CULTURA

Opinión: La tentación del fracaso – Julio Ramón Ribeyro

Es verdad que la obra tiene el rostro de su autor. El diario de Julio Ramón Ribeyro, La tentación del fracaso, no solo es parte constituyente de su literatura sino que la explica, critica y fundamenta.

Es curioso verificar cómo un escritor que consiguió la inexpugnable consagración —palabra debatible y en cierto sentido despreciable, pero exacta en este caso— con el tiempo, dudaba de su talento y de su destino literario e intelectual. La fase inicial es la de un Julio aún universitario —estudiante de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú— que piensa y sueña en vivir para escribir, y reniega de su actualidad académica. En esta época escribió el primer cuento que se conoce de su biografía, La vida gris, y que introduce el compendio de su completa obra cuentística, La palabra del mudo; sin embargo no es apenas una introducción sino el origen, el baúl del que florecerán las lúgubres bellezas que son sus demás cuentos (que se tornaron personales, autobiográficos—como El ropero, los viejos y la muerte—, pues al comienzo eran objetivos —como Los gallinazos sin plumas— e impersonales).

Y el trayecto continúa, fecha a fecha. Viaja en barco a Europa —en compañía de otros jóvenes escritores, entre ellos Leopoldo Chariarse— y se instala en Madrid, ciudad que inspiraría algunos cuentos, aunque no tantos como la tan querida París, cuyo fulgor cultural y urbano se trasluce en célebres narraciones como La juventud en la otra rivera.

Ribeyro casi siempre sobrevivió con poco dinero y precaria salud; en contrapunto, satisfizo o resolvió su infinita intriga sobre la historia del pensamiento y del arte. De golpe, dice que contrajo matrimonio y que procreó, junto a Alida Cordero, a Julito. Y de repente sus amistades se multiplican y desfilan por su vida y camino personajes trascendentales de la literatura peruana que moran en Francia —ícono y signo literario universal por aquel entonces—y que se reúnen con frecuencia por saudade y afán de intercambio de percepciones artísticas y vanguardistas (Bryce Echenique, Delgado, Hinostroza, Calderón Fajardo, Vargas Llosa, etc.).

La tragedia de su diario es la descripción no quejumbrosa de los síntomas de su enfermedad —cáncer— y las zozobras existenciales que una vida arriesgadamente intrépida le granjean.

El libro es una conversación íntima, secreta, con Julio; culmina en la década de los 70. Sabemos que siguió escribiendo y esperamos tardíamente la última entrega; mientras tanto, podemos vivir la bohemia en la realidad o a través de la lectura de La tentación del fracaso.

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