CULTURA

Reseña “Incendiar el presente” editada por Enrique Cortez

Editorial CampoLetrado, 2018.

La salida este año de Incendiar el presente, la narrativa peruana de la violencia política y el archivo (1984-1989), editada por Enrique Cortez, vuelve a encender una vez más el debate sobre la relación entre la literatura y los años de violencia política en el país durante los 80s y 90s. Esta antología (aunque justamente la validez de este término es criticada en la extensa introducción de Cortez) se enfoca no solo en el periodo más encarnizado del conflicto armado interno, sino que además privilegia un punto de vista narrativo involucrado en los hechos contados no solo por ser víctimas directas de la violencia, sino por la relación directa que puedan tener con los victimarios: no faltan en este libro cuentos donde los protagonistas son senderistas o familiares de senderistas.

La propuesta no es nueva, claro. Habría que recordar las antologías preparadas en su momento por Mark Cox, Gustavo Faverón y Roberto Reyes Tarazona, que también son reconocidas por Cortez y con las cuales establece un diálogo académico que puede resultar difícil de seguir para aquellos lectores sobre todo interesados en el aspecto más propiamente vivencial y testimonial que esta literatura recoge. La introducción, aunque interesante, es un trabajo denso para este tipo de lector, a quien recomendaría no desalentarse por ella y saltar de frente a los cuentos, que, finalmente, son lo que interesan aquí.

Más allá de la introducción, sin embargo, hay que destacar el arduo trabajo de Cortez en la recopilación de estos cuentos y en la posterior conversación que mantuvo con la mayoría de los autores, que se recopila en la última sección del libro y que aporta luces sobre la labor del artista, el compromiso con su época y el diálogo que se establece entre distintas personalidades y concepciones de la literatura para construir aquello que llamamos generación. La disposición de los cuentos, además, que no responde a una lógica puramente cronológica, sino lo que él llama sincrónica, nos construye una suerte de narrativa que comienza en el campo y termina en las ciudades, haciendo un paralelo con lo que fue el avance de la violencia durante esos años.

Ya entrando en el tema particular de los cuentos recopilados, lo primero que habría que mencionar es que enfocarnos únicamente en su calidad literaria sería trivial. Sin duda hay cuentos que cojean por ese lado, pero que responden a algo muy distinto, como podría ser la necesidad testimonial. Justamente esta necesidad de contar una historia “real” es la que da mayor fuerza al que considero el mejor cuento de la selección. Solo una niña, del cuzqueño Mario Guevara Paredes, narra una escena común para todo aquel que viviera esa época y tuviera que trasladarse entre departamentos: la inspección de los militares y los abusos que cometían. Este cuento parte justamente de un testimonio al que el autor tuvo acceso por una amistad, como ocurre con varios de estos escritores, si es que en todo caso no fueron ellos mismos quienes presenciaron lo que describen en estas páginas.

Destacan, además, los cuentos de Luis Rivas Loayza, Dante Castro, Walter Lingán y Pïlar Dughi. La última sección, llamada Suplemento testimonial, es también altamente recomendable. Sin duda nos encontramos con un libro que debería ser incluido en el sílabo de cualquier curso sobre literatura peruana.

Gino Canales
Estudiante de Humanidades con mención en Estudios teóricos y críticos por la PUCP. Fue miembro del colectivo Extramuros.
2 Comments

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2 Comments

  1. Sannymix

    Diciembre 11, 2018 at 7:33 pm

    Nice posts! 🙂
    ___
    Sanny

  2. Sannymix

    Diciembre 16, 2018 at 8:37 am

    Look my site is good
    ___
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