COYUNTURA

Opinión: Maritza Quispe

Fuente: El Comercio

La noticia acerca de su salida ha causado la inminente reaparición de un tema doloroso para todo el pueblo peruano. Es cierto que Maritza Garrido Lecca no ha sido la primera en haber salido en libertad durante estos años (su ex pareja Carlos Inchaustegui fue liberado en el 2014, por poner un ejemplo), pero su peculiar caso ha acaparado la atención de varios medios de comunicación. Quizás porque su lucha fue distinta, hecho que resulta más interesante para fines mediáticos. Ella no sufrió en carne propia las desigualdades e injusticias de un Estado indiferente con los pueblos jóvenes del Perú. Ella no representó a la clase baja, luchando por sus hermanos marginados. Ella fue una mujer miraflorina de clase media alta, cuyo interés propio e ideología izquierdista adquirida hicieron que se identificara con un movimiento terrorista extremista y altamente violento. Podría ser vista como una “outsider” en un asunto al que no estaba directamente vinculada, pero que por convicción decidió ingresar. Es justamente esta condición de “terruca pituca” que levanta cierta controversia, porque mientras que los demás terroristas procesados han sido condenados sin perdón por el pueblo peruano, ciertos medios, como por ejemplo la revista Somos, deciden retratarla como una suerte de “caída de gracia”, una persona que se vio rebajada al nivel de aquellas personas de estatus bajo que lucharon junto a ella. Quizás de manera inconsciente, la miran con pena en vez de rechazo.

Tal vez hubiera resultado más fácil que no se apellide Garrido Lecca. Tal vez con un apellido como Quispe hubiera disminuido la controversia. Habría estado alineado con el pensamiento de la sociedad limeña y con su realidad inmediata. Cristina Cáceres explica en su excelente artículo para la revista de antropología de la universidad PUCP que las personas de aquella época asociaron la imagen del típico senderista con aquel individuo tradicionalmente andino. Sendero Luminoso era un movimiento externo a la capital, un mal que se movía sigilosamente entre Apurímac, Ayacucho y Huancavelica. Se tenía una visión clara de quién era y en donde radicaba el enemigo, lo cual servía de alivio para los limeños, ya que no los perjudicaría a ellos directamente. De esta manera se potenciaba la superioridad del criollo sobre el hombre de la sierra, y se ejercían actos de discriminación contra aquellos que encajaban dentro del estereotipo senderista, incluso sin molestarse en averiguar si esa persona lo era efectivamente. Hasta que Tarata ocurrió. Recién ahí el pueblo peruano entendió que el mal era más grave de lo que pensaban. No era más un asunto externo: el enemigo estaba en casa, pero entonces, ¿qué rostro tenía?

Los recientes artículos sobre la vida de Maritza no hacen más que comprobar el punto mencionado. Su apariencia física y personalidad se prestan para hacerle reportajes, notas, documentales, todo y cuanto pueda capitalizar aquella extraña mutación del enemigo, una que no se muestra de modo amenazante, sino más bien inofensivo, cautivador. No existen notas como las de Somos acerca de la ex terrorista Carlota Tello Cutti, referente del movimiento subversivo de inicios de los 80 de Sendero. Caracterizada por su firmeza y crueldad, esta joven proveniente de la provincia de Angaraes murió en una batalla armada frente a la policía antisubversiva de la época. Ella, junto con Edith Lago, fueron los mayores exponentes del estereotipo de la mujer senderista fabricado por la prensa de ese entonces: violenta, “machona”, de carácter firme y serrana. Y a pesar de representar los primeros síntomas de la enfermedad que se avecinaba (las dos fallecieron entre los años 1982-1984), nadie les prestó la atención necesaria. El diario La República, no obstante, sí llegó a hacer un reportaje acerca de la vida de Carlota Tello, titulándolo “Historia secreta de una guerrillera”. A partir de este encabezado podemos ver cómo fue que se abordó su historia: sin endulzante ni adorno, sólo una fiel representación de la figura desafiante y extremista de su carácter.

Si bien es cierto que nunca se terminará por aceptar a Maritza, por más apellido y apariencia que posea, nuestros prejuicios nos pueden jugar en contra al momento de juzgar con criterio. Ella fue una persona que, a pesar de no contar con un puesto fijo en el partido senderista, resultó ser crucial al resguardar al líder supremo del movimiento, además de estar inevitablemente involucrada en todos los planes maquinados. El peligro de ser tibios con su caso puede llevar a que jóvenes impresionables, alentados por los recientes partidos vinculados al senderismo como MOVADEF, la conviertan en una mártir que se mantuvo firme en sus convicciones a pesar de los años. No lo es, y no lo será nunca.

Alejandro Olavarría
Estudiante de Ingenieria Industrial en la Universidad de Lima. Escritor frustrado. Sabe un poco de bachata
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