CULTURA

Reseña:“El laberinto del zar” Alejandro Manrique

La Nave, 2018. 201 pp. S/.39

Hay algo en especial que rescatar, aun si no mucho más que esto, de la segunda novela de Alejandro Manrique: su ambición. La mayoría de novelas peruanas actuales tienen en común que, por su carácter intimista, no tienen interés en contar historias grandes o intrincadas. Aquellas que no son de este género y que procuran contar historias grandes, tal vez incluso intrincadas, apuestan, en todo caso, por un modelo narrativo bastante clásico, sin deseos de experimentar, de lenguaje directo y poco arriesgado. Salvo excepciones contadas, como Nuesros años salvajes de Carlos Torres Rotondo, La línea en medio del cielo de Francisco Ángeles, Bombardero de César Gutiérrez, en general las novelas de Diego Trelles Paz y la más reciente Vivir abajo de Gustavo Faverón, el interés por la experimentación tanto a nivel de estilo como de forma parece haber sido dejada de lado en este siglo.

En ese sentido, El laberinto del zar es una propuesta fresca. La trama, que recoge al mismo protagonista de su anterior novela y alter-ego del mismo Manrique, Arturo Cáceres, no tiene en apariencia nada de compleja: Arturo está de vuelta en Lima después de haber trabajado en Moscú y perdido en circunstancias extrañas a su mejor amigo, Alonso. Aún incapaz de lidiar con su muerte, decide acudir a terapia con la doctora Anastasia, quien en cada sesión recibe un texto escrito por Arturo, supuestamente basado en sus vivencias personales, pero que son más bien episodios imposibles urdidos por una imaginación febril y esquizofrénica. La novela consiste casi enteramente de cada sesión entre Arturo y Anastasia, la lectura de los textos que él escribe y el análisis que ella hace de ellos. Como es previsible, Anastasia comienza a encontrar algo fascinante en Arturo y sus textos que comienza a amenazar la neutralidad necesaria de la terapia.

Como premisa, es atractiva. Sin entrar mucho en el texto, se nota que Manrique pretende apuntar alto mientras una miríada de referencias literarias se entremezcla en un libro que, aunque ha sido calificado como de corte fantástico, se mantiene ambiguo en este aspecto. Por eso mismo es que se puede decir que es además una propuesta arriesgada. La división entre sesiones nos pone en la perspectiva de la doctora, quien no sabe si los textos que presenta Arturo son aunque sea mínimamente reales; este acercamiento indirecto a Arturo lo convierte en un narrador poco fiable y nos deja con muy poca información como para entender si en todo caso él cree lo que escribe. Habría que añadirle además la presencia metaficcional del mismo Manrique en la historia para terminar de delinear una propuesta fresca y arriesgada.

Sin embargo, es únicamente hasta este punto que la cosa funciona. La idea es interesante, la ambición se respeta. Pero es que nada en esta novela logra cuajar. Hay varios motivos por los cuales sucede y si nos detuviéramos a diseccionar la totalidad de factores que hacen de esta una novela fallida, el texto resultante sería demasiado largo para este medio, así que intentaré concentrarme en un par de aspectos que considero cruciales.

El primer problema, el que tal vez me importa más aunque no sea el principal, es el del lenguaje y la técnica. En este caso ocurre algo similar a lo que ocurría con El círculo de los escritores asesinos de Trelles Paz. Al mantenerse fieles a los personajes que habían construido, el estilo utilizado termina resultando pomposo y francamente torpe por momentos. No solo eso, sino que, como en ambos casos los personajes son claramente iteraciones de los escritores, la torpeza del estilo ya no se excusa con tanta facilidad. En el caso de El laberinto del Zar, además, debido a que se estructura a partir de fragmentos cuya conexión con el hilo principal de la historia es dada por comentarios externos, resulta bastante difícil lograr mantener el interés (mención aparte merece el extraño uso de la jerga, que por momentos intenta dotar a los diálogos de un aire de barrio que, sin embargo, se desarma en cuanto Arturo u otros personajes comienzan a hablar de “follar” o “ligar”, es decir, echa a perder todo contacto con el habla limeña).

Esto último atañe bastante al segundo problema grande que encuentro en la novela. A pesar de ser una novela que el escritor dice que puede leerse como independiente de su anterior obra, lo cierto es que casi todo en el texto gira alrededor de lo ocurrido en la anterior entrega y, peor aún, se concentra hacia el final únicamente en sentar las bases para una tercera parte, sin dar conclusión alguna a las escasas líneas argumentales que había ido abriendo con la terapeuta. Así, finalmente, al terminar el libro uno se queda con la sensación de que no ha ocurrido realmente nada y de que el libro es más un intermedio entre eventos, un interludio para presentar una examinación del lugar en que se encuentra la psique del personaje principal. Por desgracia, el texto no alcanza la profundidad que Manrique parece buscar por este lado, tal vez porque el juego de referencias literarias es bastante forzado y no tan inteligente como podría pensar el escritor (lo mismo en lo que suele fallar Trelles Paz, curiosamente) o tal vez porque acuñar un término como “esquizofrenia literaria” no solo es pretencioso y vano, sino que únicamente se repite sin intentar realmente ahondar en qué podría significar o en qué se diferencia de la esquizofrenia “regular” además de por el uso constante y forzado de referentes literarios escogidos de modo bastante arbitrario (un capítulo imagina un encuentro con Aliosha Karamazov que es una de las piezas más injustificadamente egocéntricas que haya podido leer nunca).

El resultado final termina siendo una novela que, a pesar de llegar raspando a la marca de doscientas páginas, se siente durante la lectura aburridamente infinita y cansina, por no decir exasperante en varios momentos, sobre todo los más pretenciosos. Esperemos que la tercera parte de esta saga que ha venido armando Manrique sepa lidiar mejor con la ambiciosa propuesta que tiene en mente. Por ahora, la ejecución de estas ideas ha sido decepcionante.

Gino Canales
Estudiante de Humanidades con mención en Estudios teóricos y críticos por la PUCP. Fue miembro del colectivo Extramuros.
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    Diciembre 30, 2018 at 8:53 pm

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    Febrero 18, 2019 at 3:35 pm

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