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Opinion: ¿Qué le hemos hecho al cine?

Por Salvador Varela Zolezzi

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¿Por qué le hacemos esto al cine?

¿En algún instante de nuestra vida se nos pasaría por la cabeza comparar y clasificar una pintura de Van Gogh con una de Picasso? ¿Una sinfonía de Mozart con una de Beethoven?

¿Por qué le hacemos esto al cine?

¿Por qué tenemos esta predisposición con el cine de comparar, clasificar, dictaminar, calificar, hacer listas, poner nota? ¿Por qué cotejamos dos obras de arte que no poseen las mismas temáticas, ni los mismos estilos, contextos, intenciones y recursos? ¿Por qué las colocamos en un estrado en espera a ser mutiladas y despellejadas para decidir cual es mejor?

En 1911, el dramaturgo y periodista italiano Ricciotto Canudo (Bari, 1879 – París, 1923) formuló un “Manifiesto de las Siete artes”. Basándose en las designaciones que el filósofo Hegel le da a las artes en las “Lecciones de Estética”, Canudo propuso que el cine es el “arte plástico en movimiento”. Después de muchos borradores, y de añadir la danza como un tercer tipo de arte rítmico y por lo tanto denominarlo como el sexto arte, dio cabida a aquel término tan familiar que le damos al cine hoy en día: El Séptimo Arte.

Para él, el cine constaba de la conciliación de los Ritmos del Espacio (Las Artes Plásticas) y los Ritmos del Tiempo (Música y Poesía, y ahora la Danza). “Necesitamos al cine para crear el arte total al que, desde siempre, han tendido todas las artes”, argumentaba. Un movimiento eterno.

Canudo nunca imaginó que su intervención de colocar la danza un nivel anterior al cine ilustraría tan perfectamente aquella situación en la que nos encontramos en el siglo XXI de tener bien claro que la danza es un arte pero cuando se trata del cine, la delgada línea se desvanece. ¿Por qué el cine no tiene la suerte de la danza, o por esa vía, de la pintura, la escultura, la poesía, la música y la arquitectura? ¿Qué hace que podamos sencillamente darle el valor de arte a la danza pero se nos complica inmensamente darle ese respeto, individualidad, expresión e independencia al cine? ¿Por qué estas formas de arte no están sometidas a las evaluaciones y clasificaciones eternas, a los desmembramientos y comparaciones ubicuas?

A menos que tu carrera mediática haya caído en picada y te encuentres concursando en Dancing With The Stars, tu expresión de danza como una forma de arte nunca será comparada con otra (A no ser que se evalúen técnicas o movimientos específicos en un concurso masoquista). Esa es tu forma de bailar. Calle 13 afirma de manera vulgar y acertada : No se necesita plata pa’ moverse. Necesita onda y música cachonda.

Y efectivamente, para bailar no se necesita nada. Puedes generar arte con tan solo tu cuerpo. La danza nunca ha necesitado dinero ni requerido generarlo. Es una expresión del cuerpo. Es de una calidad tan efímera e individual que comparar y calificar el baile de salsa de un cubano con el hip-hop de Harlem resulta ridículo. La danza irlandesa con un Haka maorí, el huayno serrano con el swing estadounidense.

Es posible decir: “Me agrada más este baile” o “detesto aquel”, al igual que hacemos con todo lo que nos rodea. Pero nunca se genera una predisposición a determinar cuál es mejor. Desgraciadamente, el séptimo arte no sale ileso de esta calificación. Porque el cine siempre ha sido y quizás siempre será, considerado una industria que debe ser rentable.

Lamentablemente, el cine es un arte que se circunscribe a los elementos que se requieren utilizar. Para hacer cine se necesita esencialmente una cámara que obtenga y grabe la luz del espacio en al menos 23.976 cuadros por segundo, para generar la ilusión de movimiento continuo. Se necesitan rollos de película o tarjetas de memoria para conservar aquellas imágenes. Finalmente, es necesario que sea reproducido, que las imágenes en movimiento se puedan ver, sea para un público en una sala de cine o para tan solo un individuo. Esos son los requerimientos básicos para generar el arte que llamamos cine. Esta es la única manera que los humanos tenemos de poder reproducir fuera de nuestra mente el espacio en movimiento de manera exacta: las formas, las sombras, las luces, los rostros y los movimientos precisos. Puedo contártelo en palabras, puedo dibujarlo, pintarlo, cantarlo, actuarlo, construirlo o hasta bailarlo. Pero no puedo mostrártelo tal cual yo lo vi, tal cual sucedió frente a mis ojos.

Hoy en día, y a medida que el cine ha evolucionado, esas necesidades básicas se han hiperbolizado. Las técnicas, las tecnologías, los formatos de reproducción y la inmersión en aquello que llamamos cine se han transformado y diseminado más allá de lo que podríamos haber imaginado.  Si bien los instrumentos esenciales se han mantenido, ahora se ha perfeccionado y sofisticado tanto que cada vez se requieren instrumentos más especializados para la creciente exigencia del publico espectador. Y es aquel mismo público el que se remonta a los inicios del cine. Los primeros en ver la invención más grande de todas: poder observar una parte de la realidad congelada y reproducida en tiempo real. Desde los cortos creados por Edison en su Black Maria o los Hermanos Lumiere grabando actualites, la novedad del cine a traído espectadores que estaban dispuestos a pagar dinero para ser asombrados con esta nueva fantasía.  Fue en este momento en el que la línea divisoria fue creada. Fue aquí, cuando los inventores y los productores de la época se dieron cuenta que a los  espectadores les fascinaba este descubrimiento y podían generar riquezas a través de él, que se genero la industria del cine. El cine como séptimo arte recibió su primer golpe en la quijada: ser un espectáculo muy rentable.

Y así llegamos a hoy. El cine tiene más de cien años de ser un negocio. Las cámaras son más grandes, las pantallas enormes, las estrellas de cine excesivamente costosas, la distribución es inaccesible sin el capital adecuado y la audiencia se encuentra mortificada de poder perder una hora y media en un viaje en el tiempo y el espacio a un lugar que no conocen. Como todo buen negocio, el factor de riesgo es importante y determinante en los grandes estudios. ¿Por qué te arriesgarías a crear un nuevo contenido original que puede fallar después de haber invertido una cantidad exorbitante de dinero en producir una película cuando puedes crear una secuela o una precuela o un remake que te asegura una taquilla considerable? Y también, si eres el dueño de una cadena de exhibición, ¿Por qué pondrías a proyectar una película que puede no generarte ingresos por sus temas controversiales o alternancia a lo común? Es lógico. La familiaridad ha matado a la originalidad.

Los productores que manejan la industria del cine saben hacer dinero.  En el Perú, del 65% al 85% de salas de cine están los 365 días del año proyectando películas de Hollywood. El cine nacional ocupa un 9%.  Es decir, ¿Por qué no crear concursos en el que rescates los mejores usos de las técnicas cinematográficas para volver a publicitarlas? No te puedes perder la ganadora del Oscar.  Así termina por limitarse todos aquellos que hacen cine. Tus películas no van a ser proyectadas. La cantidad de dinero necesaria para lograr producir una película que pueda competir esta fuera del alcance y entonces te resignas a complacer a aquel que quiere obtener la mayor ganancia. Y con ello, los directores y guionistas querían arriesgar, proponer, crear algo diferente por que todo empezó a evaluarse, a calificarse y a clasificarse. Todo es un producto que se vende o no se vende. No importa si es innovador, único o genial. Importa que se rentable. Para hacer cine se necesita tanto hoy en día que las personas a las cuales les interesa la forma de arte se (los) han vuelto mudos.

Es realmente una pena que no hayan existido los mecenas a inicios del siglo XX.

Al cine lo matamos apenas empezaba a caminar.

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