COYUNTURA

Opinión: ¡Siguiente!

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Condenado a la fila de “visitantes”, me hallo a siete lugares de ser atendido por la cajera de gafas y moñete verde. En el reloj las 11: 20. Dispuesto como estaba al final de la cola, y sin un libro en mis manos que pudiera ayudarme a eludir los efectos de la molicie, me apresto a sufrir —con cierta resignación— la rutina de los bancos y sus depósitos.

De cara a la ventanilla, una doña comprueba su cambio. Gira en redondo, sobre su eje cual planeta, y del seno izquierdo hace aparecer una cartera. Sonrío. Frente ancha y melones por mejillas, la tía clava sus ojos a los míos. Me mira cómo se mira uno la suela sucia. Tira las monedas dentro del bolso, lo retorna a su lugar, paf, y entonces que “mocoso grosero”. Asiento con la cabeza y ella, mascullando, emprende la retirada con sus piernas de pulgar.

— ¡SIGUIENTE!

Es el turno de un sujeto de mochila jean y cogote de gallinazo, fracturado a la mitad por una gran manzana. La cajera solo atina a conjurar una risilla nerviosa, incrédula. « ¿Todo eso, señor?». Que sí, le responde de un respingo, casi casi graznando. De la mochila han salido dos bolsas de monedas. ¡Dos talegas, carajo! ¡Dos! Pienso que a los saquitos solo les falta el icono de dólar verde para ser indumentaria de ladrón de warner bros. « ¡Qué fastidio!», parecen decir los ojos rasgados de la cajera, llenos de resentimiento, los de la gente delante mío, los míos. Y yo sin libro, reducido a los folletines de Cuenta Cero y los vídeos de la tele, esos en los que salen ingleses cojudos gastando bromas cojudas a perfectos cojudos ingleses. No tengo muchas opciones. Debo hacer el depósito ahora si quiero que la tienda me mande para el lunes los dos tomos de Carver que he reservado. Ambos Anagrama y con la palabra “Textos completos” en ambas tapas.

En la ventanilla echan a andar el tamborileo de una máquina que separa las monedas por su denominación. Que le queda a la muchacha. Si no pone buena cara hay una pegatina que le dice al cliente que se lo exija. En la fila contigua, la de clientes que gozan de trato preferente en mérito al plástico, escucho a dos viejos, viejos de pantalón hasta las tetillas, conversar bajo el tintineo de las monedas, las carcajadas grabadas de la tele, y algo que parece bossa nova en el aire:

  • Yo de PPK cierro el congreso, carajo. ¡Lo cierro!
  • Sí, pues. Esos desgraciados de Fujimori no lo van a dejar de joder.
  • Ya mucho demora. De una vez que saque los tanques y que se los baje.

Me estremecí. «Que saque los tanques y que se los baje». Recordé algunos pasajes de viejos noticieros. Año 1992, abril, y la gente que entrevistaban los reporteros en las calles aplaudía el cierre del parlamento al grito de que se vayan a su casa esos ociosos, ganan bien y encima joden, corruptos, y otras cien arengas iguales. Recordé también que hace unos días se filtró una foto en la que podía leerse un chat entre la bancada fujimorista y Keiko Fujimori, la jefa visible de un linaje de bravucones. Como el fujimontesinismo de hace veinticuatro años, mafioso y ruin, los miembros de esta versión presumían de su poder. Y es que con sed propia de matarifes, cuchilla en mano, en los mensajes podía verse como se sobaban las espaldas, felicitándose entre ellos por su papel de verdugos de un ministro. El “agente naranja” se apodera del Estado y sus aliados vuelven del pasado en busca del poder que tanto añoran. La crisis es su caldo de nutrientes, generarla es su objetivo, y luego sus fichas se hacen al ataque, incluso aquellas de rosario y sotana. Los diarios le dan la portada a una reunión claudicatoria entre el presidente y la jefa del partido que amenaza con tumbárselo desde su grosera mayoría en el Parlamento. Sumiso, el presidente les enseña el cuello, y posan los tres en redes y tabloides.

Asqueroso, no hay duda. «Yo de PPK cierro el congreso», repetía uno de los viejos. La gente no parece entender el peso de aquellas palabras. O, aún más. Lo hace y entendiéndolas, que es lo peor, igual las vomita con convicción, con hedor a bilis, con sabor a impotencia en la boca ante tanta inmundicia. No los culpo… (RING). Aunque, puertas cerradas del parlamento y luego qué (RING RING). Tal parece que no aprendimos nada desde aquella vez en que los decretos leyes se usaron para espolear al país y, en filita, empresas e inversionistas, arreglos y mano negra, milicos y criminales varios, todos a un tiempo, hicieron mella de nuestra honra (RIIIING).

En las pantallas del banco suena el estribillo de un comercial. Un refrito de campañas de salud y seguridad de hace dos décadas. Misma letra, misma tonada, ¿acaso también mismo tufo naranja? Y yo me siento todavía más en la obligación de decirme a mí mismo que los noventas no volverán (RING RING). Pero no me la creo… Carajo, ese celular… ¿De quién es que no lo atiende? Entorno la mirada hacia un cubil de donde, creo, proviene el sonido (RING). Una funcionaria, estirada y con pashmina verde al rededor del cuello salpicado de pecas, revuelve, apresurada, el interior de su bolso. Puedo verla a través de los vidrios que separan su escritorio del resto del banco. Y que nuevamente el comercial de los chiquillos bailando, y el « ¡Que cierre el congreso, carajo! ¡Que lo cierre!”», y el timbre incesante que taladra las cienes (RIIIIIING). Todo repitiéndose y girando, y que yo me empiezo a marear. Tanta gente y todos gritando: “¡Que lo cierre! ¡Que lo cierre!”.

La mujer encuentra por fin el celular. Un Motorola ladrillo. Motorola ladrillo y que alza la antenita. “¿Aló?”, espeta y que la bossa nova del ambiente es ahora un tema de Ana Kohler, de Ruth Karina, de Rossy War y Ada Chura. Y en la tele de pronto no hay ingleses pelirrojos y cojudos sino Pepe el Rocky, Tripita y Tornillo con Cachay en el set de Mónica Zevallos, berreando, lanzándose bromas, jalándose el cabello y riéndose del televidente. Afuera se escucha el rugido de la oruga de los tanques al deslizarse sobre el asfalto; en tanto que, desde mi lugar en la cola, puedo ver como flamea el cadáver de un perro en el poste de la esquina. Jóvenes, mujeres, niños, viejos formando un solo puño, devorando a paso firme las avenidas del país. Caballos, tanquetas y cañonazos contra ellos y de pronto un « ¡Fuego, carajo! », que a todos dispersa, a todos hiere, a todos mata.

«Nosjodimosnosjodimosnosjodimosnosjodimos».

  • ¡SIGUIENTE! ¡SEÑOR! ¡SEÑOOOR, HE DICHO QUE PASE EL SIGUIENTE!

«Ya pues, avance hombre», me increpa un fulano sin mentón y cabeza ladeada al que ni siquiera vi formarse a mis espaldas. Le secundan la queja cinco más. Miro el reloj: 11:50. La cola ahora es de siete nuevamente y es mi turno. Dos pasos al frente (RING RING). Un móvil vuelve a timbrar.


Fuente de Imagen: americatv.com.pe

Tadeo Palacios Valverde
Piura, 1994. Escritor, ilustrador y amante de la literatura pulp. Estudiante de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Piura. Sub director de la Revista Literaria “Malos Hábitos”.Lovecraftiano.
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