CULTURA

Reseña: Oswaldo, lámpara incandescente

A veces una ciudad es el seudónimo, incluso el sinónimo, de una persona, y las razones casi siempre provienen de una afectación positiva o negativa, de amor u odio, quizás remembranza. O simplemente porque el azar de las circunstancias condescendieron con que Oswaldo Reynoso naciera y diera los inolvidables pasos de la infancia y adolescencia en Arequipa.

Arequipa, lámpara incandescente (Aletheya, 2014) es una obra de prosa poética que, a través del recurso de la ficción epistolar,  narra el albor de una vida poética. Reynoso fue poesía de la única manera en que ésta se posiciona como verdadera creación de arte —y tal cual reza el adjetivo del título del libro—, es decir, como éxtasis y frenesí inconmensurables, como dimensión ígnea generadora de belleza vital, lo que no es equivalente a un mar de rosas sino de fuego, fuego que no tiene nada que ver con las consabidas connotaciones infernales y sí mucho con la intensidad del arte como estilo de vida o perspectiva heterodoxa que propicia una mirada distinta de las cosas, de las vicisitudes de toda existencia.

Sin embargo, lo de Arequipa no es sino lo externo y más epidérmico del libro, cuyo engranaje verbal no expresa otra cosa que eso que suelen denominar espíritu o la esfera íntima de Reynoso; es un imbricado proceso de ficción y autobiografía, lo que fragua una realidad de forma y fondo bastante más colorida que la muy bien conocida y discutida por los políticos, sociólogos y antropólogos. No es el nombre sino el hombre, es Oswaldo trotando tímidamente los primeros kilómetros del sendero de la vida, precisamente esos que te inducen a tomar cierta dirección en la bifurcación del camino donde se yergue un mojón en el cual se puede leer “adultez”.

La atmósfera lúbrica, con sus factores concomitantes (cantinas, prostíbulos), constituye la parte cimera de lo que pretende transmitir el autor; es el placer en esencia, no le temamos a la palabra hedonismo, lo que encandila al humano y lo empele a seguir a pesar de los sinsabores y tribulaciones propias de este mundo. Y es el placer en todos los sentidos, empezando por el lenguaje y su estética —es relevante volver a  la opinión de Gide con respecto a la obra de Baudelaire, pues descubrió a través de ella que si no hay forma no hay contenido—, la manera de contar una historia, el regocijo que produce una buena lectura, el amor, y, por qué no, entre otras cosas, los placeres menos sutiles y más sensoriales y silvestres.

En suma, en busca del tiempo perdido, en busca de los recuerdos, hurgando la memoria, en busca de una forma de hacer literatura, en busca de una mirada poética de la vida.

 

José Manuel Carneiro
Escritor. Bibliófilo. Estudiante de Humanidades de la Universidad de Piura.
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