CULTURA

Reseña: “Flores amarillas” de Raúl Tola

Alicia Lara Domínguez

Alfaguara.2015.427 pp.

Hace un par de años en una charla informal con un escritor me comentó que estaba teniendo problemas para que le editasen su última novela. El sello donde había publicado su anterior libro no estaba por la labor y al no gozar de mucha fama, le estaba costando encontrar alguien interesado en la obra. Lo cierto es que pintaba un panorama muy negativo y entre sus reflexiones dijo que el mayor enemigo del escritor eran los presentadores de televisión metidos a novelistas. Me hizo mucha gracia y lo recuerdo siempre que veo a alguien del medio televisivo publicar una novela. Justamente de ese medio proviene el peruano Raúl Tola (Lima, 1975), que además de escritor es presentador de telediarios en su país. Flores amarillas es su tercera novela y ha sido editada por Alfaguara, llegando a España dentro de la colección «Mapa de las lenguas».

Flores amarillas cuenta la historia de Severo Versaglio, un hombre de negocios peruano de ascendencia italiana. La obra se inicia con un intento de asesinato del protagonista que pronto sabrá que tiene enemigos en su contra. El empresario textil, aunque con implicaciones en el crimen organizado y la hípica, disfruta de una economía saneada gracias a su cercanía con la dictadura militar de Manuel A. Odría. Para los menos memoriosos, este es el mismo dictador de la célebre Conversaciones en la catedral, una de las obras mayores del nobel peruano Mario Vargas Llosa. Volviendo a la novela de Tola, el relato se bifurca en dos historias claramente diferenciadas. Por una parte, encontramos el auge y caída de Severo Versaglio que verá cómo todo se derrumba al ser implicado en una conjura contra el gobierno. La otra parte consistirá en un relato de los orígenes de la familia Versaglio desde que partieron de la Italia previa a la unificación, con cameo de Garibaldi incluido, hasta su llegada y asentamiento en Perú. Los relatos casi ni se tocan entre sí y salvo algunos pequeños detalles, el resultado son dos historias independientes.

Raúl Tola utiliza una prosa ligera apoyada en constantes diálogos. El ritmo se mantiene siempre y cuando lo narrado sea interesante, el problema es que raramente ambas historias lo son a la vez. Cuando la conjura de Severo y sus compinches está en su punto álgido, se ve uno transportado a Génova para contar las miserias y andanzas de los ancestros del protagonista. Esto es cuanto menos perjudicial para la obra, que ya de por si viene lastrada por la falta de unidad de las dos historias narradas. Ambos relatos caminan por territorios cómodos, algo previsibles sobre todo el de la emigración. La historia de Severo, tiene algún giro sorprendente que mantiene el interés aunque el desenlace se vea venir bastantes páginas antes. Aquí es cuando el lector agradece la ligereza del estilo del autor aunque se extienda en exceso, superando las cuatrocientas páginas. Cuanto más avanzaba en el relato más veía la alargada sombra de Vargas Llosa y Jorge Eduardo Benavides. Son influencias notables, sobre todo en el  denodado esfuerzo por hacer un fresco completo de la época, dibujando a Versaglio con todos los detalles, desde el cinismo tradicional con que gobierna su familia mientas se entrega a orgias de prostitutas y alcohol. Sin embargo, en su empeño por delinear al personaje, los demás se ven desdibujados, relegados a un papel secundario. El personaje más interesante de la obra, Lucas, cuñado del protagonista, es desaprovechado para ceder el protagonismo al acartonado Severo. Si bien el relato de la dictadura de Odría no decae, en el de la vida y orígenes del clan Versaglio, la historia es otra. Se alternan momentos notables con otros más lentos que rompen la lectura entretenida del relato, que es su principal virtud. Aquí los tópicos son algo más acusados pero igualmente constante. Las miserias del conventillo resultan igual de familiares que el hijo de la burguesía limeña que se va a Paris para ser artista. De nuevo piensa el lector en Vargas Llosa, aunque podemos ampliar la nomina con el gran Julio Ramón Ribeyro o Bryce Echenique.

Flores amarillas es un libro que se deja leer. No es una gran obra pero al menos no mata de aburrimiento al lector. Raúl Tola tiene oficio y se le notan buenas influencias. Solo queda que consiga un estilo propio y mayor profundidad temática y estilística. En este caso, lo logra a medias con un retrato de la burguesía limeña de la mitad del siglo XX.

 Créditos de la foto: Alicia Lara Domínguez

Enrique León Domínguez
Nacido en Sevilla y licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla. En esa misma institución cursé el Máster de Enseñanza Secundaria y el Máster de Estudios Americanos. Actualmente soy Doctorando en Literatura hispanoamericana con una tesis sobre literatura centroamericana. Lector desde siempre, en los últimos tiempos también hago críticas literarias de narrativa hispanoamericana contemporánea. Soy el responsable del blog Fondo de Lectura (fondodelectura.wordpress.com) y colaboro en la Revista Vísperas.
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