CULTURA

Reseña: “Algunas muertes” de Miguel Ángel Torres Vitolas

Campo Letrado Editores.2017.176pp.

Lo más llamativo de esta novela es el personaje principal: alguien que regresa a su hogar después de once años de haber muerto. La historia gira en torno a este conflictivo regreso, donde escenario y acción se combinan de manera precisa. Miguel Torres (Cusco, 1977) nos entrega un libro bastante bien construido, con notable arquitectura, en la que muchos de los elementos del diseño logran confluir de muy buena manera.

La historia se desarrolla en un pueblo que queda a unas pocas horas de Lima y está ambientada en los años que siguieron a la época del terrorismo en el Perú. Aquí es donde Isidro, el muerto, regresa a ver a sus familiares y ocurren sucesos sorpresivos, extraños y trágicos.

 La estructura de la novela es muy dinámica. Aparte de los capítulos, sobre todo al comienzo, existen pequeños sucesos, ligeros y rápidos, que, en ocasiones, al inicio, no aparentan tener relación alguna a la trama pero que luego se juntan poco a poco para que la historia cobre una unidad que se vuelve cada vez más consistente. Además de esto, es necesario mencionar que a través de las descripciones se percibe a los objetos y la naturaleza como entes animados, se les da un carácter activo; y por otro lado, los personajes son más inanimados de lo acostumbrado, a veces estos se perciben tan poco autónomos y poco activos como las piedras que aparecen en la portada, o como la “pequeña piedra” de la primera página que solo “parece” dudar en el aire, pero que, inevitablemente, cae. La narrativa muestra las acciones sin preocuparse por decirnos explícitamente las causas de los actos de los sujetos o los deseos de estos. Uno de los tantos ejemplos que se pueden encontrar es la caminata primera de Isidro: se mueve de manera automática, el cuerpo decide por sí solo. Entonces, se percibe a muchos personajes resignados, dependientes de lo que otro les ordena, o de lo que se “tiene” que hacer. Así, en ocasiones, los sujetos y la naturaleza entran en casi el mismo nivel de movilidad, de incertidumbre y de carente autonomía. Así, con esta atmósfera trágica que lo envuelve todo, las acciones que podrían aparentar absurdas en otro contexto, no interrumpen el desarrollo de esta historia, sino más bien alimentan a esa narrativa de la resignación.

Pero hay un aspecto muy importante que rompe toda esta construcción: el lenguaje. Cuando el narrador solo cuenta los hechos o describe lo necesario la prosa fluye sin muchos obstáculos y es clara, pero cuando este intenta introducir una carga “poética”, fracasa, pues usa muchísimas imágenes y lugares comunes: “Delante de ellos, ya lejos, ese hombre flaco y vacilante siguió yéndose, dejando detrás de él una estela polvorosa que se difuminaba a su alrededor”(pág. 18) “la luz de la mañana crepitó en sus ojos” (pág. 18), “Sentía el viento contra su rostro” (pág. 19), “Los ojos de ella oscurecieron y parecieron confundirse con la noche” (pág. 48), “brillando bajo el sol de la tarde” (pág. 91), “Un miedo absurdo la dominaba y la detenía” (98), etc. Estas expresiones aparecen en varias ocasiones y además, algunas veces, rompen la historia porque el narrador se hace notar, la intención poética fallida se evidencia y el relato se interrumpe por una frase que muchas veces es innecesaria. También es debido a esto, entre otras cosas, que la prosa casi nunca consigue fuerza. Así, este defecto merma al potente ritmo estructural de la novela.

Con todo ello, se puede decir que Algunas muertes es un libro muy dinámico e intenso en estructura, pero que puede ser tedioso e insípido en su prosa.

Christian Martínez Arias
(Lima, 1997). Estudia Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
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