CULTURA

[Reseña] Sin querer: “Los niños” de Carolina Sanín

Un día, en un supermercado, a Laura le ofrecen un niño. Una mujer que ayuda a estacionar autos se lo dice, como al pasar (“le tengo al niño”).

Luego esa mujer se desdice, le hace cariño al perro de Laura, y todo sigue como si nada.

Aunque la verdad es que ha cambiado todo.

Así se puede resumir la novela Los niños, de la escritora colombiana Carolina Sanín y que ahora estrena versión en la editorial peruana Estruendomudo.

Se trata de una novela terrible, inquietante, en la que la realidad de los niños de la calle se revela de forma violenta. Esos niños que circulan por Hogares – y la palabra queda como doliendo– esperando que los adopten, esos niños que también son víctimas de la burocracia (y, en un momento se nos cuenta de un hogar que vende un álbum que debe ser completado con las láminas de los niños, todo a un módico precio.) Porque si bien Laura no recibe al niño ofrecido, el destino sí le envía uno a la puerta de su casa. Elvis Fider. O Fidel. Y la mujer intenta, al principio y muy desesperadamente, deshacerse de él: llama a instituciones y hogares, en un gesto que parece lógico pero que deja como con un gusto amargo.

Laura deja a Fidel en uno de esos lugares y luego se arrepiente. Entonces comienza la búsqueda, y comprar regalos, y empezar a pasar tiempo con el niño y dejar que éste lentamente vaya invadiendo su vida, transformando la casa donde vive. Leemos: “En un momento sintió enfado y, en otro, un poco de asco. Le pareció que su casa se apretaba.”

Esta historia tiene fuerza, la anécdota es poderosa y el libro podría haberse mantenido a flote—y de forma sobresaliente—solo con esto. Sin embargo, Sanín lleva la apuesta más lejos y construye a dos personajes complejos, contradictorios, queribles y odiables al mismo tiempo. Porque Laura está llena de manías, como imaginarse una isla a la que lleva todos sus problemas, la gente que odia y los temas que no quiere tratar; porque, si bien tiene su vida asegurada en términos económicos, se dedica a limpiar casas ajenas porque su obsesión por el orden es inmensa (“Pocas labores parecían mejores que la de cuidar una casa y sacarle brillo.”). Sus afectos más importantes están destinados a Brus, su perro galgo, a quien teme que le roben en cualquier momento, para lo cual ha desarrollado una bizarra extrategia: “Cada vez que un extraño le preguntaba cómo se llamaba el perro, Laura respondía algo diferente: Fénix, Brillo, Espina, Cuervo, Colibrí. Creía que llamarlo de distintas maneras lo protegía; que así era menos probable que alguien se lo llevara de la puerta del supermercado o de otra parte.”

Y rodean a Laura también características geniales: como ser la voz que da los anuncios de la hora cuando uno llama por teléfono, o la de los mensajes de espera cuando se hacen llamadas a una oficina. Laura se escucha entregar esos mensajes mientras intenta comunicarse con el mundo. Hace una llamada y le responde su propia voz. Y no solo eso, Laura no es una madre convencida –no le interesan los niños—su historia no es la de alguien que por fin tiene la oportunidad de cumplir su destino, ni alguien víctima de las circunstancias. Laura solo se deja llevar por los enredos de la burocracia e invierte y maneja su cariño por el niño de manera cambiante. Así leemos cosas como: “Laura vio que podía ser el momento de preguntarle a Fidel algo de su historia, algo sobre parientes o canciones. Pero también vio que en realidad no quería saber nada de él que no fuera ella.” Y también:“Se le ocurrió también que con un niño los días podrían tener forma de días: surgirían, avanzarían, se tenderían y volverían a hundirse. El tiempo regresaría al tiempo. El niño y ella irían por ahí, pasando, y el mundo los vería pasar.”

Elvis Fider, o Fidel, también es un personaje difícil. Acá no tenemos un niño inocente en busca de una madre, ni un niño violento que se descargue en Laura por todas las injusticias que le ha tocado vivir.  Fidel busca a Laura pero luego desaparece, quiere algo y luego no, demuestra una necesidad inmensa de cariño para después gritar como desesperado que no quiere estar ahí. Y el mundo de Fidel se describe con paciencia, en todos sus recovecos y contradicciones. Las cosas que le llaman la atención, su desesperación por algo tan aparentemente banal como un corte de pelo, o su obsesión, una vez que vive una temporada con Laura, por asegurarse siempre de que todas las puertas estén cerradas (“Le daba la impresión de que la casa se había vuelto más grande. En cada habitación cerrada, en la intimidad de las cosas, podía tener lugar una escena inimaginable.”)

Se trata de dos personajes enormes, esquivos y cambiantes. Que uno, ya cuando termina de leer, no sabe si realmente entiende. Y está bien que así sea. Porque en la vida, probablemente, nunca terminamos de entender las cosas a cabalidad y está mejor asumirse así, incompletos. Inseguros.

Los niños muestra el contacto entre dos seres incompletos y que no saben lo que quieren. No es una fábula de madre e hijo ni tampoco una película de horror. Es una historia incómoda de dos personas que, por casualidad, por error, porque “así se dieron las cosas”, empiezan a vivir juntos su soledad.

Donde el libro desafina es en la dosificación de cierta información y cierto sarcasmo. Como en los informes del servicio de menores, que se hacen eternos y cuyas letras en cursiva para señalar ironías se vuelve un recurso molesto. Lo mismo  pasa con una larguísima sesión de Laura con una vidente que, me parece, desvía nuestra atención de lo que importa. Sin embargo, estos descuidos se equilibran con el astuto uso del lenguaje, con juegos como el de la siguiente escena, en la que Laura intenta hacer sus compras mientras repasa su encuentro con la mujer del estacionamiento, antes mencionada: “Cada vez que miraba el papel leía también otra cosa, que no estaba escrita: Aceite. La mujer me ofreció un niño. Quería darme a uno de sus hijos, pero mi reacción la hizo vacilar y, para disimular, quiso hacerme creer que llamaba ‘niño’ a Brus. Cebolla. La mujer no quería deshacerse de su hijo. Si se me ocurrió pensar que quería dármelo, eso se debe a que yo querría recibirlo.”

Los niños es una novela deslumbrante. Una historia rara, de personajes incómodos. Una suerte de Flautista de Hamelin pero sin querer, en los dos sentidos de la expresión: porque no se quiere, porque no hay cariño, y por casualidad.

Por si tal vez.

María José Navia
María José Navia (1982) es una escritora chilena. Es autora de la novela SANT (Incubarte editores, 2010) y el libro de cuentos Instrucciones para ser feliz (Sudaquia, 2015). Sus relatos han sido traducidos al inglés, francés y al ruso. Tiene un Magíster en Humanidades y Pensamiento Social (NYU) y un Doctorado en Literatura y Estudios Culturales (Georgetown University). Actualmente se desempeña como Profesora Asistente en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile y escribe reseñas tanto en Paniko.cl como en su blog www.ticketdecambio.wordpress.com
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