CULTURA

Opinión: Un activismo de clase media

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“Cuando recién pisé Lima, asistí a una reunión del Partido Socialista. Hablaron de manera abstracta, competitiva, sin relación con mi experiencia de vida. Me resultó interesante, pero soy de clase trabajadora. Quizás no estaba dirigido a mí. Ahora pertenezco a la Policía Nacional del Perú”.

Anónimo.

Nicole Vopser, en su columna titulada, “What makes me tired when organising with middle class comrades”, menciona:

Llevo cuatro años de organizarme en colectivos y agrupaciones que objetivaban un carácter “buen gobierno” que no existe. Ese subconjunto progresista que pertenece y es casi exclusivamente clase media y media alta. Después de enfrentarme a frustraciones similares, y de muchas conversaciones entre compañeros de la clase trabajadora, quiero escribir sobre lo que agota el trabajo de algunos activistas de la clase media.

¿Qué significa esto del activismo? No estoy segura, excepto que puedo decir que me parece, a veces, cuán de “clase media” es. Quizás muchos militantes se levanten por la mañana pensando en la reforma financiera de campaña, mientras que otras personas comienzan el día preocupándose por solventar una merienda que alimente a sus hijos.

Según Vosper, hablar de la clase trabajadora, como una masa homogénea, cansa. Suponer que ciertos estereotipos culturales son de clase trabajadora y otras cosas no lo son, es molesto. Del mismo modo, hablar de personas de la clase trabajadora como si fueran escoria, ovejas o masas lavadas de los cerebros alimentados, es condescendiente y elitista.

Recordar, siquiera, como las posibles campañas de viralización de las clases medias en relación a los pequeños grupos universitarios, o no, -con un sumiso progresismo simpatizante de izquierda-, parece ser un brete contradictorio. Las “masas con los cerebros lavados” alimentadas por “tapers fujimoristas” de una política asistencialista, suponía una competencia entre individuos de ignorancia contra otros del academicismo. En los últimos años, no ha sido sino la más obvia obsesión de mantenerse en la “torre de marfil” del progresismo para tachar de insensatos a toda la población por no votar por la izquierda en las últimas campañas presidenciales. De ignorantes por votar por Alberto Fujimori. De amnésicos o irracionales porque, simplemente, no leyeron Baudillard o Foucault, o porque sencillamente no discuten sobre el actual impacto del neoliberalismo en Latinoamérica.

Y hablando de los círculos académicos que tienden como proyecto a largo plazo un “actuar político”, no ayuda en nada que se escriba reiterativa y “académicamente” sobre la peculiar opresión de masas con términos imperceptibles, porque el esfuerzo de  exclusivos vocablos estrafalarios separa la articulación orgánica de un universo simbólico e ideológico, negando así la necesidad que el pueblo aprenda.

Ya en el “actuar político”, se niega el demandante trabajo de bases, pero sorpresivamente, se reemplaza con la presencia de recursos radicales basados en “medios de la cultura” desarrollados dentro de una hegemonía cultural y política. Se evidencian nuevas formas de expresión que no solo tienen que ver con los medios de comunicación de la red, sino con el modo de exteriorización de ideas o emociones que llegan, en ciertos casos, a ser fenómenos fluctuantes, limitados y radicales.

Una visión fructífera sería, según John  Downing, (Radical media: the political experience of alternative communication), que los movimientos activistas dejasen el lado “mediocentrista” de una conceptualización cerrada de sus medios comunicativos. Evidenciar acciones de pedagogía política más allá de las interacciones de redes y contaminación de discusión podría ser la solución. Ellos, como fenómenos vivos de evidencia crítica, han rebelado un conjunto de elementos simbólicos dentro de una “cultura política”. Un ligero marketing cuyo objetivo sea obtener más aprobación y más rivales políticos no adhiere procesos de aprendizaje y desaprendizaje. Tomar consciencia de la realidad para transformarla en colaboración con esos “otros”, -aceptando el disenso y un consenso absolutamente imposible-, enriquece el diálogo e interacción. Hace que se deje de convencer a los convencidos y se pase a convencer a quienes dudan y desconfían.

Hablar de cómo puedes “acercarte” a la clase trabajadora también es problemático. Romantizar ciertos aspectos de la cultura de la clase trabajadora es agotador, cuando crecer con cero dinero y ninguna estabilidad financiera es lo menos romántico que haya existido.

De igual manera, el determinativo Chavs, mencionado por Owen Johnes (Chavs: The Demonization of the Working Class), hace referencia a un sentido peyorativo en el cual las élites (o clases medias consideradas “élites”) desprecian a la clase obrera. Una desigualdad racionalizada que objetiviza al sector de trabajadores como un agente desagradable que se tiene que educar primero para opinar. Esta idea fomentada por políticos de clase media, según Jones, pulveriza el debate sobre las desigualdades, ya que si no hay clases sociales, no hay nada que debatir[1].

Existe una interpretación existencial de lo que podría considerarse como la “clase media” de nuestro país. Una teoría ontológica de clase que no quiere ser lo que es. Una clase media que no anhela ser de clase pobre queriendo pero sí algo que no va a ser: una clase alta. Cuando la derecha arroja a la clase media a la clase obrera, la clase media se une a la clase trabajadora y propone una consigna, hasta cuando surgen los gobiernos populistas y esta, ligeramente insatisfecha, recupera su nivel adquisitivo, se harta de la pobreza, y se une a las clases altas, denodadamente. Este podría ser un círculo vicioso del cual se tiene que partir. Se tiene que decidir, -cómo clase media-, qué se quiere ser y con quienes se requiere unir, reconociendo, que su destino está más cerca de las clases obrera de lo que cree, ya que las clases altas dominan exclusivamente a favor de ellos y tienen el poder de estatuir a las clases medias a la pobreza. Ese es un planteamiento repetido hasta la saciedad, incluso desde plataformas teóricamente de izquierdas que erosiona la base que sirve para justificar el control ciudadano de lo público y de las minorías dirigentes[2].

De manera similar, la pobreza que se fetichiza, como si fuera un juego o una aventura, es un insulto a la gente que no tiene otra opción. Coquetear con la pobreza como una opción de estilo de vida no es lo mismo que crecer en la pobreza. ¿En verdad esperan que personas de la clase trabajadora se entusiasmen con sus proyectos, campañas e iniciativas cuando no son relevantes para sus vidas?

Se conserva una visión caritativa donde prima un accionar efímero de la solidaridad, excluyendo la necesidad de empoderar a la clase trabajadora en un trabajo conjunto. Esta, adjuntada por la compasión y la lástima de su situación, ejercen proyectos o actividades, muchas veces, en relación a sus intereses, como si no hubiera una genuina intención de eliminar el problema de la pobreza y de la opresión de clase. De esta manera vemos como la actividad política es tratada como si fuera una suerte de voluntariado, donde quién se involucra termina comprometiéndose con más “horizontalidad” a una de las figuras más paternalistas posibles. Recordemos tan solo a las organizaciones con fines de lucro más sonadas de las universidades humanistas, cuya finalidad era agrupar la mayor cantidad de estudiantes posibles para concretar grupos y actividades cuyo fin no pasaba de pintar paredes en escuelas populares o la construcción de viviendas prefabricadas en las zonas más aledañas de nuestra capital.

Nos queda claro que los activistas son una especie de medios de comunicación en sí mismos. Entre ellos se va influyendo un mecanismo de revelación que permite evidenciar una denuncia o una verdad que la sociedad se imposibilita en ver. Es un entorno de aprendizaje político, donde se incluye una dimensión política que está presente incluso hasta cuando no se habla de política y hasta cuando son manipulados con el cuento de la “solidaridad” o voluntarismo. Con todo lo evidenciado no quiero reducir el activismo político a una suerte de estilo de vida en el sentido de posibles patrones de consumo, (como formas de vestirse o lugares a los habitualmente se concurre). Eso sería caer en la más cruda frivolidad sobre lo que significa involucrarse en la política, en donde su actividad, se pueda minimizar a un mero acto de autosatisfacción por sentirse disidente y radical antes que una propuesta de transformación. Si de por sí, pretender que hay siquiera algún tipo de consumo ético dentro del capitalismo es bastante ridículo (salvo que el capitalismo haya dejado de ser un sistema global), pretender que una actividad política se limite a la experiencia individual cotidiana, no solo hace evidente una visión nociva, sino infantil, de cómo se aborda un quehacer político.

Es alienante y desempoderante cuando el activismo de clase media habla de experiencias como si están fueran completamente universales. O grupos de mujeres expuestas a evidenciar sus problemas de clase, tratando la violencia, en gran medida, de forma aislada. Tienen mucho que decir sobre la objetivación mediática de las mujeres pero, curiosamente, poco que decir sobre el consumismo o el capitalismo[3].

Creo que existe una falla consistente en participar en cualquier tipo de organización popular o comunitaria. Una mayor rigurosidad en la aplicación del principio de centralización y una disciplina más severa, específicamente formulada en un partido por las leyes, puede ser una salvaguardia eficaz contra ese peligro oportunista[4], pero nadie está dispuesto a aceptar el reto.

Lo es cuando se aprovechan del privilegio en respuesta a la represión. Las personas de clase media también pueden tender a dominar los movimientos y perpetuar una posición privilegiada, donde lamentablemente una simple pinta puede “radicalizar” un clasista pensamiento. Desilusiona cuando se hace comentarios poco o nada solidarios sobre la educación de los menos afortunados. También es condescendiente cuando hablas como si  la clase trabajadora no fueran inteligentes, tácticos, y no objetivizados, porque quizás no tengan un título o un pregrado en alguna universidad particular del país.

Considere, que estos abusos del sistema de justicia penal son denunciados todos los días, en todo el país. Escribimos, hablamos, protestamos, marchamos contra ellos. Sin embargo, siguen y siguen, década tras década, sin descanso. Eso significa que son una característica sistémica de nuestra sociedad, no una aberración. Entenderá entonces que los abusos del sistema de justicia penal son actos políticos maniobrados por un sector de poder, no errores o problemas sociales (para ser aclarados por una misantropía del activismo). Se debe concluir que estas formas de represión de clase y raza son parte de la estrategia central de la clase dominante. Sobre esta base, es importante que todos los activistas laborales, comunitarios y los trabajadores en general participen[5].

Recuerden, pelear contra el Estado es bastante difícil sin navegar de derechos de la clase media[6].

[1] Owen Jones: “Las cosas han empeorado desde que escribí ‘Chavs’”, http://www.eldiario.es/cultura/entrevistas/Owen-Jones-empeorado-escribi-Chavs_0_262124428.html

[2] Owen Jones, ‘Salvados’: ¿Te sientes de clase trabajadora o de clase media?, Eduardo López Alonso.

[3] Citado en How feminism became capitalism’s handmaiden – and how to reclaim it, Nancy Fraser.

[4] Citado en MA.Waters (ed.), Rosa Luxemburg Speaks (Nueva York, 1970), p. 128.

[5] Police repression, racism and class struggle, Emile Schepers.

[6] (Citas en cursiva) Nicole Vopser, “What makes me tired when organising with middle class comrades”, https://www.theguardian.com/global-development-professionals-network/2016/jun/08/burnout-activism-working-class-organising-with-middle-class-comrades

Estefanía Sánchez
Estudiante de Humanidades, Artes Plásticas y Filosofía, con mención en Teoría y Estudios Críticos por la Pontificia Universidad Católica del Perú y Estudios Generales por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
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