COYUNTURA

Opinión: ¡A la horca!

Imagen: El Comercio

El pueblo marcha, el pueblo grita, el pueblo llora, el pueblo critica, el pueblo protesta, el pueblo insulta, los ministros prometen, los ministros lloran. Para bien o para mal, todos sienten; hablan con el corazón en la mano, y el resultado: nada. Todo se limita a la crítica, a la protesta; pero en la práctica, no es nada, tan solo pantalla, o noticia del rato.

De lo que va pasando a lo largo de los últimos meses tenemos muchísimo que aprender. Por ejemplo, el padre de la niña que fue cobardemente asesinada hace poco. Fue al congreso, expresó su dolor, hizo efectiva su protesta, pero no fue solo con eso, sino que llevo proyectos, soluciones, salidas. Cumplió con su rol como ciudadano, no solo lloró, sino que nos dio un ejemplo de cultura cívica digno de imitar.

A partir de este horrendo crimen ha empezado a sonar con fuerza nuevamente la idea de la pena de muerte. La gente marcha, grita, llora, crítica; la gente siente, se molesta, se indigna y a partir de ello pide cambios, viscerales, mal pensados, apresurados y errados.

Pedir la pena de muerte a gritos no es la salida, sino otro problema aun mayor, no sólo por vernos obligados a retirarnos del pacto de San José, es decir, quedar desamparados de cualquier protección jurídica supranacional de nuestros derechos humanos. No solo la mala imagen internacional que eso significaría para la nación. Sino también por el hecho de que como nación estamos dando distintos mensajes que son nocivos para el desarrollo de la sociedad.

El ladrón no roba pensando que lo van a descubrir, el violador no viola pensando que lo van a acusar, el asesino no mata pensando que lo atraparán, de ser así no cometerían el ilícito. La pena de muerte satisface la sed de venganza de las víctimas, no de justicia. La muerte no va a deshacer todo lo sucedido, la muerte no va a hacer que la educación mejore, que la seguridad aumente o que el Perú progrese.

Lo que la pena de muerte hace es que el estado nos enseñe que muerto el perro, muerta la rabia. Tratar a delincuentes como animales, que no lo son. También son seres humanos, con problemas, trastornos, necesidades. Ciudadanos que merecen también del cuidado del estado, gracias a los derechos humanos por los que tanto reclamamos hoy en día.

No pretendo que no se les castigue, no pretendo que no se haga justicia, todo lo contrario. Pretendo es que no camuflemos la ineficacia del estado con el asesinato de personas, las cuales lo merezcan o no: son personas.

La misma Constitución, art. 2, inciso 17, nos da iniciativa legislativa. Lloremos con amargura los horrores que presenciamos, gritemos, marchemos, pero hagámoslo como ese padre. Marchemos multitudinariamente hasta el congreso y dejemos en la puerta soluciones, salidas. Somos parte de este país no solo para criticar a los que lo dirigen, sino también para ayudarlos y comprometernos en esa labor. Lloremos, gritemos, pero también pensemos, con cabeza fría y visión a futuro.

Paolo Bazo Palacios
Estudiante de derecho de la Universidad de Piura, interesado en la política, amante del debate, el basquet, café y un buen libro.
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