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Opinión: El color del terrorismo

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A las 7:20 de la mañana de ayer, Akayed Ullah trató de detonar una bomba casera amarrada en su pecho en la estación Bus Port Authority de Nueva York. La explosión, sin embargo, no fue fatídica, pues la bomba no detonó completamente y solo hirió a algunos transeúntes, incluso al que sería el terrorista suicida. Aun así, se calificó rápidamente el hecho como “terrorista” y no como crimen de odio.

Esto se debe a la diferenciación que Estados Unidos realiza entre aquellos individuos que cometen crímenes de odio y aquellos que cometen terrorismo. Y aunque los actos o hechos y las consecuencias puedan ser las mismas, lo diferente es el motivo. El terrorismo es utilizar violencia para un fin político y un crimen de odio es usar la violencia por raza, sexo o religión.

El Buró Federal de Investigaciones publicó en noviembre de este año la estadística de crímenes de odio ocurridos en los Estados Unidos durante el 2016 y mostró que el número fue 6,121 casos. Aproximadamente 1200 de ellos fueron por motivos religiosos hacia judíos y 307 a musulmanes. Incluso, la British Broadcasting Company (BBC), en una publicación, los llamó crímenes de odio y no terrorismo.

Uno de los problemas que fomentan el antagonismo a los musulmanes es el racismo institucional que se ha generado, pues la definición de crímenes de odio se utiliza para reducir el efecto de aquellos actos de terror cometidos por personas caucásicas. Esto fue evidente en octubre de este año cuando ocurrió uno de los ataques más sangrientos de la historia de Estados Unidos, en el que Steven Padock empezó a disparar desde su cuarto en el Hotel Mandalay en Las Vegas a personas que asistían a un evento de música. Esa noche murieron 58 personas y 500 más resultaron heridas.

Pese a eso, ni los medios de comunicación ni las fuerzas del orden lo llamaron “terrorista”. Una de las razones que se dio fue que si bien su actuación calzaba con la definición federal de terrorismo, esta no calzaba con la definición estatal de Nevada: “se requerían motivos políticos”. Sin embargo, en el caso de Ullah, fue calificado como acto terrorista automáticamente por su procedencia.

Pese a que quedó inhabilitado por su propia bomba y no pudo responder inmediatamente a las preguntas de los oficiales, por lo que  fue imposible verificar si sus motivos fueron políticos. Pero para para las autoridades, Ullah es un terrorista. Esto genera incoherencia cuando aquellos que cometen crímenes de odio no se les llama como se debería. El racismo institucional debe acabar y el primer lugar donde debe eliminarse es justamente donde más afecta: la noción de que solo ciertos grupos étnicos pueden cometer actos de terrorismo.

Carlos Neyra
Estudiante de Derecho con mención en Ciencias e Ingeniera. Ha sido miembro junior de Consultoría Externa y Desarrollo, y es parte del Equipo de Preparación del equipo Peruvian Universities
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