CULTURA

Opinión: Interpretación de Así empieza lo malo, de Javier Marías (I)

“Así empieza lo malo” es la mitad de una frase que figura en Hamlet (“Así empieza lo malo y lo peor queda atrás”), y de la cual Javier Marías se valió para titular su penúltima novela (Alfaguara, 2014). Para sus lectores no es ninguna novedad; la admiración eminente de Marías hacia Shakespeare lo condujo a citarlo en diversas creaciones y ocasiones.

Por supuesto, el nombre intriga, y es una abstracción de los múltiples asuntos que aborda a lo largo del libro. Y su significado no es explícito, sino que se va desarrollando entre líneas, entre reflexiones del narrador, Juan, y los personajes principales que conforman un matrimonio desdichado: Eduardo Muriel y Beatriz Noguera. Él es un cineasta de escasa repercusión, cuya breve fama pasada le permite continuar en el oficio; ella, una esporádica profesora de inglés que sin embargo internamente vive martirizada por errores de juventud, o acaso un solo error: embaucar a Muriel a casarse valiéndose de una omisión, de haberle dicho al hombre amado que jamás recibió la carta de ruptura que éste le envió a los Estados Unidos, viaje que ella realizó a fin de cuidar a su moribundo y errante padre. Él amó a otra mujer durante la ausencia de Beatriz, correspondiéndose asimismo los sentimientos, y decidió sacrificar su dicha por salvar de un completo calvario a quien apenas veía desde las sensaciones, o sea el deseo que concitaba la voluptuosidad de Beatriz Noguera.

Juan, el narrador, cuenta desde su madurez los hechos que presenció cuando convivió en casa de Muriel, de quien era su ayudante o secretario, o algo así por el estilo, allá en la década de 1980. De todo ese tiempo lo único que prevalece en él es la memoria, la evocación, como ocurre en todas las personas aún cuerdas, pero además le queda su esposa, Susana, hija de los infelices cónyuges e identiquísima a su madre, al menos desde un punto de vista físico.

Pero basta de argumentos y pasemos a lo importante, quiero decir, a lo que toca las cuerdas del espíritu humano. La novela propone que la maldad puede ser consciente o inconsciente. La primera se da en el caso de un personaje médico, que en tiempos del franquismo español trabajaba para el servicio de informaciones y aprovechábase de ellas para chantajear a ciertas mujeres y obtener de ellas, a cambio de su silencio con respecto a las vilezas detectadas, placer sexual. No hay modo de que determinados hechos sean revelados y cualquier precio, en este caso en favores, ha de pagarse por velárseles a los seres queridos. Es cierto que también curaba a los hijos enfermos, pero nada de altruista existía en esas intenciones; no obstante, ellas debían divulgar por todo lo alto la bondad y generosidad propias de este señor. En cuanto a lo segundo, plasmemos el caso de Beatriz Noguera. Recientemente huérfana, jovencísima, deslumbrada por Muriel, no vaciló en mentir sobre el extravío de la carta que ponía fin sus ilusiones. La verdad a veces llega a ver la luz, y es ahí donde empieza lo malo y lo peor queda atrás: la venganza, el desasosiego, y, finalmente, la muerte buscada, la que digita el punto final.

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