CULINARIUM

Gastronautas: ¡Qué difícil elección!

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Este fin de semana electoral desperté con el sabor del vino en mi boca, sólo para comprobar que había perdido el DNI. Entré en pánico como toda persona que despierta sana y salva en su casa y no recuerda cómo llegó. Unos cuántos audios en whatsapp me pusieron al día, y luego de comprobar que no había cometido ninguna idiotez, me puse a buscar mis documentos desesperadamente. Aunque hice un alboroto digno de un terremoto de diez grados, no aparecía. Me vi sin documentos un día antes de la segunda vuelta, y para subirme los ánimos decidí aventurarme en una elección que me resultase más fácil: que comer ese día para calmar esa hambre que anunciaba irrumpir.

Ninguno de los dos candidatos finales han sido de mi agrado, y por meses he soportado a mis amigos y conocidos discutir en persona y por redes sobre quién era el mejor. Pequeños burgueses jugando a ser de izquierda, desmemoriados que apenas recordaban esa toada que acompañó al ex presidente que renunció por fax, y “yuppies” escuderos del libre mercado. Así que mientras mis amigos discutían por comer makis o KFC, yo preferí ir al mercado y comprarme un kilo de quinua. Lo preparé con un aderezo de buena pasta de ají amarillo hecha en casa, trozos de cerdo y papas amarillas en dados que le quedaron de maravilla. Mi mamá quiso acompañar el plato con arroz, pero logré convencerla de comer un cereal autóctono y saludable.

Por la tarde compré pan y lo tosté. Me preparé uno de los mejores sánguches que puedan hacerse en casa con pocos recursos y mucho sabor. Una lata de atún, un poco de cebolla china y gotas de limón me hicieron pasar tranquilo, a mordiscos, la víspera de las elecciones presidenciales.

Tuve suerte de encontrar mi DNI por la mañana, al meter mi mano en el bolsillo de una casaca. Me duché, me preparé una tortilla de espinacas sobre la cual rallé un queso de cabra que había guardado, y me fui a votar. Me resultó anecdótico ver las caras de los votantes. Incluso después, fuera del colegio, los que se acercaban a los puestos de comida a saciar su hambre, permanecían callados, alternando su silencio con lisuras y malos augurios.

Cuando volví a casa, mi mamá me preguntó que quería comer. Podía cocinar un picante de mariscos o un adobo de cerdo, y la presión de tener que elegir me dejó perplejo. Me incliné por el picante de mariscos y esperé ansioso verlo servido en la mesa. Al terminarlo no sólo me sentí satisfecho, sino feliz. Había sido una elección difícil, entre dos platos deliciosos, y mi decisión acertada me condujo a un final de maravilla. Y aun siendo difícil, (y entiendo no tiene punto de comparación real) me resultó más sencillo que votar en esta segunda vuelta. Y es que cuando algo te inspira confianza, le reconoces tu apoyo. No obstante los peruanos, que tanto celebramos nuestra gastronomía, hemos terminado escogiendo entre las sobras y la comida en descomposición.


Fuente de imagen: andina.com.pe

Rodrigo Saldarriaga
Comunicador, historiador amateur y aficionado a la gastronomía. Estudió periodismo, cosió vestuarios y organizó eventos. Desde hace un año, se encuentra inmerso en su tesis.
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