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Opinión: Un remember ochentero ET (by Spielberg)

Hace un par de días vi, por señal de cable, la película ET (1982), obra temprana y paradigmática en la filmografía de Steven Spielberg.

La historia es simple y bien conocida: un extraterrestre- equivalente en su evolución a un niño terrestre -queda varado en la Tierra; es descubierto por un niño (Elliott) y entre ellos nace una amistad poderosa y sublime y un objetivo compartido: encontrar el modo de contactar  a los padres de ET y devolverlo con ellos. Entre los protagonistas destacan Henry Thomas (de 11 años entonces) como Elliott, ofreciendo una actuación natural y prometedora (aunque su posterior desarrollo actoral fue muy moderado) y la traviesa Drew Barrymore como Gertie, la hermana menor, con una actuación que hacía imposible prever su agitada adultez.

ET no habla: como un turista recién llegado aprende rudimentos del idioma y su comunicación es de gestos y sobreentendidos. En cuanto al personaje, la tosquedad del cuerpo queda balanceada- y casi puesta de lado -por la expresión que logra con sus inmensos ojos y sus sonrisas enigmáticas y candorosas.

El modo de concebir al extraterrestre es afín a la época: las preocupaciones estaban puestas en la Guerra Fría, en la siempre presente amenaza de un conflicto termonuclear global, y el cine exploraba esos temores y angustias con películas como The day after (1983), Juegos de guerra (1983) y otras. El imaginario de Hollywood aún no buscaba en los alienígenas  actitudes hostiles, sino presencias benéficas o puramente anecdóticas y ET calzaba perfectamente: él es un alien sin interés por la Tierra, es un desconcertado individuo de paso.

Detalle tecnológico: la imaginación sobre las naves espaciales era poco sofisticada, lo que se nota en el diseño “industrial” de la nave de E.T., muy parecida a la nave-madre en Encuentros cercanos del tercer tipo (Spielberg, 1977).

Sin duda el núcleo de la historia es la relación profunda, noble, entre ET y       Elliott: una exquisita amistad que podría parecer demasiado sublime, pero- felizmente -no llega a provocarnos una sonrisa escéptica. Esta amistad es una comunicación que va más allá (o quizá es previa) a las palabras, a los idiomas: es una conexión de almas. El director ha resistido a la tentación de hacer la segunda parte, aunque ha recibido incontables pedidos de fans y de la industria: por ahora, E.T. es su película más entrañable y no desea tocarla.

Seamos francos amigos ochenteros: ¿Quién no sintió un nudo en la garganta en la escena de la despedida? ¿Cómo no sentir cierto júbilo cuando vimos ese magnífico vuelo en las bicicletas, hecho con los pocos adelantos de efectos especiales de aquella época? ¿Y cómo olvidar la promesa final de ET: “Yo siempre estaré aquí” (dicho tocando la frente de Elliott)?

E.T. jamás será demodé; es sensible, pero no melosa. Si no la viste o si deseas volver a verla o compartirla con tus hijos, sobrinos, o alumnos no dejes de hacerlo: la aventura del extraterrestre de inmensos ojos será siempre bien recibida por todos los públicos pues no apunta a la competencia entre personas o entre razas (¡menos a la destrucción!), sino a dos bienes que hoy tantas veces echamos de menos: la confianza y el desinterés.


Fuente de la imagen: www.fanart.tv

Hernán Yamanaka
Lector obsesivo, conversador impenitente. Estudió educación, filosofía y teología.
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