CULTURA

Opinión:Cultura de violación-Culpabilización de la víctima

Perú 21

El lunes de la semana pasada,  la página de Facebook Perú REC, difundió un desagradable vídeo donde se dejaba ver a un despiadado sujeto violando a una joven en estado de inconsciencia dentro de una popular discoteca de Santa Anita. Este sujeto al que se le llamo “Walter” era abalado por sus compañeros y demás individuos, justificando, la violación como un acto de ánimo lúbrico y hasta heroico.

Este acto desgarrador, bizarro y anómalo puede llegar a ser parte de un terrible psicosocial que se está dejando entrever dentro de la sociedad peruana. Una sexualidad como espectáculo que  transgrede las normas sociales, violando con ellas, todos los derechos proclamados de la mujer.

Hemos llegado a un colmo paradójico de catalogar esta depravación. La violación como cultura es parte de  un entorno en el que la violación se hace  frecuente y en el que la violencia sexual se normaliza y justifica tanto en los medios de comunicación como en la cultura popular. La violación como cultura se perpetúa a través del uso del lenguaje misógino, la objetivización del cuerpo de las mujeres, y la glorificación de la violencia sexual, creando así una sociedad peruana sesgada que no respeta los derechos y que tampoco tiene en cuenta la seguridad de las mujeres.

Tal y como lo vimos, nauseabundamente; algunos comentarios del vídeo evidenciaba una respuesta clara a esta criminal problemática social.

Analicemos la siguiente frase:

“Sí, pero si la chica estaba ebria y expuesta, ella está pidiendo que…”

El primer fallo de este argumento es que implica el supuesto paralelo de que cada hombre es un animal con tales impulsos incontrolables y que es incapaz de impedirse a sí mismo agredir a una mujer que está inconsciente. La segunda es que no está respaldada por los hechos. Las características percibidas de una víctima tienen muy poco que ver con la violencia sexual. La violación es un acto de violencia y no hay nada remediable en culpar a la víctima por ello. Todo lo contrario, eso hace que el acto de violencia sexual se normalice aún más haciendo del agresor un supuesto culpable con argumentos.

La única razón de culpar a la víctima es distanciarse de un suceso desagradable confirmando su propia invulnerabilidad al riesgo. Al etiquetar o acusar, otros pueden ver a la víctima como un ser diferente de sí mismos, negando así la idea de que cualquiera corre el riesgo de ser violentada en esta sociedad. Las personas, extrañamente, pueden tranquilizarse con el pensamiento, “yo no soy como ella, yo no hago eso, esto nunca me pasaría a mí.” Tenemos que entender que esto no es una reacción útil, sino más bien, ridículamente impertinente y apática. Marginar a la víctima, solo hace que se haga más difícil el reporte del abuso y el accionar total de la justicia.

Esta violación como cultura y estas acusaciones de por medio, no son más que un conjunto complejo de creencias que fomentan la agresión sexual masculina y es compatible con la violencia hacia las mujeres. En una sociedad donde la violencia es vista como atractiva y la sexualidad como violenta, es pertinente detectar el problema para poder enfrentarlo desde la raíz. Una cultura de la violación respalda el terrorismo físico y emocional contra la mujer, haciéndolo legítimamente normal y habitual. Sabemos que, tanto hombres como mujeres, se asume que la violencia sexual es un hecho inexplicable de la sociedad,  sin embargo, gran parte de los que lo aceptan como algo inevitable, es la expresión de valores y actitudes, que necesariamente tienen que  cambiar.

Como ya lo hemos visto, es muy difícil introducir una ley que requiera que el poder judicial adopte un enfoque de género. Mientras que la igualdad de género no se pueda medir  en su formalidad, la justicia jamás se tornará a una equidad. Es muy probable de que “Walter”, en todas las comodidades estructurales generacionales, del machismo normalizado, y de la depravación en su proceso, esté burlándose de esta columna ahora mismo. Todas las leyes y toda la impunidad lo han abalado y lo seguirá abalando hasta el momento.

Esperemos que la herencia fuerte e influyente del feminismo arroje luz sobre los orígenes de la idea de que los derechos de las mujeres son derechos humanos. La comprensión de la historia de este ideal puede ayudar a asegurar su futuro. Estemos al tanto.

Estefanía Sánchez
Estudiante del arte para criticar el arte. Actualmente estudiante de pintura de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Con estudios de filosofía en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
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