CULINARIUM

Crónica: Confesiones de un glotón en “La Tomasita Delicatessen”

Tomasa fue el nombre de la bisabuela de Tomasa, la dueña de “La Tomasita Delicatessen”. Ella recuerda mucho a su bisabuela, su buen comer y la buena vida que le enseñó a vivir en el norte del país, en Pimentel, aunque también recuerda que no le encontraba sentido a su nombre, era el nombre de su abuela y estaba bien, pero ella era de otra época, “¿Por qué me tuvieron que poner su nombre a mí?”

Me dio risa esa explicación porque fue sincera, así Tomasa me demostraba que las cosas que hacía eran honestas y que al no gustarle su nombre por sonar como sonaba, tenía que darle valor de alguna forma para hacer honor a su bisabuela y que el nombre brille con luz propia, como ella, como Tomasa.

Me recordó a una tía mía que, en su afán de que los postres de sus hijos sean los mejores y más variados, los hacía ella misma. Con los mejores productos, súper limpia, con la paciencia del caso y el amor que solo una madre te sabe dar. Es una historia bastante repetida, pero solo algunos tienen el coraje de hacerlo negocio, de hacerlo empresa. Es así que desde el inicio me di cuenta que los postres en la Tomasita sí podían ser ricos.

Curiosamente había comido torta de chocolate repetidamente en las últimas semanas, entre los cumpleaños de mis papás y alguna ocasión especial, la torta de chocolate había estado presente en mis últimos días con mucha incidencia, y habían sido de las buenas. Había estado hablando con Tomasa justo de esto, porque para entrar a su oficina había que pasar por el taller, lugar donde me recibieron tres tortas de chocolate tan pintonas que no se salieron de mi mente en toda la conversación.

Después de una larga charla, en la que entendía su negocio y a lo que ella esperaba llegar, ya me había comido uno de los alfajores más ricos y probado unos manaes deliciosos (a los que ella llamaba yemecillas), me dijeron que tenían algo para mí.

No quería seguir comiendo porque ya me daba un poco de vergüenza y ya había probado algunas cosas que habían confirmado la buena mano, pero ellos me sorprendieron con una torta de chocolate. Una torta con muy buena pinta, sentía el olor del chocolate a un metro de distancia, el fudge se rebalsaba y el keke seguía húmedo y bailarín. No podía decirle que no, tenía que probarla y así fue. El primer bocado no tuvo nada que envidiar, el segundo acabó con mi vergüenza y en el tercero ya había terminado.

No me gusta ser sensacionalista pero esa torta estuvo buena. La invité ese mismo día y todos tenían asombro en su cara. Intentaba recomendarla, pero antes de permitírmelo ya me habían preguntado el nombre, así que fue más fácil de lo que pensaba. Las cosas buenas se venden solas y esta acogida me lo confirmó.

André Gallet
Egresado de la carrera de Gastronomía y Arte culinario de la universidad Le Cordon Bleu, empedernido cocinero que sigue persiguiendo sus sueños y espera nunca dejar de aprender.
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