CONVERSA Y PUNTO

Marialuz Albuja Bayas: “Siempre me ha parecido que la literatura es idéntica a la vida”

Quito, 1972. Ha publicado los poemarios Las naranjas y el mar, Llevo de la luna un rayo, Paisaje de sal, La pendiente imposible, obra premiada y publicada por el Ministerio de Cultura del Ecuador, Detrás de la brisa, mención de honor del premio César Dávila Andrade y Cristales invisibles, antología personal. Su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, portugués, italiano, francés, euskera y árabe. Forma parte de antologías y publicaciones en el Ecuador, América Latina y Europa. Es traductora, cofundadora del sello editorial Rascacielos y catedrática de la Universidad de los Hemisferios.

He encontrado en tu poemario “Detrás de la brisa” la nostalgia por el recuerdo de tu infancia y la mención de personajes que han compartido contigo esta gran etapa de la vida: “Del jardín de nuestra infancia quedó un túnel de ciprés que el bisabuelo vio crecer hace cien años” … ¿A qué edad escribiste tu primer verso? ¿Cómo reaccionaron tus familiares cuando descubrieron tus inclinaciones literarias?

Mi primer verso, mejor dicho, mi primer texto, lo escribí de niña, a los diez años. Nació de un ejercicio de contemplación. Estaba sobre la hierba, mirando en perspectiva el tronco de un árbol que parecía cortar las nubes. Desde entonces, sentí que la escritura se había incorporado a mi experiencia y no pude dejar de recurrir al lápiz y al papel cada vez que una impresión o sensación se construía dentro de mí. Comencé a llevar un diario, en donde no anotaba necesariamente los acontecimientos, pero sí las reflexiones, las emociones y, quizá, los primeros intentos de hacer poesía. Recuerdo que compartí con mi abuela esos textos y nunca olvidaré su fascinación al descubrirlos.  Ella fue siempre amante de la literatura, especialmente de la poesía, y me dijo: “Cuando crezcas vas a ser escritora”. Aquello me comprometió a un camino que ya nunca abandoné.

Así como César Vallejo en el Perú; César Dávila Andrade fue el mayor representante de la vanguardia en el Ecuador de la segunda mitad del siglo XX. Cuéntanos lo que significó haber recibido una mención en el séptimo concurso nacional de poesía que lleva con honor el nombre del poeta cuencano.

No soy muy entusiasta por los premios ni por las menciones. A veces son caminos para publicar un libro, para ganar un incentivo (que nunca viene mal) y para dar a conocer el trabajo que se ha realizado: sin embargo, no significan necesariamente que un escritor sea bueno. Eso lo deciden los lectores y el paso del tiempo. Me alegró obtener esa mención y me alegró que el libro saliera a la luz, por supuesto. Más allá de ello, lo que me entusiasma es seguir explorando nuevas formas de expresión, seguir escribiendo, releer autores que me han cautivado y descubrir nuevos autores (es decir, desconocidos para mí). Escribir me parece tan intenso como vivir: se dialoga con lecturas y experiencias. La gratificación más grande, el verdadero “premio”, si cabe el término, es encontrar lectores que también dialoguen con lo que uno dice. Entre los escritores con quienes he conversado infatigablemente están César Vallejo y César Dávila Andrade. De hecho, hace poco tuve una pesadilla que da para hacer un cortometraje o, al menos, un relato: soñé que había asesinado a César Dávila y que la policía estaba a punto de apresarme porque un colega ecuatoriano, también poeta, Javier Lara Santos, había declarado en uno de sus libros que la culpable era yo. Aún después de haberme despertado, seguí aturdida un buen rato por la angustia del crimen. Me tomó algunos minutos recordar que El Fakir, como llamaban a César Dávila sus amigos, se suicidó de un navajazo en la garganta hace exactamente 50 años. Así es la literatura. Nos hace temblar.

Muchos analizan a la poesía como una actividad inconsciente del ser humano, una forma de entablar un dialogo con el mundo o el profundo y constante cuestionamiento de una realidad cada vez más confusa. ¿Qué representa para ti la poesía?

Existe un momento en que la poesía nace de una pulsión creativa, podríamos decir dionisíaca, que hace impostergable la escritura de la primera versión de un texto. Quizás en ese momento están trabajando fuerzas inconscientes, intuitivas, nacidas de la voluntad en el sentido que Schopenhauer le daba al término: esa fuerza arrasadora que lo domina todo. Sin embargo, un texto casi nunca permanece en su estado original porque simplemente no se logra, en una primera escritura, un trabajo del lenguaje que satisfaga al autor y que sea digno del lector. Esto, más allá de consideraciones puramente estéticas, también tiene que ver con lo que se quiere decir, con el trabajo de profundización de una idea o de un atisbo de algo que quiere expresarse, así como con el respeto al proceso de escritura, a su maduración, a sus tiempos. En mi experiencia, la poesía ocurre durante la revisión, que puede ser larga y apasionante. Ahí aparece el diálogo con el mundo, con uno mismo, con las lecturas previas, con la realidad. Es el momento de las dudas, de la ansiedad, de algunas certezas y, otra vez, de las dudas. Siempre me ha parecido que la literatura es idéntica a la vida; no porque la réplica o representa, sino porque está hecha de su misma esencia: la incertidumbre. De ahí que la poesía es fuerza y vitalidad. Y tal es el reto del escritor.

¿Cómo se está desarrollando la actividad poética en el Ecuador y cuáles son las voces más representativas en el siglo XXI?

En el Ecuador hay una generación fuerte en lo que respecta a la poesía del siglo XXI. No quiero excluir a autores nacidos en la segunda mitad del siglo XX y cuyas voces ahora están consolidadas y mantienen su fuerza después de un recorrido ya respetable. Por dar apenas unos ejemplos, tenemos algunas escritoras que han logrado instalar su voz con firmeza, como Ana Cecilia Blum, Sandra De la Torre Guarderas, Julia Erazo, Aleyda Quevedo, Carmen Irnés Perdomo, pertenecientes a la generación del 72, sin olvidar a Margarita Lasso y María Fernanda Espinosa, nacidas a finales de los 60, pero con voces potentes. Asimismo, están escritoras nacidas ya a finales de los 70 y durante la década de los ochenta. La lista es interesante y, nuevamente, daré apenas algunos nombres referenciales, como Siomara España, María de los Ángeles Martínez, Rocío Soria, María Auxiliadora Balladares, Carla Badillo, Yuliana Marcillo, Ana Minga, Dina Bellrham y Carolina Patiño (estas dos últimas, poetas suicidas cuyo trabajo se mantiene vivo). Y, por supuesto, tenemos a Pedro Gil, Carlos Vallejo, Luis Carlos Mussó, Xavier Oquendo, Juan Secaira, Franklin Ordóñez Luna, Carlos Garzón, Javier Cevallos, Juan Carlos Miranda, Ernesto Carrión, Ángel Emilio Hidalgo, César Eduardo Carrión, Andrés Villalba, Juan José Rodinás, Santiago Vizcaíno, Augusto Rodríguez, Fernando Escobar Páez, Javier Lara Santos, Luis Alberto Bravo, Alexis Cuzme, Tyrone Maridueña, Kelver Ax (también poeta suicida) entre otros nombres que de seguro seguirán tomando cuerpo a lo largo de este siglo. No debemos olvidar que la poesía ecuatoriana del siglo XX goza de una tradición riquísima a partir de las figuras de Hugo Mayo, Jorge Carrera Andrade, César Dávila Andrade, Alfredo Gangotena y Gonzalo Escudero, quienes no han sido olvidados en el siglo XXI, sino cuyas propuestas vanguardistas han sido cada vez más fuertes a medida que los poetas jóvenes dialogan con sus orígenes y se proyectan hacia nuevos horizontes.

Nos gustaría conocer tus influencias literarias. ¿Quiénes son los poetas latinoamericanos que más admiras?

Yo diría que me enamoro de lecturas y que, muchas veces, mi gusto o pasión por un poeta depende de las circunstancias, de la situación vital, de la madurez (como lectora) en que un determinado libro haya llegado a mis manos, así como del hecho de que la gran poesía no necesariamente es exclusiva de figuras reconocidas. Es sorprendente viajar y descubrir a un poeta local que, sin embargo, alcanza la profundidad de una figura fundamental. No es el poeta. Es su trabajo. Sin embargo, cuando me hacen esta pregunta, trato de volver a los orígenes. ¿Cuáles fueron los poetas latinoamericanos que ocasionaron mi interés primigenio por la poesía? No lo fueron solamente latinoamericanos, por cierto, pero para responder a la pregunta, me concentraré en nombres provenientes de nuestra América: Ana María Iza, Alejandra Pizarnik, Pablo Neruda, Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Rosario Castellanos, Gabriela Mistral, Efraín Jara Idrovo, Violeta Luna, Carlos Eduardo Jaramillo, Roque Dalton, Gonzalo Rojas, Porfirio Barba Jacob, Julio Herrera y Reissig, César Dávila Andrade, César Vallejo, Jorge Carrera Andrade, Ileana Espinel Cedeño, Jaime Sabines, Violeta Luna. Digamos que ellos entraron primero, abriendo paso a nuevas lecturas de otros grandes poetas de nuestro continente, así como a poetas descubiertos en una antología al azar, poetas desconocidos y descomunales, poetas fundacionales, vanguardistas, contemporáneos. En realidad, cada día se puede descubrir algo nuevo. Y la búsqueda está en ello. Como lector, uno nunca deja de sorprenderse. Hace poco he descubierto a una poeta inédita de mi país, Inés Ayora, nacida el mismo año que Efraín Jara Idrovo. Sus textos no han sido publicados en ningún sitio, pero su obra es contundente y estremecedora. Tengo un proyecto para recopilar sus textos y sacarlos, algún día, a la luz.

Entrevista a cargo de: Alejandro Alva

 

 

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