EDITORIAL

Editorial: Autogolpe – hipocresía de derecha a izquierda

La democracia no es un privilegio ni tampoco un lujo que se dan las sociedades desarrolladas, sino un derecho y la base misma del desarrollo de un país.

Hace 25 años, el gobierno de Alberto Fujimori interrumpió el orden democrático y a punta de fusiles y tanquetas cerró el Congreso de la República e intervino en el Poder Judicial. De esta forma, y con un mensaje televisivo que inmortalizó el verbo “disolver” en la memoria colectiva de los peruanos, se dio inicio a un régimen que, más allá de los aciertos o desaciertos que pudo haber cometido en materia de política económica y antisubversiva, dejó un legado de corrupción y podredumbre moral cuyos efectos todavía se sienten hoy en el país.

El 5 de abril de 1992 bajo Fujimori, como lo fue el 3 de octubre de 1968 bajo Velasco o el 29 de marzo pasado bajo Maduro en Venezuela, fue un golpe de Estado. Aquí no caben los eufemismos ni las referencias a un “desequilibrio” del orden democrático. También es inaceptable hablar de “situaciones excepcionales e irrepetibles”, la cual se ha convertido en la estrategia de apología estándar por parte del fujimorismo, porque los derechos de los peruanos no son circunstanciales ni están sujetos a los caprichos del gobernante de turno. El autogolpe debe recordarse como lo que es: un crimen perpetrado con la fuerza que otorgan la pólvora y las balas, más no la fuerza que otorga la razón.

El doble estándar para hablar de golpes de Estado y democracia, sin embargo, no son patrimonio del fujimorismo, pues al otro lado del espectro político se encuentran aquellos cuyo rechazo al 5 de abril se basa no en su aversión al autoritarismo sino a su antagonismo contra el modelo económico. Quienes señalan, a veces con un tono de falso intelectualismo, que la del Perú no es una democracia “real” o “formal”, confunden formalismo con imperfección, y caen en  mismo error de creer que las circunstancias materiales condicionan los derechos de los ciudadanos. Efectivamente, la democracia en el Perú no es perfecta, lo cual, visto sobre un horizonte amplio, no debería sorprender: nuestra experiencia histórica con la democracia es bastante limitada. Pero eso no la hace menos real.

Por el contrario, es justamente porque como país tenemos poca experiencia con la democracia que debemos protegerla con mayor vigor ante las amenazas que periódicamente se ciernen sobre ella, tanto desde dentro como desde afuera. Sin embargo, en más de una ocasión nuestra clase política ha mostrado no estar a la altura de su responsabilidad o carecer de la convicción necesaria para defenderla. El reciente proyecto de ley mordaza del fujimorismo, así como la aparente negativa del Frente Amplio de respaldar una moción condenando la autocracia venezolana son dos claros ejemplos del peligro y fragilidad de la democracia peruana. Ataques al estado de derecho o la libertad de expresión en cualquier parte son atentados contra la democracia en todas partes.

La sociedad abierta, aquella que promueve el debate de ideas y la convivencia en medio de la libertad y la diversidad, nos decía el filósofo Karl Popper, enfrenta varios enemigos.  A esos enemigos, aquellos que de manera activa o por indiferencia buscan sabotear la democracia en el Perú, no hay que darles tregua. No puede haber desarrollo sin democracia, como los extremistas más recalcitrantes tanto en la derecha como en la izquierda quieren hacernos creer, porque la democracia misma es desarrollo. Y ése no es un privilegio, sino un derecho.

 

Alfonso de la Torre
Economista por la St. Mary´s University en Texas y estudiante en la Maestría de Políticas Públicas de la Universidad de Harvard. Desde chico tiene problemas para diferenciar la derecha de la izquierda.
Click to comment

Deja tu comentario

Loading Facebook Comments ...
To Top