CULTURA

Reseña: “Nunca sabré lo que entiendo” de Katya Adaui

Planeta, 2014. 66 pp.

Reedición: Planeta, 2018. S/.45. 126 pp.

En estos meses se ha reeditado la primera novela de Katya Adaui, Nunca sabré lo que entiendo, y me pareció una buena oportunidad para comentarla ya que en su momento generó bastante entusiasmo y ahora no me encuentro tan seguro de que este fuera justificado.

A grandes rasgos, no hay mucho que decir sobre el argumento. Una mujer, de quien apenas se dice una vez el nombre (Ana), se encuentra en un viaje de tren con dirección incierta (aunque es evidente que está en Europa por cómo describe todo). Los motivos de este viaje se van revelando mientras Ana se embarca en un viaje introspectivo paralelo al del tren, donde intenta desmenuzar pedazos de su vida como adolescente, de su vida como esposa y de su vida como hija. Esto es casi todo lo que ocurre en las escasas sesentaitantas páginas de la novela (en su primera edición), llevadas con suavidad por un lenguaje que por momentos (y muy intencionalmente) linda con lo poético y que tiñe a todo el texto de un tono nostálgico e íntimo.

Sin duda nos encontramos frente a una novela bastante correcta, con un lenguaje bien trabajado y con un objetivo claro que logra cumplir sobradamente. Ningún reproche por ese lado. Sin embargo, mientras la leí no pude evitar pensar que podía resultar sofocante por momentos. Incluso siendo cortísima, ya hacia el final me encontraba asfixiado por Ana y su forma pretenciosamente tristona de revisitar su vida y de enfocarse constantemente en el drama y los proyectos fallidos y la sensación de que todo se desarma. Finalmente, la novela se termina sintiendo como el quejido de una pobre niña rica, como ocurre con Una ciudad para perderse de Mayte Mujica, pero sin la misma maestría que permite trascender esa esfera de autocompasión vana. Tal vez porque no existe nada en el libro como contrapunto que equilibre la ecuación, como ocurría con la historia del abuelo en la novela de Mujica. Aquí, nos encontramos constantemente expuestos a lo mismo y lo mismo es Ana, Ana, Ana. No existe ninguna pausa. Incluso cuando habla con otro personaje es para decirnos algo sobre ella misma y autocompadecerse y soltar algunas frases lindas pero vacías, una de esas fórmulas poéticas del tipo X es Y, que, más que decir algo, se encargan de sonar bien.

Por supuesto, hay algunos temas de fondo en la novela más allá de la insatisfacción personal. Lo que busca Adaui es que la novela funcione como un cuestionamiento constante y, en ese sentido, las reflexiones que se inmiscuyen entre el desarrollo de los pensamientos de Ana pueden traer a colaciones puntos interesantes. Sin embargo, muchos de estos pasajes disruptivos solo logran entorpecer la lectura por medio de alguna suerte de aforismo pretencioso (muchos del tipo X es Y que ya mencioné, pero hay de todo).

Es una lástima, porque, dentro de todo, Adaui escribe realmente bien, pero en esta novela se deja llevar constantemente por esta tentación de sentenciar, como para intentar dotar de sustancia a una novela que en la práctica no tiene argumento y cuyo centro puede resultar banal para los lectores con mayor dificultad para identificarse con las vivencias que Ana evoca. El problema, claro, es que esto funciona mal y nos deja con párrafos para el olvido que abultan lo que ya de por sí es una novela pequeñísima. El efecto final, al menos para mí, fue que lo que debería haber sido una lectura rápida se terminó dosificando entre varios días porque me cansaba con mucha rapidez de la protagonista. Aún no he podido leer por completo su libro más reciente, Aquí hay icebergs, pero lo que he podido revisar no me ha dejado tampoco una impresión muy favorable (aunque sí he podido sentir el texto más depurado). En estos momentos, Adaui se encuentra trabajando en dos libros más; esperemos que cojan lo mejor de su prosa y se encaminen por un proceso de depuración que necesita con urgencia.

Gino Canales
Estudiante de Humanidades con mención en Estudios teóricos y críticos por la PUCP. Fue miembro del colectivo Extramuros.
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