DEPORTES

Deportes: Peredo no se fue

Foto: Andina

Despertó muy temprano, como lo había hecho tantas veces en días de partido, aquella tibia mañana de verano septentrional, a más de 13,000 kilómetros de la cuna que lo vio nacer. Pero este no sería un día cualquiera para Daniel Peredo.

Lo primero que notó, bien acomodada a un lado de su modesta habitación de hotel, fue su maleta. Aquella maleta en la que llevaba consigo recuerdos, amuletos de la suerte, tristezas compartidas, esperanzas pero, ante todo, la obsesiva costumbre de preparar minuciosamente cada transmisión. Fue esa misma costumbre la que lo motivó a despegarse de las sábanas, a pesar del cansancio del largo viaje. Tradicionalmente de sueño reticente, debido a tantos datos e ideas que rondaban en su prominente cabeza, había, en los últimos meses, logrado descansar con una paz que solo los que se han liberado de una maldición de 36 años conocen. Pero algo más lo hizo vencer esta batalla, más ardua de lo que él estaba acostumbrado en los últimos años, contra el cansancio: un abrumador sentido de la responsabilidad.

Verán, como mencioné anteriormente, no fue un día cualquiera, no fue un partido cualquiera. Ese día, Perú volvía a un Mundial de fútbol después de décadas de agonía. Ese día, la ilusión se volvía a vestir de blanquirrojo y el aliento de 32 millones de almas debía poder trascender idiomas, fronteras, husos horarios y hemisferios. Había una sola persona capaz de llevar esa voz desde nuestras gargantas hasta los corazones de aquellos 11 iluminados que nos representarían en la cancha. Era él, por supuesto que era él, quién más si no él, no había nadie más, tenía que ser él. ¿O no? ¿O sería que……….

No, no. La vida no puede ser tan cruel como para concederle un deseo a 32 millones de peruanos y negarle a Daniel Peredo su anhelo más preciado; su sueño dorado de narrar un partido de Perú en un Mundial de fútbol.

No, él estuvo allí, en esa habitación de hotel, preparando su transmisión con la misma dedicación y pasión de siempre. Él sabía que era el elegido, la responsabilidad lo agobiaba, sí, pero también lo elevaba, lo dignificaba, lo energizaba y lo deificaba ante nuestros ojos. Tal era su destino.

En aquel primer partido contra Dinamarca, no lo escuchamos gritar un gol no porque no estuviese allí. Sino porque Kasper Schmeichel es un portero de talla mundial, infranqueable y porque el momento le pesó demasiado a un jovencito de 26 años que tuvo que pararse, solo, frente a una pelota, delante del mundo entero, con el desfogue de 36 años de fracasos multiplicados por 32 millones de corazones en la punta de su botín derecho. Hagan la matemática.

En el segundo partido, contra Francia, no lo escuchamos gritar un gol no porque no estuviese allí. Sino porque la pelota es caprichosa y porque los palos son así y porque Perú se enfrentó al equipo que sería, justamente, campeón del Mundo. Pero no porque él no estuviera allí, no. Él siempre estuvo.

Yo lo sé. Lo sé porque en ese último partido, frente a Australia, cuando aquel guerrero de dorsal número 9 y cinta de capitán en el brazo, pudo finalmente desahogar 32 millones de gargantas y la suya en particular luego de meses de incertidumbre, yo escuché un grito de gol que no solo trascendió idiomas, fronteras, husos horarios y hemisferios, sino que se elevó desde lo más alto del cielo y aterrizó en nuestros corazones para quedarse allí, como una luz cálida que guarda la promesa de que un gol más va haber.

Era él, yo lo escuché, y sé que ustedes también.

 

David Thornberry
Gerente de Proyectos en Magia Digital.
Creador del primer fantasy game del fútbol peruano: www.futfan.pe
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