CULTURA

[Reseña] La soledad en el monte de los olivos: “La mucama de Omicunlé” de Rita Indiana

Editorial Periférica, 2015.184 pp. S/.84

 En un futuro no demasiado distante el desarrollo de aplicaciones ha conseguido incorporarlas al biológico soporte del cuerpo humano: basta un gesto de los dedos para acceder a una pantalla de pupila donde puede leerse el correo electrónico. En un futuro no demasiado distante los haitianos siguen intentando la esperanza de un porvenir en las tierras prohibidas de República Dominicana, y sendos robots similares a carros de basura se encargan de cazarlos. En un futuro no demasiado distante la filtración nuclear de bidones venezolanos encaletados en suelo dominicano consigue teñir el mar con radiaciones mortíferas provocando el exterminio de fauna y flora marina, primera escena de la hecatombe prevista para la tierra huérfana de aguas. En un futuro no demasiado lejano los iniciados en la religión yoruba confían en la magia de sus dioses para conjurar la tragedia, restablecer el mar y poder reescribir ese presente cataclísmico en donde tanto la naturaleza como el hombre corren, deprisa, el riesgo de la desaparición total y definitiva.

Así de complejo es el escenario donde Rita Indiana decide desarrollar la acción de su última novela, La mucama de Omicunlé, y, por si fuera poco, no es, ni de lejos, lo más emocionante en su escritura. Esa mezcla de ciencia ficción y fantasía, de avances tecnológicos y magia religiosa milenaria, podría entretener en manos de otros autores, y fracasar con espasmos en las de otros. En manos de Indiana consigue convertirse en una experiencia rítmica, una lectura vertiginosa donde el lenguaje dinámico y los saltos en el tiempo enmarcan el drama moral de personajes memorables, superados todos por su época y enfrentados con los límites de su acción frente a avalanchas desmesuradas para sus mortales brazos. En manos de Indiana el tema y el escenario cobran el movimiento suficiente para enganchar al lector y tenerlo devorando páginas, al tiempo que proponen la quietud necesaria para plantear dilemas éticos y favorecer la catarsis de un puñado de demonios.

Ya dijimos, pues, que ocurre la novela en un futuro no muy distante. Acilde es una huérfana dominicana dispuesta a cualquier negocio con tal de poder cambiarse el sexo usando una inyección genética distribuida en el mercado negro. Por predisposición de su destino, Acilde termina trabajando en casa de Esther, sabia sacerdotisa de Changó a la que el presidente de la república consulta las decisiones importantes. Ya dijimos, pues, que la conjunción de magia y ciencia, en otras manos, podría haber concluido con una lectura entretenida. En manos de Indiana, sin embargo, parece casi un dato al margen. Porque lo importante es Acilde.

Los cambios en este personaje, sus giros, sus decisiones, son el motor central de La mucama de Omicunlé. Indiana consigue instalar a Acilde en tres tiempos diferentes, y en cada uno logra definir su especificidad con la claridad profética de los novelistas omnipresentes. La novela, eventualmente, consigue dominar tres narraciones apartadas por cientos de años: una playa refugio de bucaneros, un presente distópico con el mar cubierto de desechos nucleares, y un pasado cercano donde la crisis del derrame puede ser prevenida. El tema de los viajes en el tiempo está contado con novedad y fluidez, y todo el entramado fantástico aparece dispuesto con sutileza pagana.

Pero insisto, es Acilde el centro. Porque la novela cuenta el fin del mundo sin la épica apocalíptica donde se desviven los amantes de meteoros y amenazas zombies: sólo una crisis ambiental, la paulatina desaparición de las especies, la muerte finalmente a la puerta de la arrogancia humana. Y todo eso, esa gigante tragedia gris, puede ser prevenido por un personaje, todo eso en manos de Acilde. Cualquier otro autor habría hecho épica de esto, cualquier otro personaje habría sido creado a la imagen de su destino. Pero no Indiana. Indiana no.

Indiana crea un monte de los olivos, y cuando su personaje le pide apartar el cáliz, ella le deja en libertad de decidir. El resto es ejecución, maestría al momento de narrar. Pero eso, ese gesto breve, eso es literatura.

Lucas Vargas Sierra
Cáncer. Hijo de Nacho y Martha. Hermano de Mateo. Lector. Boxeador. Estudiante del pregrado en Estudios Literarios de la Universidad Pontificia Bolivariana.
Click to comment

Deja tu comentario

Loading Facebook Comments ...
To Top