CULINARIUM

Crónica: El look Cosme (Primera parte)

Me gusta Cosme. Ahí por el 2015 empecé a visitarlo en diversas ocasiones (me quedaba a dos cuadras del trabajo), siempre con la idea de probar otro plato de la carta ya que era difícil no terminar satisfecho. No probé toda la carta, pero me quedó el feliz recuerdo de tres platos: el pulpo sellado, de textura inolvidable, acompañado de pesto de quinua; mollejas de res, insumo que defiendo a cabalidad, con salsa de vino y un puré no tan innecesario; y el limón de convento, que se recomendaba comer en conjunto, pero que tanto su relleno de mouse de limón, su manjar o su espuma almendrada funcionaban solos como en un jammin de sabor, en el que cada instrumento/insumo tiene sus minutos de solo. Lo visité algunas veces en el 2016, siempre con la expectativa a tope. Por entonces, era costumbre cenar algo en Cosme, y luego terminar el día en Botega Dasso, cuando Joel Chirinos lideraba la barra, ¡qué tiempos! El 2017 no volví, pese a que intenté reservar en dos ocasiones. No fue sino hasta hace unas semanas que a mi novia se le ocurrió la conmovedora idea de sorprenderme llevándome a Cosme por ningún motivo en especial. Soy un privilegiado.

Escribiré la experiencia culinaria en un segundo post, ahora sobre el concepto. En el 2015, llegué a Cosme con limitados conocimientos de cocina (la situación no ha mejorado como cocinero, como comensal algo), pero con entusiastas recomendaciones para comprender lo que un buen management restaurador logra con coherencia en toda la evidencia física, principalmente en el branding y experiencia. Empecemos con el nombre, Cosme, tan ajeno y propio a la vez. Un cerro emblemático en un barrio popular, para representar comida casera en San Isidro. Esto de tomar elementos populares e insertarlo en la propuesta para “acercarnos” a un lugar que difícilmente visitaremos en la vida tiene una línea tan delgada que divide a un espacio que rinde homenaje y reflexión y a uno, simplemente, cool. En Cosme funciona lo primero y lo segundo. El gallinazo imponente en el isotipo representa al animalejo reciclador por excelencia, y es el símbolo alado de Lima (una Lima que no todos conocen). Recuerdo en sus posavasos y tarjetas, fotografías en plano cenital de algunos lugares de Lima, que yo asumía como planos subjetivos de la vista del gallinazo. Ese ánimo mío por interpretar tantos símbolos en su branding me hizo sentenciar que estaba ante un concepto más que interesante. Es algo que no me pasa seguido; de hecho, hay muy pocos restaurantes que logran encontrar coherencia conceptual, arquitectónica y culinaria. Cosme, además, tiene una decoración ineludible. Confieso que en todas mis visitas jamás dejé de fotografias esas botellas (recicladas, por supuesto) que decoran el techo en un espectáculo de color. Iluminación confortable, pese a que no nos ayuda a los entusiastas fotógrafos de iphone. El salón privado con una luminaria hecha con vasos de plástico (me parece haberla visto en Casacor hace unos años) no hacen sino consolidar toda la idea. En verdad, toda una puesta en escena lograda. Un look and feel deseable.

Carlos Estéban Sánchez Ramírez
Marketero irremediable, comunicador por vocación. La cocina es un arma social para la inclusión. Asesoro negocios culinarios.
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