CULTURA

Opinión: La foto “maldita” de Kevin Carter

Muchas veces hemos escuchado que  “Una imagen vale más que mil palabras” y la frase se cumple a plenitud en la imagen que motiva esta nota. Debe ser la foto testimonial más famosa del mundo: el dolor que muestra ha sido comentado e interpretado desde muchos puntos de vista, incluyendo el reproche mil veces hecho al autor: “Por tomar una foto ¿Por qué no ayudaste a la niña?”

Kevin Carter fue un fotógrafo sudafricano (1960 – 1994). Como parte de la minoría blanca de su país gozó de las comodidades y oportunidades vedadas a la inmensa mayoría negra. Como fotógrafo profesional cubrió la violencia social y racial que vivió Sudáfrica bajo el régimen segregacionista (Apartheid): durante años asistió, como testigo y notario visual, a las atrocidades que se daban entre los pobladores negros y la represión estatal blanca; registró, también, la violencia no menos intensa entre grupos y clanes en la comunidad negra. En esos años de trabajo febril, Carter desarrolló afición por el consumo de alcohol y otras drogas, quizá como medios de evasión ante una realidad infernal de la que debía protegerse: el que registra la muerte debe tener una coraza, ser impermeable, o perderá el juicio.

La foto

Fue tomada en el pueblo de Ayod, Sudan, en 1993. Carter había llegado al país con una misión de la ONU y de inmediato empezó a buscar situaciones fotografiables. Contrario al mito urbano, en la foto no aparece una niña sino un niño y- como lo atestiguaron años después los fotógrafos Joao Silva y Luis Davilla, presentes en la escena -el famélico infante no se encontraba agonizando: defecaba bajo la mirada del buitre. Desde luego, la clarificación de la circunstancia no le quita nada al dramatismo del hecho y del mensaje. La imaginación popular, infatigable, quiso desde el principio darle el tono de “foto maldita”.

El suicidio

Carter ganó el Premio Pulitzer de 1994 por aquella foto (apareció en The new York Times). Dos meses después, abrumado por la muerte de su colega y cercano amigo Ken Oosterbroek (muerto en Sudáfrica, cubriendo un hecho violento),  borracho de dolor, de soledad, de sinsentido, Carter cometió suicidio aspirando monóxido de carbono en la cabina de su carro. Dejó una nota:

“He llegado a un punto en el que el sufrimiento de la vida anula la alegría. Me persiguen los recuerdos de muertos, de cadáveres, rabia y dolor.  Me persigue  la pérdida de mi amigo Ken”.

Kevin Carter fue un artista del horror provocado por el Hombre. Registró la sombra de la muerte y la locura, contaminando su alma con semejante carga. Dicen que el crimen no paga; el dolor, al parecer, tampoco.


Fuente de la Imagen: Kevin Carter ©

Hernán Yamanaka
Lector obsesivo, conversador impenitente. Estudió educación, filosofía y teología.
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