CULINARIUM

Gastronautas: Una sopa para calentar

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Mi abuela se encuentra en ese limbo insoportable de la vejez, cuando su realidad se mezcla con el recuerdo de algunas escenas memorables de su vida que se van desvaneciendo, y que con su mano en el aire, intenta recoger o tocar.

Me fastidia bastante verla así, dormida en su sillón, rebobinando historias y por ratos desvaneciéndose. No tuve la suerte de mis hermanos de verla más joven, vigorosa, una abuela pequeñita pero de brazos fuertes. Tampoco la conocí postrada, todo lo contrario, ya con todos los años que tenía encima, se las ingeniaba para sorprenderme con dulces, y cuando la visitaba los domingos, prender la estufa de inmediato para cocinar como siempre lo hizo. Creo que lo que más le fastidia es no poder cocinar, tener que depender de otros para alimentarse le enoja demasiado, y se nota en su cara y en sus gestos, su desesperación por coger los cubiertos y servirse sola.

Todos los días toma una crema que pienso la acepta sólo por educación. Juega con ella y se la acaba en silencio, acompañada de un pan fresco y oloroso. A mi abuela siempre le gustaron las sopas, y sabía preparar una gran cantidad de ellas. Mi mamá, que siempre ha sido como la Mafalda de su familia, no le gusta mucho las sopas, así que no nos transmitió mucho de estas recetas a mí o a mis hermanos en casa, excepto un par. Fue mi abuela la que siempre tuvo un plato de sopa caliente, hecho con ese cariño que bien podría convertirse en el eslogan de una marca que vende comida casera. Había la sopa de sémola, espesa y humeante, casi siempre de entrada de lunes a viernes, o en las noches de invierno, con trocitos de pollo y papas en dados. Los caldos de gallina, por otro lado, los hacía hervir por horas, con su toque de orégano y bastante cebolla china picada para acompañar en la mesa. Las presas de gallina las ponía en plato aparte, y con ellas, papas amarillas y huevos duros para mojar con rocoto licuado.

La de harina de alverjas era la menos típica, pero parecía llevar su firma imborrable en esa receta cada vez que la preparaba. Para eso mi abuela molía las alverjas, pues nunca confió en la harina que vendían en los mercados. Consideraba que estaba adulterada con algo extraño, y no se cocinaba jamás con eso. Cuando mi abuela ya no tuvo más fuerza para moler sus propias harinas, quedó en el olvido esa sopa, y fue sustituida por una todavía más suculenta, de habas enteras que hervían hasta teñir el agua, y a la que agregaba un poco de hierba buena.

Pero quizás la sopa que más le recuerdo es una que hacía con carne de res, y que debe ser la favorita de mi mamá, pues fueron las dos quienes me la enseñaron, cortando la carne en cuadraditos, igual que la cebolla y el tomate sin semillas ni cáscara. Un aderezo simple, con un poquito de ajo y una cucharadita más de ají amarillo. Un buen caldo de verduras o de huesos de res para darle cuerpo y justo cuando ya rompe el hervor unas papas amarillas para que se cocinen sin deshacerse. A veces le ponía fideos cabellos de ángel completando la receta con un huevo batido que vertía en hilo.

De todas las sopas que ha hecho mi abuela, esa es la que más me recuerda a ella, y a decir verdad, la única que sé cocinar, pues el resto aun no me sale. Y por eso que es esta sopa la que le preparo y doy de comer ahora que ella no puede servirse sola, y le soplo y enfrío antes de darle con la cuchara en la boca, como solía hacer conmigo de niño.


Fuente de imagen: pexels.com

 

Rodrigo Saldarriaga
Comunicador, historiador amateur y aficionado a la gastronomía. Estudió periodismo, cosió vestuarios y organizó eventos. Desde hace un año, se encuentra inmerso en su tesis.
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