NACIONAL

Opinión: Pepitas de la vida

Imagen: Cívico

El sábado y el domingo estuve en el Centro de Convenciones María Angola realizando un trabajo sencillo: era el encargado de partir las entradas en un evento para niños. El trabajo me permitió ser testigo de una pequeña pizca de las complejidades de la sociedad peruana.

Los vendedores ambulantes son algo de nunca acabar. Yo no estoy totalmente en contra de la venta ambulatoria, porque, al fin y al cabo, es una forma de salir adelante para algunas personas. La vida es difícil y nadie conoce con exactitud los problemas de los demás. Sin embargo, vender juguetes y peluches con la imagen de los artistas que se presentaban sin pagar un mísero sol por el uso de estas es algo despreciable. Es decir, vendían objetos alusivos al show sin renumerarles en algo a los gestores de este. Todos se atiborraban en las calles poniéndoles los juguetes en las manos a los niños, prácticamente forzando a los padres a que los compren, porque si no, los niños se quejaban y empezaban a llorar.

La viveza se reflejaba en sus miradas y en aquella manera de vender; no obstante, en algunos otros se podía ver desesperación y necesidad.

Esto me generó una disyuntiva: puedo verlos como víctimas de un sistema en el que no encajan y se ven obligados a caer en la informalidad a través de estas malas prácticas, o puedo verlos como los que avivan los problemas de la informalidad, no luchan por salir de dicha situación, y prefieren ganarse la vida a costa de la evasión de impuestos y la apropiación ilícita del trabajo de otros. Un dilema de nunca acabar.

Por otro lado, presencié algo que era ajeno a mis vivencias diarias: un piropo hacia una mujer en plena calle. Una señora caminaba de la mano con su hija calle abajo buscando la puerta por la que les correspondía ingresar. Luego, un micro se detiene en plena pista (para variar) para que baje un pasajero, y el cobrador le manda un beso seguido de la frase “qué rica” a la señora que mencioné. Después él se dio cuenta de que fui testigo de ello y me miró como diciéndome: “Está buena, ¿no?”. No respondí, solo fruncí el ceño.

Fue indignante. La señora no se dio cuenta de nada, pero yo sí. Ella no tenía la culpa de nada, excepto de caminar por la calle. ¿Cuál es la necesidad de decir cosas como esas públicamente? ¿Qué reacción esperan las personas que piropean a las mujeres de manera tan desatinada? Podrá sonar como algo exagerado, pero es que de aquí es donde parten problemas de mayor magnitud. El machismo se manifiesta en sucesos pequeños como este o en feminicidios o intentos de tal (caso de Eyvi Ágreda) que dejan imágenes desgarradoras.  

Definitivamente hay mucho por hacer si deseamos un Perú mejor rumbo al bicentenario. Aquello solo fue una minúscula demostración de lo que se vive día a día en las calles de mi querido/odiado país. Solo fueron unos pasajes, episodios, “pepitas” de la vida.

Santiago Zelada
Periodista
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