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Opinión: Frente a la dramática situación que se vive en la PUCP

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Hace  meses vivimos  asechados por el anfibio concepto de “Ideología de Género” en todos los medios. Múltiples debates y discusiones han querido dar respuesta a una preocupante realidad de los Estudios y/o Enfoques de Género que miles de peruanos ignoran. Como sabemos,  dentro y fuera de la comunidad académica, es  necesaria una mayor información para convertirnos en ciudadanos que impartan respeto y que convivan en diversidad, como también, resulta necesario criticar el conservadurismo en el que está inmersa nuestra sociedad. Los estudios de género tienen por objeto hacer comprender que es legítimo tener la esperanza de que algún día todas las personas seamos tratadas con los mismos derechos.

Hace poco, se nombró dentro de la comunidad PUCP, a nuestra primera Representante y Coordinadora de Género: Mili Juan Palacios Romero. Sin embargo, este hecho ocasionó miles de discusiones políticas y otras no tan políticas, acerca de su representación dentro de la plana administrativa “católica” que esta impone. Como era de esperarse, la organización Universitaria Riva Agüero, emitió un comunicado  con el hashtag (#RecuperemoslaPucp)  justificando que  “la universidad debe vivir plenamente su identidad católica, siendo fiel al ideario del proyecto educativo humanista cristiano”.

¿Qué sugieren?

El “anhelo de recuperar la institucionalidad de la misma y su relación con la Iglesia Católica.”

Pretender recuperar las políticas educativas conservadoras ejerciendo el centro político dentro de la universidad a través de la autonomía religiosa que esta impone. Para decirlo desde el otro lado: Buscan el derecho de ser capaces de elaborar un plan de estudios para sus luces religiosas según sus luces religiosas,  incluida la inserción del creacionismo; negando todos los proyectos de estudios LGTBIQ; evitando la educación basada en los hechos.

He sido consiente del impacto positivo de casi todos los proyectos relacionados a temas de Género de la PUCP (“Reforma TRANS”, “Semana feminista”, Coordinación de Género en la FEPUC, y la Maestría de Género)  reconociendo cómo cientos de estudiantes han sabido responder a todas las demandas y críticas que carga la PUCP, dentro de su postura religiosa y no laica. Lo importante es que hoy existen varios debates interesantes que  nos obligan a crear espacios de discusión para llevar a cabo un compromiso que tiene como objetivo explorar los modelos basados en la educación para la participación en las discusiones en torno al género, la sexualidad, el sexismo, la desigualdad y la violencia. Así mismo se investigan propias conceptualizaciones de los mismos estudiantes acerca de la violencia de los jóvenes dentro de la comunidad estudiantil como fuera de ella.

Los hallazgos sugieren que existe un continuo trabajo en relación con conocer las causas de la violencia y que los estudios de género son cruciales en su comprensión.

La educación debe situarse rígidamente en un proceso de socialización, la educación vuelca su utilidad en la sociedad.  Cuando la comunidad universitaria debate, dota al individuo de libertad de conciencia para juzgar sus propios actos. “Se debe forjar un proceso a través de la interacción o del vivir colectivamente para poder lograr el respeto, a uno mismo, y a los individuos que ellos comparten”[1].

Algunos pretenden que debemos aceptar los convenios de  reciprocidad que la conservaduría política de la PUCP pretende establecer, excusándose en su  esencia de  “Pontífice y Católica”. Pero, por ahora, es preferible defender la superioridad ética que proponen los estudios de género. El reconocimiento de la libertad de conciencia y la tolerancia son logros éticos, no religiosos. La libertad religiosa es un triunfo laico. Las religiones están encerradas en la trampa de la verdad absoluta, y no soportan cambios.

Nuestra primera objeción se da a la totalidad y a la libertad. Esta enseñanza debe ser común a todos y no sustituible por las morales religiosas. Ya que estas las religiones tienen que someterse a la ética.

Los jóvenes necesitamos tener acceso a la información y oportunidades para pensar, cuestionar y discutir temas de género  y sus mensajes sociales, porque nuestra sociedad exige un cambio drástico frente a la intolerancia y sus crímenes de odio. La educación universitaria nos  proporciona un marco en el que esto puede suceder. Es vital para el desarrollo de los estudiantes, el aprendizaje y el bienestar general, ya que permite comprender la diversidad de la sociedad, conocer sus problemas y plantear soluciones reales.

El desarrollo de estos proyectos es efectivo como un indicador clave del rendimiento. Además, los institutos son responsables de las medidas correctivas que deben tomarse en caso sea necesario. Si nos privan la libertad,  las académicas continuarán siendo excluidas y marginadas a convertirse en jugadores de alto nivel, influyentes en las elites privilegiadas que solo nos quieren dominar. Si aceptamos el catálogo moral religioso, se destruirá el cambio y el debate.

El poder real está acostumbrado a acumular muchísimo y en muy pocas manos.  El poder real nunca ha estado sometido a mecanismos democráticos relacionados  a las verdaderas  denuncias sociales. Es hora de cambiar este paradigma desde nuestros espacios. Sigamos haciéndolo.


[1] (Concepto de la “Educación moral”, Émile Durkheim)


Fuente de Imagen: Facebook

Estefanía Sánchez
Estudiante del arte para criticar el arte. Actualmente estudiante de pintura de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Con estudios de filosofía en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
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