COYUNTURA

Opinión: A un lado la política: adiós, Alan

Alan García ya no está con nosotros desde la mañana del miércoles 17 de abril. No sólo despedimos un hombre que fue presidente del país en dos ocasiones: le decimos “hasta luego” a un padre de seis hijos, a un esposo, a un amigo, a un orador por excelencia y a un apasionado por la cultura, el arte y las ciencias humanas. Si bien es debatible su calidad como persona, como jefe de estado o congresista, de quien se habla, para bien o para mal, se ha convertido en un ícono de la política peruana en los últimos tiempos.

Indudablemente, con el paso de las décadas, mientras que es posible que se deje de recordar de un Alejandro Toledo fugado en Estados Unidos, a un Pedro Pablo Kuczynski que se encuentra siendo investigado, o a un Ollanta Humala que pasó sin pena ni gloria, la historia no podrá olvidar a un personaje que sabía ganar la atención de la población, alguien carismático y que, lamentablemente, optó por un camino moralmente dudoso a lo largo de su trayectoria.

Frente a todo ello, hay una pregunta que, ahora más que nunca, es necesario formular ¿qué llevó al hoy difunto expresidente a ser quien fue, llegando al punto de formar parte de la larga lista de investigados por la justicia peruana? Hubo una vez en que quien, posteriormente sería uno de los presidentes más jóvenes de la historia nacional (llegando al cargo con tan sólo 35 años), luego de concluir sus estudios en las facultades de Derecho de la PUCP y la UNMSM. Era una de las grandes promesas de cambio en la tambaleante política del país.

Sus discursos de antiimperialismo, libertad e igualdad tenían como fundamento una actitud totalmente comprometida con sus ideales de progreso y cambio. Siendo así ¿cómo explicar su transformación? ¿Cómo poder identificar a aquel joven soñador con la misma persona que protagonizó “el Baguazo” y “El frontón”? ¿Cómo reconocer a quien fue acusado de presuntamente haber tenido relaciones financieras ilícitas con Odebrecht y, asimismo, haber sido vinculado con muchos otros crímenes de lesa humanidad y corrupción?

¿Cómo un joven militante político, entusiasta e idealista termina acorralado por sus propias contradicciones? ¿En qué momento se produce el desvío de su intención? Esto, evidentemente, no sólo habla de una paulatina decadencia de valores en una persona que, a lo mejor, realmente quería transformar las cosas en un inicio, sino que, al mismo tiempo, evidencia un sistema político, económico y cultural capaz de corromper, de sustituir ideales nobles con codicias personales e indiferencia social y que, lo que es más preocupante, corroe cualquier anhelo o esperanza de un país más justo, haciendo que esta idea pase a ser una utopía.

Alan García no puede ser calificado de víctima, sino de alguien que sucumbió ante una mentalidad que favorece al enriquecimiento y la “gloria” personal antes que el bien común y lo que es correcto. Nadie nace con la intención de ser un villano, e, indudablemente, el dos veces jefe de estado tampoco lo fue. De tal manera, sin olvidar todo lo hecho durante su vida, me despido de un político que, durante algún tiempo, creyó en la construcción de un país donde primasen la solidaridad, la equidad y la empatía. Hasta luego, exmandatario.

Adrián Torres
Estudiante de Historia en la PUCP. Ha escrito para la Agencia Internacional de Noticias Pressenza. Le apasiona la política nacional y global, el derecho internacional, los tópicos sociales, las humanidades, la ciencia, la cultura, el arte y el deporte. Apunta a trabajar en organismos internacionales.
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