CULTURA

Opinión: La complejidad del Ulises de Joyce: escollos editoriales (Parte I)

El Irlandés James Joyce (1882-1941) plasmó su experiencia vital en la novela Ulises para poder entenderla, descifrarla. Sin duda también, en tanto que ser asustadizo y temeroso, para resguardarse de la realidad, para protegerse de ella enfrentándola con la literatura, que, desde cierta perspectiva, es un refugio o medio para sosegar las más obsesivas inquietudes, aquello que se le suele denominar demonios internos.

En este sentido, Joyce era un individuo que obturaba las filtraciones de la coyuntura política y social a través del arte, de la introspección. Al preguntársele en una ocasión qué había hecho durante la Primera Guerra Mundial, él respondió: “escribí el Ulises”. Y fue en Zúrich, lugar al que viajó, impulsado por la motivación de una agencia de empleos (que no se llegó a concretar pues se trataba de una agencia fantasmal; sin embargo, se desempeñó como profesor de inglés para subsistir), con Nora Barnacle, musa suya que hasta entonces había sido mucama de un modesto hotel dublinés, quien aceptó sin vacilación la aventura de fugarse con él. En ósmosis con otras damas que subyugaron la atención estética y erótica de Joyce, Nora, o su heterónimo Molly, jugará un rol protagónico en la dimensión femenina de Ulises, que, por otro lado, ha sido enarbolada como el modelo de la mujer del siglo xx (no han faltado, a favor, exégesis feministas sobre esta arista de la obra). No obstante, es un protagonismo implícito y oculto, puesto que no entra en escena sino un par de veces, difuminada, en los capítulos Calipso, y Las rocas errantes, y se la conoce por alusiones o referencias que los otros hacen de ella; mismo así, su presencia es determinante en el pensamiento y las decisiones del héroe o antihéroe moderno, urbano, que viene a ser su marido, Bloom.

Ahora bien, la publicación del Ulises no se dio de manera sencilla. Aparecieron los tres primeros episodios, no sin temeridad por parte de la revista norteamericana, en Little Review; posteriormente la censura inició un proceso en 1921 que terminó por vetar la continuidad de la revista, sancionándola además con 50 dólares de la época.  En Europa, Joyce se hastiaba de ofrecer su libro. Virginia Woolf, quien junto a su marido era propietaria de Hogarth Press, y podía evidentemente publicar el libro, calificó al Ulises de chabacano, grosero, granítico y gratuitamente escandaloso, entre otros términos desdeñosos. Sin embargo, y con la esperanza de catapultar su librería hacia la fama, la titular de la editorial francesa Shakespeare and company, Sylvia Beach, publicó el Ulises en 1922. La repercusión del libro, cuya distribución era restringida y discreta debido a la ilegalidad que representaba, fue flagrante; escritores de la talla de T.S Eliot o Bernard Shaw manifestaron su admiración y fascinación por el libro, en tanto que epifanía de la vanguardia novelesca. James Joyce tuvo que aguardar hasta 1933, luego de un exhaustivo y dilatado juicio comandado por el notablemente astuto defensor neoyorquino Morris L. Ernst, para ver la luz: Ulises ya era un título publicable en su idioma, tanto en Reino Unido como en Estados Unidos. Se finiquitó el tiempo de censura; ganó el arte; el alegato de que la obscenidad era un concepto que se modificó con el tiempo triunfó. Así, la editorial Randhom House agotó en cuatro meses la producción de un tiraje de 35,000 ejemplares del Ulises (de enero a abril de 1934). A partir de entonces no cesó de imprimirse el libro.

(Próxima entrega: La complejidad del Ulises de Joyce: escollos en la lectura creativa -Parte II).

 

José Manuel Carneiro
Escritor. Bibliófilo. Estudiante de Humanidades de la Universidad de Piura.
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