CULTURA

“El papel es más paciente que el hombre”

En completo silencio y con la mano en el corazón, se retiraba del teatro todo un público que llevaba el duelo por dentro, conmovido por fuertes y desgarradoras escenas. Y es que, cómo podría ser de otra manera, si lo que acabábamos de ver ameritaba toda una vida de reflexión. Me oirán decir hasta el cansancio que el teatro es la forma más rica de expresión del ser, ayuda a canalizar nuestras emociones y protestar cuando lo necesitamos. El teatro nos abre puertas a lo desconocido, y nos da un acercamiento a lo que jamás imaginamos.

En esta oportunidad, conocí a Ana Frank. Una niña que, a sus 14 años, tuvo que vivir un infierno en la Tierra. Claro que sabía de ella, y desde hace mucho tiempo. Imposible no saber de ella, si sus páginas han inspirado a toda una raza humana, si sus palabras se han metido con tanta fuerza en las mentes más tristes y solitarias. Pero esta vez pude conocerla bien, a ella, a su familia, a sus amigos. Pude conocer profundamente la tragedia que ninguna niña, ninguna persona, merece vivir. Prisionera de sus asesinos y prisionera de sus pensamientos, Ana despertaba cada día con la ilusión de volver a ver la luz del sol, de regresar a su colegio, de que sus historias llegaran lejos y de ver al mundo como era antes de la desgracia.  El Diario de Ana Frank nos sumerge en un contexto ajeno al nuestro, pero nos lleva a considerar que quizás las cosas no han cambiado tanto. Vivimos guerras constantes en donde la lucha ideológica nos despoja de nuestra condición humana para convertirnos en una masa de impulsos y agresiones.

Una extraordinaria Patricia Barreto, junto a un elenco de lujo, nos lleva en un viaje al pasado, remontándonos a la época más terrible que ha vivido el planeta: la segunda guerra mundial. Aquella época donde todo era miedo, violencia y tristeza. Aquella época donde la esperanza parecía no existir. Entre momentos de risas y llantos, nos atrapa una historia maravillosa, dirigida por el siempre talentoso Joaquín Vargas, las actuaciones impecables y una puesta en escena impresionante.

Lo que hoy nos queda de la pequeña Ana, no es solo su diario puro y sincero, nos queda su determinación, sus ganas de siempre luchar por sus ideales, sus sueños inocentes de ver humanos que reflejen humanidad. Nos quedamos con ese ángel que tenía en la mirada, con esa hermosa vibra que su sonrisa transmitía, con esa energía que caracteriza a los niños, y, sobre todo, con su mente visionaria y su imaginación voladora. “A pesar de todo, continúo creyendo que el ser humano es bueno en su interior”. Ojalá así sea, querida Ana, ojalá así sea.

 

Quedan pocas funciones, por favor no dejen de verla. Teatro Mario Vargas Llosa de la Biblioteca Nacional del Perú.

María Paula Regalado
Estudiante de Comunicaciones en la Universidad de Lima. Habladora hasta los huesos y escritora de nacimiento. Vivir para el arte y arte para vivir. Autora del blog Todas Nuestras Estrellas.
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