CULINARIUM

Sin refrigeradora, de vuelta al diario

Mi refrigeradora se malogró recientemente. Había comprado pejerreyes para comérmelos fritos y todos se pudrieron. No me había sentido tan desdichado desde aquella vez en que se me cayeron tres kilos de arándanos

Mi refrigeradora se malogró recientemente. Había comprado pejerreyes para comérmelos fritos y todos se pudrieron. No me había sentido tan desdichado desde aquella vez en que se me cayeron tres kilos de arándanos en la vereda y me la pasé recogiéndolos como canicas que huían de mí. Una semana entera me la pasé sin refrigeradora, entre el técnico que venía a darle una resurrección momentánea,  y las carreras que daba a tocarle la puerta a la vecina para encargarle los paquetes de carne y pollo antes de que se descongelaran. Fue fatal. Además, no tuve agua helada que tomar en este maldito verano que se esfuerza por deshidratarme y convertirme en un guindón. Mi madre entró en depresión porque no pude mantener helados los arándanos para los batidos de la mañana, y tampoco frías sus botellas de jugo de aloe vera que compra en una tienda de productos coreanos.

Para quien está acostumbrado a comprar para dos semanas o un mes y refrigerarlo, volver a comprar de a poquitos, “para el diario”, puede ser una pesadilla. En primer lugar, porque puede resultar caro, si es que sólo visitas los supermercados que te quedan cerca, o esas bodeguitas que aprovechan la distancia de los mercados para elevarle unos soles más a las frutas y verduras. Y aunque no fui yo el que hizo las compras de toda esa semana, fue el día jueves en que tuve que hacerlas.

Los jueves son mis días libres y los uso para despertarme tarde, hacer caso omiso a lo que se refiera al trabajo, y cocinar. Me gusta ponerme el mandil y entrar en la cocina. Incluso la señora que trabaja en mi casa espera los jueves para ponerse a mi lado a picar verduras, frutas o carne y aprender de “mis recetas”. No es que sea tampoco el gran cocinero, pero guardo siempre en mi memoria algunos platos típicos de mi familia que últimamente hacen mucha falta por el tiempo o el desconocimiento de quien cocina, pero que los jueves reviven en mis ollas y mis sartenes.

La refrigeradora malograda me permitió volver al mercado y comprar los ingredientes justos para que sólo se usen ese mismo día. Mi mamá, que sabe bien me toca cocinar los jueves, al salir temprano me dijo: He tenido un antojo de comer pescado, ¿por qué será? Es su manera “sutil” de decirme: compra pescado y tenlo listo cuando llegue. Así que preparé un sudado de pescado como a ella le gusta, usando siempre su receta para no molestarla. Mi abuela, casi centenaria, también vive conmigo, así que esa receta pasada de madre a hija, y que ahora reproduce el nieto, debía llevarse con cuidado. Se trata de un procedimiento que parece sencillo, pero no lo es. A veces lo fácil resulta complicadísimo cuando te hinchas de confianza. Lo simple se torna fácil luego de haberse equivocado muchas veces. Y eso me enseñó mi abuela, mientras freía cachangas de harina de trigo y zapallo, que yo arruinaba al cocinarlas a los cinco años. Y las sigo arruinando a los veintitrés. Ya me saldrán, lo juro.

Rodrigo Saldarriaga
Comunicador, historiador amateur y aficionado a la gastronomía. Estudió periodismo, cosió vestuarios y organizó eventos. Desde hace un año, se encuentra inmerso en su tesis.
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