CULINARIUM

Crónica: El locro que ella comió

Pase año nuevo con mi señorita enamorada y con un amigo en puerto Maldonado. Anthony Toledo, mi amigo, tiene un lodge alucinante llamado Kapievi ahí en plena selva, aún en crecimiento pero con mucho potencial y ganas de crecer rápido pero sosteniblemente.

Anthony tenía unos huéspedes canadienses vegetarianos, una familia ejemplar y linda con dos niños súper tranquilos. Estaban en puerto Maldonado, pero después iban a pasar año nuevo a Cusco y para cerrar con broche de oro su viaje se iban a mancora. Anthony les prometió una comida a las seis de la tarde, eran vegetarianos, así que decidió hacerles un locro. Me pidió ayuda y gustoso me ofrecí a ayudarlo, nos estaba tratando excelente ¡Era lo mínimo que podía hacer! Aparte de querer hacerlo porque nunca había cocinado en la selva y estaba en búsqueda de esa primera vez.

Contándole a Anto, mi enamorada, sobre la noche culinaria que nos esperaba ese día es que descubrí que no le gustaba el locro. Ella decía que no le gustaba pero para mí era más cercana la idea de que no lo había probado. Es así que decidí explicarle de manera detallada y con voz poética la manera en la que se me había ocurrido hacerlo. Para serles honestos hace bastante tiempo que no hacía locro pero tenía que quedar de oro, tenía que gustarle a la familia canadiense, pero sobretodo tenía que gustarle a Anto.

Y si picas cebolla roja, la sudas con un poco de sal, mucho amor y mantequilla, una vez sudada le agregas el ajo y lo dejas dorar un poco en el centro para después mezclarlo con la cebolla y tirarle su chispaso de sal también. Ponerle unas pizcas de pimienta, comino, orégano y mezclarlo con el zapallo ya picado para que estofe con un chorro de agua ya que no había caldo.

Como el locro tenía que salir excelente, pensaba en ideas que lograran realzar su sabor, que gustara en demasía tanto a Anto como a los canadienses, así que seguí explicándole cómo hacerlo mientras miraba su cara de hambre. Aparte de eso, cortas unos cubos de zapallo y los doras por los cuatro lados en una sartén, una vez dorados le agregas mantequilla y un poco de agua, tomillo y orégano para que se estofen, al terminar mezclarlo con el otro zapallo estofado y así agregaría un poco de sabor ahumado y aroma.

Ella no entendía de que le hablaba, para ella el locro era un puré de zapallo pero yo sabía que el locro era algo más, sabía que si seguía podría lograr que le guste y esa era mi meta del día. Al terminar de estofar los zapallos, le agregamos un chorro de leche evaporada, un poco más de agua y finalmente, pero no menos importante, más mantequilla. Aparte había blanqueado habas y arvejas para darle color y por separado herví un choclo hermoso, con anís y azúcar para que aporte sabor, lo desgrane y lo tire adentro también.

El plato estaba terminado, Anthony me ayudo con el arroz integral y un postre de plátano, servimos juntos el locro y la familia ya nos esperaba en la mesa. No tenía miedo ¡Sabía que estaba delicioso! Pero Anto aún no lo probaba, raye queso, uno de los pocos que encuentras en Puerto, un poco insípido pero chicloso, le agregue sal y corone el locro con él para que se derrita. Los canadienses no podían más con la emoción, estaban anonadados ¿Y Anto? Era una nueva comedora de locro, yo había logrado mi meta, ella había raspado el plato.

André Gallet
Egresado de la carrera de Gastronomía y Arte culinario de la universidad Le Cordon Bleu, empedernido cocinero que sigue persiguiendo sus sueños y espera nunca dejar de aprender.
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