CULTURA

Opinión: Elogio al maestro (mi padre del alma)

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Hay profesores y maestros. Me enseñaron desde chico que profesor es aquel quien te enseña algo que aprendes, apruebas y luego lo olvidas; pero maestro es aquel que te deja una enseñanza para toda la vida. Hay profesores y maestros, aquellos que te ayudan a pasar el curso, que te dan la mano cuando lo necesitas, que velan por tu salud y seguridad dentro del centro educativo. Hay profesores y maestros… luego está él, José Francisco Navarro, padre Jesuita, pintor, escritor, profesor de literatura, humanista y, lo que me es más importante: mi padre del alma.

Nos conocimos en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Era mi cuarto ciclo y aún debía algunos cursos de Humanidades. Como electivo escogí “Historia del Arte”, dictado por él. Desde la primera clase, hasta la última, entablamos una amistad que fue más allá de profesor-alumno. Nos volvimos amigos espirituosos, con debates sobre como mejorar la religión, como encontrar la paz -tanto entre los pueblos como en cada uno-. Luego coincidimos en un concierto de la Sociedad Filarmónica de Lima y nos enteramos que los dos éramos melómanos, adictos a Beethoven, Tchaikovsky, Bach, Dvorák y demás compositores que cambiaron la historia de la música.

Su método de amparar fue el mejor que conocí en mis veintiún años. Cuando necesitaba ayuda, tanto psicológica como espiritual, recurría a él. Me invitaba a su taller, un café o un té. Nos sentábamos en una mesita redonda y me escuchaba. Sólo me interrumpía para decirme “tú no eres así”, “tú no dirías eso”, “tú no actuarías así” y, lo que más presente tengo en mi mente y corazón: “sólo con la paz de tu espíritu llegarás lejos”. Me llevaba a un estado de reflexión tan profundo e intenso que mis problemas solían desaparecer.

Y ni hablar de su método de enseñanza, también el mejor que conocí en mis veintiún años -y el que algún día me gustaría practicar-. Nos leía poemas, nos pedía interpretar escritos, pinturas, ideas. Nos llevaba a pintar paisajes al techo de la iglesia Virgen de Fátima y se divertía con nosotros pintándonos las caras, riendo y celebrando la vida, esa que tanto adoraba.

A él le debo mucho, sobre todo porque me salvó académicamente, algo que pocos saben y hoy confieso. En los dos años en que escribí mi libro, Quince Cuentos de Largas Noches, descuidé algunos cursos de la universidad, creyendo que podría pasarlos sin mucho esfuerzo… ¡Gravísimo error! Uno de esos cursos (vergüenza decirlo) fue Literatura II. La desaprobé dos veces y a la tercera desaprobada, me botaban de la universidad. En desesperación y con fe, me anoté a ciegas con X profesor que, por gracia divina, terminó siendo José Francisco. El primer día de clases le conté mi caso y él, asombrado, pero siempre sereno, me pidió calma y me prometió comprensión. Aprobé el curso con 20 de nota final. No me dejó exámenes más fáciles, mucho menos me regaló nota. Lo que hizo fue simple: darme ánimos mediante palabras y hacerme entender que si reina la paz, todo lo podemos lograr.

José Francisco me llamó una noche de enero, el 15. Hablamos casi cuarenta minutos sobre diversos temas. Al final me dijo: “Eduardo, eres un ángel, ¡alas y buen viento!”. Ocho días después dejaría la existencia terrena para permanecer en nuestros corazones.

Si Dios existe, le debo tanto, ¡tantísimo! Por haber puesto a José Francisco en mi camino. Un gran maestro, un verdadero amigo, pero sobre todo un padre del alma, de esos que permanecen día y noche en el recuerdo para hacernos sonreír cuando más lo necesitamos.

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¡Gracias por todo, padre del alma!

Eduardo Bronstein
Escritor nocturno, apasionado por la música clásica y el buen cine. Autor del libro “Quince Cuentos de Largas Noches”.
En las redes (Twitter e Instagram): @edubronstein
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