COYUNTURA

Crónica: El combatiente cubano que nunca estuvo en combate

Verdad Abierta

Por José Antonio Pino.

Corría el año 1960. La revolución cubana, aún en pañales, descubría enemigos a cada paso. También los fabricaba. A los doce años de edad, Regino se afilió a la Asociación de Jóvenes Rebeldes con el decoroso objetivo de fabricarse la posteridad heroica y la intención furtiva de salir de la miseria. Solicitó entrar al servicio de contrainteligencia, algo de lo que solo conocía su aureola de rigor y misterio.

Regino se encontraba en la Sierra Maestra cumpliendo su entrenamiento. El entusiasmo duró poco: una bala perdida tropezó con la pierna izquierda de Regino. Él sospechaba que el tiro había sido a propósito. Según su testimonio, algunos jóvenes se enrolaban en la aventura para salir de los campos; otros, buscaban esconderse de un pasado familiar no precisamente revolucionario; y los demás estaban “infiltrados” para generar desorden.

Regino fue trasladado a la ciudad de Bayamo, donde estuvo internado siete días sin cura significativa. Al término, lo llevaron para La Habana. Allá decidieron que había que cortar por lo sano. Nunca mejor dicho. Y le amputaron la pierna. Sobre el tiro y el traslado, el propio Regino ha comentado otras versiones en entrevistas anteriores: el tiro fue en una escaramuza con bandidos. No hubo testigos. El detalle a retener, en cambio, es incontrovertible: tenía 12 años cuando sucedió.

Después de rehabilitarse, en muletas, optó por permanecer en la capital trabajando en el Comité Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas. Enseguida desistieron de su poca instrucción y lo enviaron de periplo por algunas unidades militares en el interior del país, aunque tampoco por mucho tiempo.

Su padre enfermó. Regino tuvo que regresar a casa en el año 1964, donde enfrentó los malos negocios hechos por su padre, quien había alquilado parte de la casa. Los inquilinos habían cambiado los papeles a escondidas, así que el excombatiente tuvo que conformarse con el fondo de la vivienda. Así permanece hoy en día, con extraños en su sala, el techo amenazando derrumbe y la sola compañía de un aparato de radio donde escucha el béisbol.

De la trunca aventura militar, Regino conserva únicamente el simbólico carné de combatiente y alguna que otra medalla herrumbrosa. Además, una pensión inamovible de 200 pesos (CUP). Su anemia escolar no le permitió aspirar a jugosos puestos de trabajo. Laboró de portero en el Coppelia y luego en la Flota Camaronera con el pretencioso título de “pescador con chinchorro”, desde tierra firme, porque tampoco pudo navegar.

Entre bostezo y bostezo, alcanzó el nivel preuniversitario, dando tumbos por las diferentes escuelas nocturnas abiertas en esa época para alcanzar el noveno y el doceavo grado. Estas serían las únicas batallas en las que participó, que eran descomunales para mostrarle al mundo los esfuerzos que hacía Cuba en materia de educación. Maratones de clases y conferencias improvisadas para exagerar estadísticas. Regino, con tan pocas luces, nunca pudo desembarazarse de las carencias. A la larga, ni portero ni pescador: se acomodó a la miseria del bienestar social.

Cuando se fundó la Asociación Cubana de Limitados Fisico Motoros (Aclifim) en 1980, Regino tuvo un brote de esperanza que le duró tanto como un sarpullido. A pesar de su historial matizado, no lo admitieron en la plana directiva. Tuvo la mala suerte de coincidir en el tiempo con otro amputado, hermano de un mártir de la revolución, que ocupó la presidencia de la Aclifim de forma vitalicia. No obstante, Regino dice que entonces la organización tenía más recursos y la atención era más eficiente.

Regino nunca ha insistido en que le resuelvan sus problemas de vivienda, que le aumenten su pensión o que le regalen un perro policía para que le haga compañía. Tiene un carné de combatiente, sin haber combatido jamás. Una vez visitó a la Asociación de Combatientes, pero no le prestaron atención. En cambio, dice que cuando va a La Habana para que le fabriquen una prótesis —en las provincias, los talleres no producen piezas con calidad y se quiebran enseguida, algo patético: una prótesis fracturada— el trato es diferente. Ahí, visita el taller de ortopedia que llaman Cuba-RDA, reminiscencia de las relaciones con el antiguo bloque socialista.

Regino se ríe. Es alto, de huesos largos, fibroso. No parece tener 71 años, excepto cuando descubre las encías desnudas. Es hipertenso y le hace falta medicamento. En el barrio comentan que es “chivato”, un fisgón de persianas que se dedica a informar los mínimos pasos de los vecinos. Ante la pregunta directa, Regino sonríe y su sonrisa no parece una declaración de principios. Parece más bien la declaración del capítulo final, de uno que comenzó con el tiro loco de un loco que le tronchó la pierna en 1960, cuando tenía 12 años, dato para retener. Regino quería salir de la miseria. Regino vive en la miseria.

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    Enero 27, 2019 at 3:14 am

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