CULTURA

Crónica: Papá, toma la calle

Soy un nudo. La emoción me ha inhibido y escribo estas líneas con la torpeza —y ternura— de las lágrimas, sobrecogido profundamente por la belleza de las cadenas humanas, de los coros desgarradores de un pueblo que se atreve a pelear por su dignidad. Los maestros por fin tomaron Piura. Su fuerza, su bravura, recorre las calles de la ciudad a la que consagraron su vida. Y por primera vez en muchos años, parado frente a los batallones de cálido arengar, dejé de sentir la soledad azul de las muchedumbres, de los salones repletos de la facultad, de las oficinas judiciales en las que mis días se arruman detrás de los estantes.

El clamor de sus voces es huracán rugiente, estallido de rabia, de legítima cólera en contra del Estado, ese patrón que, gobierno a gobierno, desprecia la investidura del docente de escuela, malbaratea su vocación, pauperiza su sobrevivencia; pisotea sus ánimos, procura para ellos apremios, deudas y desvelos; medra su conciencia, desprecia su andar; y, por si fuera poco, cuando el agarre de la soga se vuelve insoportable y esta no solo les asfixia, sino que retuerce sus ánimo de continuar, y los gremios piden el cese inmediato de semejante régimen de tortura, es también el Estado, capturado por técnicos y gerentes que lo tienen por chacra, por puesto de mercanchifles, el soplón embustero que criminaliza su valiente alzamiento y que les tilda de violentos, de brutos, de mediocres a los que no hay que reivindicar, pues «no quieren capacitarse». Nada más ridículo. ¿Quién puede pensar en maestrías, en cursos, en diplomados, si los salarios telarañosos que reciben se extinguen en la amortización de deudas infinitas y en el gasto alimenticio de una familia?

El paso férreo de los maestros llena kilómetros de asfalto burbujeante. Su sangre baña, doliente, las plazas, lloviendo con amargura de sus brazos. Y el rugido desesperado de los más de veintisiete mil padres y madres de todos —porque en las aulas a todos nos dieron cobijo— colma el cielo desdibujado por las espinas de los algarrobos, atiborrado con la pólvora del descontento. Y de repente, su estertor, sus coros, sus ecos llenos de sufrimiento y hartazgo queman más que el propio sol que, ahora, opacado, ya ni se atreve a mirar de frente el relumbre de los huelguistas.

Huarmaca, Las Lomas, Máncora, Pueblo Nuevo, Bigote, Huancabamba, Pacaipampa, La Unión, Chulucanas, Morropón, Paita, Mallares, Tamboya, Sullana, San Pedro, Cristo nos valga, Salitral, Ayabaca, Tambogrande, La Arena, Bernal, Castilla, 26 de Octubre, Piura, Catacaos y, entre ellos, en medio de aquel mar de eternidades desaforadas, de soledades que niegan al silencio de la sumisión, mi padre. Mi padre, el profesor a doble turno, el profesor que debe emplearse en otros tantos oficios para zafarse de las deudas, marchando como si no hubiera mañana. Mi padre, mi padre el cachaco, el que temía por mí cuando yo era el que le daba duro a las marchas, candela en voz, y que se deshacía en consejos para su hijo cuando los ruines de la universidad, a fin de amedrentarlo, le armaban vínculos inexistentes con la porquería esa de «sendero» (tal y como ahora Basombrío, Martens y un grupo de maniquíes echados a reporteros, dizque periodistas, intentan hacerlo con ellos) por salir a tomar calles y pistas cada vez que la injusticia blandía su filo. Sí, mi papá. «¡¡¡Papaaaaaaá!!!». Y que yo lo aplaudo. Él me mira, sin mirarme, por detrás de sus gafas oscuras. Se ha sorprendido. Sonríe y corro a su encuentro, intentando no llorar, cuidando de guardarme las lágrimas que me hincan el paso, sumándome al oleaje de banderines y altavoces. No tiene caso hacerme el duro. La felicidad me rueda rostro abajo y mojo su pecho y me ofrece sus brazos y lloro nuevamente, acurrucándome bajo su mentón como cuando era niño y terminaba moqueando porque el cuento me quedaba corto y no me salía nada de nada, ni las sumas, ni ninguna otra tarea. Y lloro, sin reparo, sin vergüenza alguna, agachadito para dejar abrazar mi metro setenta y cinco, porque nunca antes había sentido tamaño orgullo por nadie, jamás. Porque mi padre no marcha por él. Ninguno de los que ahí se arremolinan lo hacen. Mi papá rasga su garganta, descascara sus zapatos, se derrite al mediodía y, resuelto, desfila contra la indiferencia de su gobierno «democrático», contra la hipocresía de sus patrones que se atreven a tachar al magisterio de «terrucos violentistas» mientras se conduelen y apoyan a la «heroica oposición venezolana». Unas luchas sí, las que al poder convienen, las que no incomodan ni estropean su agenda; las demás, las de provincia, las de los trabajadores del Perú, a callar con plomo.

Pero los docentes toman las calles junto a mi papá por sus hijos, los de la casa y los que, desde el colegio, apoyan el grito de un hombre que ha dedicado más de veinticinco años a sembrar en tierra fértil, y muchas veces con recursos propios, hombres y mujeres que lo abrazaban felices cuando niños, a pesar de la pobreza de los arenales donde la pizarra se plantaba a la sombra de adobes, y que décadas después se aprestan a estrechar su mano, más felices todavía, cuando voy con él a todas partes y que me dicen que gracias al mismo hombre que me enseñó a amar las letras —mi leit motiv, mi razón de ser— son buenos profesionales, ciudadanos, y hasta padres de familia.

La marcha avanza en un torbellino de banderas azules y doradas, de pancartas granas, rojas, verdes y blancas que graban en fuego consignas para los «siempre olvidados». Bandas de músicos avivan el trote con notas de valor universal, viril, que le dan a la protesta el relampagueo de la victoria anhelada y que lo llevan a uno a seguir inmerso en el cortejo de lucha. Veo los rostros de Horacio, de Cayetano, de Mariátegui, de Arguedas, de Scorza y de un sin fin de hombres cuya virtud les hizo patronos de colegios, de asociaciones, de pueblos enteros. Es momento de nadar a la orilla de la verma, salir del oleaje embravecido y de soltar a mí papá que aún, en tales circunstancias, me pregunta si iré a almorzar, si tengo pasaje para ir a mis clases. Sí, papá. Gracias. No te preocupes. Te amo mucho. Un padre antepone al suyo el bienestar de sus hijos, sin duda. Y que lo veo acoplarse nuevamente a sus colegas y luego que alzan sus brazos y entonces: «¡Si eres policía/es gracias al maestro! ¡Si eres magistrado/es gracias al maestro! ¡Si eres ingeniero/es gracias al maestro!». Dos jóvenes de casco y botas voltean hacia el mar de almas. Policías recién salidos de la escuela. Su delgadez casi vegetal escolta a la movilización. Se han quedado rumiando la última frase que trono en sus oídos. Bajan los escudos y se miran entre sí. Su rostro, compungido, disimula una tristeza digna de obligados y pienso que debe ser terrible, penoso al extremo, levantar la mano contra hombres y mujeres que tranquilamente podrían haber sido no solo sus profesores, sino sus padres. No tienen opción y sufren, y no dejan de dolerme con un dolor sordo, quizá inaccesible a quienes jamás se vieron empujados a ir contra su humanidad, mordiéndose la boca. Un grupo de profesores entrados en años palmean el hombro de uno de los uniformados. «Está bien, es tu chamba», parecen decirle sin decirlo si quiera. Entonces, veo como esos muchachos ─muchachos que con un par de años menos que yo llevan un arma al cinto─ levantan las carabinas y los escudos al ritmo del «¡Maestros en las calles/Por culpa del gobierno!». Todavía queda esperanza, me digo. La redención se esconde en los gestos de comprensión, de apoyo. Acompaño a las columnas con mi aplauso: «¡Somos maestros, no somos terroristas!». Y los maestros no dejan de salir de todos lados, pues en cada esquina testimonio hay de su influencia: los edificios que el ingeniero al que educaron levantó, las casas que el arquitecto al que enseñaron construyó.

Avanzo en sentido opuesto dando de vivas. «¡Es ahora o nunca, ahora o nunca, compañeros!». Muchos agradecen mis palmas y sonríen sabiéndose, por primera vez en años, en décadas, uno solo. Es el momento: Hoy reafirmo mis deseos de hacerme a la docencia como mamá, como papá. Hoy soy tremendamente feliz.

¡Ni un paso atrás!

 

Tadeo Palacios Valverde
Piura, 1994. Escritor, ilustrador y amante de la literatura pulp. Estudiante de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Piura. Sub director de la Revista Literaria “Malos Hábitos”.Lovecraftiano.
Click to comment

Deja tu comentario

Loading Facebook Comments ...
To Top