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Opinión: Lo que nos enseña la premisa de Daredevil

No soy ningún experto o crítico del cine, pero considero que sí sé reconocer un buen producto audiovisual cuando lo veo. Justo eso es lo que opino de la serie de Netflix “Daredevil”. Básicamente trata sobre un abogado llamado Matt Murdock, el cual sufrió un accidente cuando era niño que lo dejó ciego. A raíz de esta ceguera, él desarrolla de manera sobrehumana el resto de sus sentidos, dándonos a entender que sí ve, pero no de la forma en que lo hace una persona común y corriente. También es un experto en las artes marciales, aquello le permite, precisamente, luchar contra el crimen. Es una premisa interesante que se presta para armar una historia entretenida. Luego de haber visto las dos temporadas —que son las únicas hasta la fecha— pude encontrar un mensaje interesante acerca de los frágiles que son los conceptos de “bien” y “mal” en cuanto a justicia se trata (me enfocaré más en la primera parte de esta serie).

Matt Murdock vive en el barrio de Hell’s Kitchen, Nueva York. Él ama su ciudad e incluso a sus ciudadanos. Su más grande anhelo es impartir justicia a través de los medios que le ofrece el sistema judicial. Tiene la convicción de proteger al indefenso y ayudar al inocente. Sin embargo, he aquí el gran obstáculo que debe afrontar en la primera temporada: la corrupción. Wilson Fisk es el personaje que representa dicho cáncer social. Él es un magnate que tiene sucumbida a casi todas las autoridades de la ciudad bajo su poder adquisitivo. Él manipula a gran parte de la policía, a jueces, fiscales, abogados, entre muchas otras personas más.

Matt —al verse imposibilitado de hacerle frente al mal mediante los métodos convencionales— decide ponerse un traje y luchar contra el crimen. Empieza por impedir asaltos y asesinatos (algo que el sistema no puede hacer), y luego termina enfrentándose a Wilson Fisk. Matt lleva una doble vida como abogado y como vigilante justiciero, las cuales se complementan entre sí, porque lo que no puede resolver por un lado, lo consigue por el otro. El problema es que en esa lucha que lleva a cabo por dos caminos diferentes, él se da cuenta de las flaquezas de nuestro sistema: la fácil manipulación de las personas, la falta de justicia, la falta de celeridad de la misma, o incluso, de la inacción de esta.

A consecuencia de lo anterior, el héroe sufre un quiebre emocional y se empieza a cuestionar si verdaderamente nuestro sistema funciona, si es que él está haciendo lo correcto al impartir justicia en las calles a puño limpio a altas horas de la noche. Hasta llega a rozar los límites que él mismo se impuso, dado que dentro de su código moral está prohibido matar, pero cuando se ve obligado a buscar una solución rápida contra el gran dolor de cabeza que significaba Wilson Fisk, empieza a dudar.

¿Cuánto más tendrá que pasar para que la justicia se haga presente en la vida de las personas que la necesitan? Si el mundo sigue el curso por el que va, entonces tendremos “daredevils” por montones rondando en las calles, solo que estos no obedecerán a ningún código moral autoimpuesto, sino que asesinarán a sangre fría, porque así lo desean. Porque el sistema les falló, les jugó en contra, y ahora ellos buscarán una alternativa, una escapatoria. Lo peor de todo es que vemos en diversas ocasiones noticias que nos narran masacres hechas por una persona o por un número muy pequeño de estas que, dentro de su modo de ver las cosas, hicieron lo que hicieron, dado que había una “causa justa” de trasfondo. En algunos casos, la hay; sin embargo, en muchísimos otros no.

Este concepto es relativo —como casi todos los conceptos habidos y por haber— y se presta fácilmente a tergiversaciones o malas interpretaciones. La violencia en esos extremos no es algo que debería ser tolerado bajo ningún pretexto. No está bien matar por amor, ni por venganza ni por justicia ni por locura o cualquiera que fuere la razón (a lo mucho en defensa propia). Un sistema que no protege a su gente es el detonante perfecto para este tipo de actos. Todos tienen una razón para su comportamiento, y con la tremenda falla con la que nos vemos obligados a convivir, muchos encontraron la suya.

Es una lástima que la justicia hoy en día solo sea un chiste de mal gusto. Hemos tocado fondo tantas veces, que la manifestación de esta idea solo puede ser factible si es que existiesen los superhéroes. Por desgracia no existen, por ende, tampoco lo otro.

 

 

Santiago Zelada
Periodista
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