CULTURA

Opinión: Una noche en el Museo Larco

Hace unos días pasé por el Museo Larco y mientras lo recorría pensaba en que, ciertamente, nunca me había dado el tiempo para escribir sobre este recinto cultural, que ha sido uno de los principales referentes en mi vida y en la de muchos enamorados del Perú antiguo.  Esta vez, casi sin planificarlo, decidí visitarlo de noche, y pese a que en nuestro país – salvo por algunas excepciones- la oferta nocturna de los museos es escasa, pude comprobar lo que muchos ya han logrado percibir: sí que es completamente diferente ir de noche a un museo de arqueología.

Cuando llegué, un ambiente de serenidad y silencio invadía las salas del Museo Larco, solo un guía con un pequeño grupo de turistas recorría el recinto. A la distancia, podía contemplar como poco a poco todos ellos iban entrando en ese fascinante mundo antiguo, en la cautivante cosmovisión andina, belleza y sensación que contagia, contagia al punto de hacerme quedar quieto y querer unirme; pero yo debía continuar.

Había llegado para ver unas piezas en particular, y así me dirigí a la sala de las culturas de la costa norte, y luego de admirar las maravillas de los artistas cupisnique, virú y salinar, llegué a la vitrina donde hoy se custodia una de las obras maestras de la alfarería vicús, se trata de un personaje imponente por sí solo, ataviado con orejeras y portando un gran tocado, un collar de cabezas humanas y sosteniendo un cuenco en sus manos, miré sus famosos “ojos grano de café” y no pude evitar recordar a Piura, la tierra de origen de ambos. La noche quizás acentúa los sentimientos que uno va descubriendo cuando, lejos de casa, se encuentra a un paisano, sea este de carne y hueso, o incluso hecho en arcilla. Con una sensación de alegría, no dejaba de pensar en que, finalmente, en esa sala, habíamos dos piuranos.

Pasé por la primera vitrina que mostraba piezas mochicas y no podía dejar de admirar la destreza de los antiguos peruanos, creo que una de las cosas que más me gusta de visitar un museo arqueológico, en especial los museos con piezas de la costa norte del Perú, es que uno inicia un viaje retrospectivo por todos los sitios y valles que se han recorrido o de los que se tiene referencia, desde el Alto Piura, pasando por Lambayeque, Chicama, Moche, hasta Virú y más. Avanzando el recorrido, los aríbalos inca y la textilería de los Paracas, Huari y Chancay le quita el aire a cualquiera, por ser sencillamente majestuosos.

Pasé por la sala del sacrificio, un ambiente especial en el museo, pero, a diferencia de otras veces, no me detuve mucho tiempo aquí, avancé y nuevamente me encontré con los Vicús, esta vez presentes en sus enormes tocados y pectorales de cobre dorado, nuevamente quedé contemplando esos artefactos, tan complicados de hacer y tan bellos. El ajuar de oro chimú me avisaba que estaba por entrar al espacio que tanto había querido visitar esa noche: El depósito del museo.

Son varios los aspectos que me atraen del Museo Larco, y sin duda, la apertura al público de su gigante depósito, es uno de ellos. Aquí uno podría perderse horas, mirando pieza por pieza, vitrina por vitrina, y así lo hice, bueno, hasta donde me alcanzó el horario. A cada paso se encuentran verdaderas joyas de la arqueología peruana, dioses, sacerdotes en trance, plantas sagradas, casi todo el universo andino, plasmado en todos esos artefactos, algunos bien conocidos, otros más discretos, pero igual de importantes y especiales.  Salí un momento a los jardines del museo, el frío limeño ya se hacía sentir, pero armonizando muy bien.

Finalmente, entré a la sala erótica del museo y nuevamente quedé conmovido por la capacidad creativa y sensorial de los antiguos peruanos. Ya era bastante tarde y debía volver. Siempre cuesta despedirse del Museo Larco, así como cuesta poder contar con justicia lo especial que ha sido para mí este lugar, sin embargo, puedo decir que quizás la cosa que más admiro del Museo Larco es el esfuerzo que ha hecho su equipo por lograr que los visitantes entablen una conexión interna y sin demasiadas complicaciones con el discurso que quieren comunicar, y eso es algo que han logrado. Y lo mejor de todo, es que muchas veces esa conexión se vuelve una amistad con el pasado peruano, y esas amistades duran para toda la vida.

Fotografía: Rolando Flores Vega.

 

Rolando Flores
Soy un mochicólogo disfrazado de historiador. Mi mayor interés es investigar a la Civilización Mochica, especialmente a la asentada en los valles del Alto Piura, para aportar a la continuidad del debate sobre uno de las sociedades más fascinantes y complejas del nuevo mundo.
Click to comment

Deja tu comentario

Loading Facebook Comments ...
To Top