentos que exploran, en su mayoría, las dinámicas familiares. O tal vez sería más acertado decir: el momento exacto en que lo familiar se vuelve extraño, en que vemos una sombra nueva, un tono de voz distinto. Doloroso.

En el primer relato, Todo lo que tengo lo llevo conmigo, nos enfrentamos a una familia en una cuenta regresiva, en fragmentos numerados desde el 68. Cada viñeta trae consigo un recuerdo, un trauma, un silencio. Comienza con: “Mi madre me trae ofrendas los domingos. El pasado vuelve en acontecimientos. Ella insiste en instalarme recuerdos nuevos, los suyos.” Los fragmentos van revelando, de a poco, la sensibilidad de la narradora. Dice, en un momento: “Después de correr, luego de almorzar, leo sobre mi cama. Leo un libro al día. Leo de todo. Tengo varias familias.” La lectura permite el desdoblamiento y el sentirse menos encerrada en la familia que le tocó. Una en la que su padre amenaza con el suicidio y la madre le recomienda a ella y su hermana: “Cuídense de los hombres, ellos siempre te ven como un hueco. Su padre siempre me vio como un hueco.”

En Si algo nos pasa, una mujer viaja son su hermana, el marido y el hijo de ella a la playa. El inicio es brutal y te obliga a seguir su voz a todas partes: “Contra todo pronóstico, sobrevivimos a la Nochebuena.” El paseo le recuerda a la narradora otros realizados en la infancia junto a su padre. Así, comenta: “Mi padre, en otra playa a cientos de kilómetros de aquí, con una hija en cada mano, nos decía: El mar lo cura todo.” Para luego agregar, desencantada: “El mar lo cura todo. No es verdad. Cada ola me soltó de los brazos de mis padres y me dejó más a la intemperie. “El cuento ahonda en esa figura rara de la tía, su amor desmedido por el sobrino, de quien sabe se va a perder sus primeras palabras y tantos otros momentos. Comenta: “Muy lindo su niño, me dice el policía del matamoscas. Quiero responder que soy la tía. Que es mucho mejor ser la tía que ser la madre. Por supuesto, no digo nada.”

El color del hielo relata el paseo de un grupo de amigos que se torna repentinamente violento y perverso. Son jóvenes en un auto (“Era una época en que llorábamos poco y sentíamos mucho.”), con una pistola y cervezas. El narrador le ha robado a su madre el dinero que guarda en un frasco de jabones, dinero que “huele a limpio”. Es ella quien le dice al narrador: “Superar la infancia es sobrevivir al peor de los tsunamis.”

En Alaska se encuentra el origen del título de este volumen. Dice al comenzar: “Antiguos cartógrafos escribían en sus mapas, refiriéndose a territorios inexplorados: Aquí hay leones. De ser cartógrafo reescribiría un detalle del mapa familiar: Aquí hay leones icebergs.” Es un cuento que articula un palimpsesto de épocas, de familias que se encuentran y desencuentran en la violencia, una memoria que permanece, como la del hielo (“En las regiones polares, el permafrost –tal es el nombre del hielo perenne – impide los entierros. Al mismo tiempo, nada se pudre. Si alguien desea buscar las cepas de la gripe que mató a la mitad del mundo en 1918, allí están, en la memoria del hielo.”).

Ese caballo cuenta el paseo de una niña al campo con sus padres y el sacrificio de un animal que le devuelve la mirada por última vez. “Donde tienen lugar las cacerías”, lleva a una familia a situación de encierro y desborde. Las paredes de su casa, en el campo, comienzan a ser atacadas por frutas y aparecen llenas de manchas. La familia le pide ayuda a especialistas y debe resignarse a no salir para no entorpecer la investigación. Comenta el narrador: “Cada uno se agenció su divertimento, su rutina. Asumieron la vida como una obra de teatro dentro de un zoológico.” Y también: “La casa se había convertido en una embajada, en un país peligroso, en una frontera, en una zona de exclusión.” El cuento recuerda al terror de Horacio Quiroga, uno que se vive entre silencios y ladridos. Brillante.

En Este es el hombre dos primos juegan con agua mientras su abuela los cuida pero no los escucha. El juego es doblemente secreto pues a la madre del narrador le aterra el despilfarro: “Es un acto de egoísmo mantener grifos abiertos por gusto, sobre todo cuando me lavaba los dientes dejando correr el agua, porque la mitad del mundo tenía sed.” Los niños se preocupan de trapear el suelo, pero las cosas toman otro vuelco. El narrador cuenta todo desde el futuro, uno donde el dolor permanece. Dice: “La adultez es una playa artificial que la mente prolonga.”

En Puertas un hombre que ha dejado una relación de años, se hospeda con una amiga mientras decide qué hacer. Un día se equivoca de apartamento y, al intentar girar la llave, deja atascada la puerta y al vecino encerrado en su apartamento. Mientras llega el cerrajero, los hombres conversan, se cuentan el día y a ratos también enmudecen. Como dice el narrador: “Del silencio pasamos a una mudez sonora. La de una piedra estrellándose contra el fondo de una piscina. Solo quienes están zambullidos la escuchan.”

Agapornis, trae una nota de humor a este libro tan cargado—inundado– de tristeza.  El cuento muestra la llegada de una nueva vecina al edificio, de la que se dice: “Luisa detenía el tránsito, detenía todo.” Son solo instantes, pero se agradecen. Los gemelos hamberes retrata el dolor de dos hermanos gemelos que van quedándose ciegos, mientras Jardinería  muestra a un político estafador que se dedica a cultivar pinos en la cárcel “porque tapan las vistas indeseadas.”

Por último Siete olas cierra el libro de forma magistral. Se trata del encuentro de una mujer y su madre. El relato articula el diálogo como un torrente feroz, uno que golpea, a su paso, tanto a la madre como a la hija. Dos momentos: “Dejar, tu padre siempre fue bueno dejando. ¿Y mi dolor? Eres joven. A los jóvenes no les duele nada, quizás el exceso de vida.” Y luego: “Cada siete olas se puede confiar en ti. Y cada siete olas me aloco. ¿Y qué? Así son las rachas y los narradores bien que se acostumbran.”

El libro termina con la lluvia. Más agua de esa que lava las heridas pero también una que enfría, que se acumula, que no perdona. Katya Adaui ha construido, en Aquí hay icebergs, un mundo inundado, uno donde los ruidos y las conversaciones se escuchan como desde el fondo de una piscina, conjurando intuiciones sobre la naturaleza de la pérdida, del dolor y del abandono. Su escritura va alternando ritmos de pausa y de arrebato, despierta al lector con sus diálogos feroces, con sus reflexiones tristes. Como cuando uno de los narradores dice: “Siempre he sabido cuál es mi lugar. Soy quien observa todo desde el asiento de atrás.” Y  también “A veces leer me tranquiliza. Pero siempre un libro se termina.”

Aquí hay icebergs se termina, sí, pero deja las ganas inmensas de volver a visitarlo, de habitarlo, de sumergirse en él. Una colección, sin duda, conmovedora. A la vez vulnerable y furiosa.

María José Navia
María José Navia (1982) es una escritora chilena. Es autora de la novela SANT (Incubarte editores, 2010) y el libro de cuentos Instrucciones para ser feliz (Sudaquia, 2015). Sus relatos han sido traducidos al inglés, francés y al ruso. Tiene un Magíster en Humanidades y Pensamiento Social (NYU) y un Doctorado en Literatura y Estudios Culturales (Georgetown University). Actualmente se desempeña como Profesora Asistente en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile y escribe reseñas tanto en Paniko.cl como en su blog www.ticketdecambio.wordpress.com
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