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Una pequeña reflexión acerca del final de temporada de Narcos

La Prensa Perú
Este texto contiene spoilers relevantes sobre Narcos

El pasado 1 de setiembre se estrenó la tercera temporada de una de las mejores producciones originales de Netflix: Narcos. La serie tuvo un inicio lento y suave, sin muchos sucesos relevantes ni mucho drama, se introducían los personajes poco a poco y se daba un vistazo de lo que era el imponente cartel de Cali. El punto álgido ocurre en el sexto episodio, a partir de allí es donde la trama toma un giro de mayor fricción entre el enfrentamiento del cartel colombiano contra la DEA. El final de temporada fue lo que me dejó pensando durante un buen rato.

El personaje principal, Javier Peña, logra poner tras las rejas a los cabecillas del cartel de Cali: los hermanos Rodríguez Orejuela. El resto de los camaradas se entregan voluntariamente. Sin embargo, a pesar de haber desmantelado uno de los carteles más poderosos del mundo, el agente Peña no se siente un vencedor, no se siente con la convicción para cantar victoria. Avanzando en la trama, él descubre que el presidente de Colombia (Ernesto Samper, presidente de turno en aquel entonces) estuvo coludido con los narcos, los cuales financiaron su campaña presidencial, por eso, los “Caballeros de Cali” estaban tan seguros de que sus condenas apenas iban a hacerles cosquillas.

Este cáncer social denominado “corrupción” no se centraba exclusivamente en los narcos, militares, policías y hasta políticos pequeños, sino que también el mismísimo presidente formaba parte de esta escoria. Javier Peña es consciente de que él no puede lidiar contra algo tan grande como eso, pero lo que sí puede hacer es generar controversia; para que de esa manera la gente sepa la clase de inmundicia que está metida en el gobierno. Declarar ante los medios le costó su cargo en la DEA (no fue poca cosa), aunque él sabía en el fondo que eso era lo correcto, además, era una forma de redimir sus pecados por el accionar en el final de la segunda temporada.

Al menos pudo concientizar a los ciudadanos colombianos y asegurarse de que los hermanos Rodríguez Orejuela cumpliesen condenas reales en penitenciarias de los Estados Unidos. Más adelante, el agente Peña renuncia a la DEA y se dedica a una vida tranquila ayudando a su padre en el campo, a pesar de que se le ofreció reintegrarse a la entidad y asignársele un nuevo caso sobre cárteles en México. Él ya estaba agotado, hasta llega a pensar que “ya hizo lo suficiente”, porque en un mundo como este, uno no se le enfrentar por sí solo.

He aquí donde me quedé pensando. El mundo está tan podrido y las personas somos tan fácilmente corruptibles, que no tiene caso mantener una lucha ante toda esta adversidad. Se podría decir de alguna manera que el mal gana o siempre tiene las de ganar. Por ejemplo, tenemos a un expresidente prófugo y acusado de recibir coimas y lavar de dinero, a un alcalde que malversa fondos a su antojo, a un congreso que hace lo que se le venga en gana con el Ejecutivo, y a una excandidata presidencial cuyo nombre apareció con una frase comprometedora en las agendas de Marcelo Odebrecht. Tenemos todo eso y más.

Para no desviarme mucho del tema, en esencia, lo que nos muestra la serie de Narcos, es que esto va más allá de una lucha contra el tráfico ilícito de drogas, es una lucha interminable contra la inmoralidad humana. Puede ir desde el pago de una coima a un policía porque te pasaste la luz roja—sin que nadie diga nada—hasta que se compren políticos y licitaciones de obras para que ciertas empresas hagan lo que se les plazca con todo un país—sin que nadie haga una simple morisqueta de inconformidad—.

Entonces, ustedes se preguntarán: “¿y qué se supone que debemos hacer, rendirnos así nada más?” La respuesta es no. Lo que trato de decir es que por fin he abierto los ojos y  no puedo ignorar lo que veo. La moraleja es: dejar de seguir con los brazos cruzados y hacer algo al respecto. Así como el general Serrano decidió darles de baja a los malos elementos dentro de la Policía Nacional de Colombia, y atrapar a las personas que le hacen daño a su país, a nosotros solo nos queda hacer bulla, hacer que nuestro rechazo e indignación se sientan y no permitir que la inmoralidad y falta de ética se pongan por encima.

En síntesis, la serie nos muestra que nuestro mundo vive en la miseria, en un juego arreglado con el fin de satisfacer grandes intereses, pero todo esto es algo que aún tiene solución.

Santiago Zelada
Estudiante de la carrera de Comunicación en la Universidad de Lima. Escritor amateur por el momento, pero que busca más adelante ser uno de los más reconocidos a nivel nacional.
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