CONVERSA Y PUNTO

Rafael Gumucio: “El discurso correcto de hoy será el discurso terrible de mañana”

Rafael Gumucio (Santiago, Chile, 1970), es un autor que hace tiempo lleva labrándose un lugar destacado en el panorama narrativo chileno. Ha sido autor de libros como La deuda (2009), su celebrada Memorias prematuras (1999) y  Mi abuela Marta Rivas González (2013). Su presencia en el Hay Festival de Arequipa no pasó desapercibida, convirtiéndose en uno de las figuras que más atención concentró gracias a su ironía y su inagotable capacidad para conversar sobre cualquier tema.

Presentaste recientemente un libro publicado por Alquimia titulado Contra la Inocencia.

Así es. Es un alegato, como su nombre lo indica, contra la inocencia y la corrección política. Está bastante de moda el tema. Hay textos contra el animalismo, a favor de la corrupción (risas), en contra del orgullo gay, el orgullo negro y el orgullo indígena. La verdad estoy tratando de crear un grupo de enemigos muy amplio.

Lo cual es divertido también…

Yo creo que habla de la calidad de un escritor. El discurso correcto de hoy será el discurso terrible de mañana. Yo a veces exagero mi punto de vista, pero suelo ser tolerante con las personas, como cuando alguien que piensa distinto a mí me conversa y yo termino convencido. Creo en la inmensidad del debate.

Tu última novela Milagro en Haití (Literatura Random House, 2015) trata sobre una señora adinerada que viaja al país más miserable de Latinoamérica y se hace una cirugía plástica. Esto suena medio absurdo, pero también refleja el extremo y la desigualdad que hay en nuestra región. ¿Cuál es tu visión política-literaria de este tema?

Yo no lo pensé así porque creo que los escritores que piensan, así como “voy a contrastar el país más pobre con el país más rico o más correcto que es Chile” son patéticos, pero resultó siendo una historia muy grande. Mi madre se hizo una operación similar. Ella no terminó de manera tan loca como en la novela pero parecida, digamos. Lo que quise reflejar son dos formas de entender un poco esta especie de pobreza con una enorme dignidad de la que los haitianos hacen gala y esa especie de prosperidad sin ninguna dignidad de la que los chilenos nos enorgullecemos. En Chile hemos perdido total sentido de la dignidad o de la honra y somos una comunidad disgregada e imposible. En Haití es todo lo contrario. Es una comunidad posible. Entonces, el contraste funciona porque creo que demuestra la personalidad de ambos países. Además, en el medio de estas dos comunidades (Chile y Haití) está todo este continente.

En el libro abordas temas sociales muy importantes con mucha irreverencia e incorrección política. ¿Cómo ves esto en Chile? ¿Ha evolucionado en los últimos años o algunos temas siguen siendo susceptibles de ser abordados así?

No. En Chile existe la idea que desacralizar es equivalente a destrozar y morder. Si yo estoy hablando contigo, la única forma de hacerte ver mi punto sería destrozarte a ti y no tu idea. Hay una cierta ironía y parodia en Chile que es el insulto, el grito y el pataleo. Pero en el fondo sigue siendo una sociedad sacralizadora

Hablaba con Margo Glantz hasta qué punto el chileno lleva a Pinochet adentro, incluso los que detestamos a Pinochet y fuimos víctimas de él. Este personaje socarrón que espera la debilidad del otro para usarla en su provecho. Que nunca tiene ideas propias y termina siendo un discjockey de la idea. Un personaje autoritario y algo tímido. Nosotros tenemos el privilegio de tener dictadores que no tienen estilo ni gracia.

Siempre se habla de Chile como la “niña bonita” de la economía latinoamericana ¿Cuánto de ello es real y cuánto fue solamente parte de un discurso superficial que se vendió solo a algunos?

La desigualdad es gigantesca y sus mejoras han sido marginalmente muy pocas. Aunque claro, la pobreza en Chile es un recuerdo del pasado. Ya no existe esa pobreza como cuando llegue de Paris a Chile a los 14 años. Así que sí … es verdad y es mentira. Pero tiene una serie de efectos secundarios como  la economía neoliberal que tiene que ver con la desconfianza, con la falta de participación política, con la falta de lugares en que conversar y erradicar ese estado de vegetación permanente sin motivo, que evidentemente es llamativo. Se ve que lo que termina ocurriendo es que la gente no está contenta con el sistema neoliberal. La gente tiene anhelos y nostalgia por un sistema estatista pero ya no es capaz de vivir en él. Nosotros sabemos que la salud privada o la educación privada no funciona, pero si volviera la educación pública o la salud pública no seríamos capaces de soportarlo. No tendríamos la paciencia de estar en una cola o estar en un colegio donde todos valen lo mismo. Lo digo yo mismo, porque siempre quiero ganar o estar primero en la fila o nunca digo “gracias” o “por favor”.

Aquí en Perú también es cada vez más común toparnos con ese  “individuo neoliberal.

Sí, yo cuando viajo a algún país de América Latina debo de hacer un esfuerzo, lo cual agradezco mucho porque creo que me mejora como persona. Decirle a la persona: “Hola, ¿Cómo está usted?”. Eso en Chile no se da. Entonces el experimentó funcionó pero sus defectos son incalculables. Yo veo que ustedes están a la mitad del experimento y en esa mitad todo se ve muy bien. Es como los regímenes para adelgazar: el primer tiempo adelgazas muchísimo, te ves muy guapo y te va muy bien, pero después llega el efecto rebote cuando llega una torta y te la comes entera. Eso pasó en Chile. Cuando uno iba a Chile en el año 90 a comienzos del 2000 era imposible pensar que este país había sido el mismo de la Unión Popular, el mismo de Allende, pero ahora último fue increíble ver la cantidad de “viudas” que tenía Fidel Castro, por ejemplo.

Tú tienes lectores en Chile y en España principalmente. Por ejemplo “La Deuda” se leyó distinto en ambos países. ¿Cuál es el rasgo que te llama la atención de tus lectores chilenos y foráneos?

En España fue leído como lo que es: una novela. También fue leído como un reflejo de algo que está pasando en España. Pero un reflejo que tenía la ventaja de no pasar de ahí. Tengo entendido que ahora están haciendo una serie de televisión de “La Deuda” en España. Me parece que para ellos es un reflejo de su historia, de  la transición española. El momento en que la izquierda y sus intelectuales entraron en el mercado y cómo lo hicieron a pesar de haber estado entrampados.

En cambio, yo creo que en Chile prevaleció la sospecha de si el autor es parte de lo que habla. Que cómo se le puede ocurrir criticar de una manera tan dura y tan despiadada sobre un tema donde están todos sus amigos involucrados. Yo perdí mi tiempo tratando de explicar que una cosa soy yo viviendo en este mundo, al cual no tengo interés de dejar y otra cosa soy yo como escritor  cuando observo y puedo mirar con dureza y con verdad ese mundo. También pasó una cosa que es que yo aposté por el estilo de la novela realista, decimonónica con sus clases y complejidades.

Me parece que hay un viraje a nivel latinoamericano a la novela asociada a un terreno más íntimo pero no menos político. ¿Cómo ves este fenómeno?

Creo que me adelanté mucho. Con “La Deuda” escribí una novela sociopolítica sobre los problemas y complejidades de las clases sociales en Chile que también existen en el Perú. Pero en el caso peruano es más simple digamos. Está en el elemento racial que hace que todo sea más claro. En Chile eso está fuera del discurso oficial. Por ejemplo, tú no puedes decirle a alguien que tiene un apellido mapuche y hacerle ver la diferencia con la gente que tiene apellidos “normales” y comunes como Gonzales o López. Y puede ser que en una misma familia un niño salga rubio y otro salga moreno, y el rubio va a tener otro destino que el moreno pero no lo saben. La novela hablaba de eso y sentí que no colaba.

Hablaba con Margo Glantz sobre el daño que puede causar “lo políticamente correcto” a la literatura, a las artes y las ideas. ¿Cómo se da esto en Chile? En el caso de la narrativa sobre la época de la dictadura, ¿Qué nuevo puede aportar?

Bueno, todo el mundo es libre de escribir de lo que le obsesiona. Siempre es terrible cuando alguien decide escribir algo que no le obsesiona. La dictadura chilena no fue demasiado larga, pero inculcó el miedo en todas las capas de la sociedad. Yo creo que cuando se lee a José Donoso, Jorge Edwards o a los grandes clásicos como Joaquín Vallejo, uno se da cuenta que la dictadura solo logró cristalizar algo que siempre existió profundamente en la sociedad chilena. Entonces no es azaroso que todavía sea un tema porque de alguna forma la dictadura es una gran metáfora. Por ejemplo, el sistema de castas y clases chileno fue perfectamente avalado por la dictadura. También marcó fenómenos como el apoyo a gente de izquierda que estuvo en contra de la dictadura en su mayoría, a la que sin embargo reclamó a cambio una cuota de poder y vigilancia muy fuerte. Entonces, nosotros vivíamos en una época de total control militar, militante por un lado y religioso por otro. Podías ser de oposición como mi familia, pero siempre estaba presente el partido. Y ahora lo vi con la muerte de Fidel. Un país donde la muerte de Fidel fue más impactante e importante por la cantidad de viudos y viudas que emergieron tras ello.

Muchos ven a las redes sociales como una amenaza. Como parte del día a día, como un fenómeno que está para quedarse, una banalización del discurso, etc.  Tú tienes más de 135,000 seguidores en Twitter. ¿Cuál es tu visión?

Es todo eso, pero puedo resistirlo. No sé si podría vivir sin ello. Caí redondo. Es como una amplificación del mundo. Una aceleración. Nada de lo que hay en las redes son de las redes. Es muy raro lo que está pasando porque vivimos una aceleración de la vida. Se vive más años y de manera más intensa. Eso de alguna forma debe producir un resquebrajamiento en la máquina humana. En la máquina o aparato que somos. Estábamos programados para una cantidad de años y para una cantidad de intensidad. ¿Cómo podemos vivir cien años cuando todos los días tienes seis vidas? Yo mismo soy el ejemplo vivo de eso. Tengo siete trabajos: hago radio, trabajo en la universidad, escribo. Hago cosas que son para seis o siete vidas y tengo una expectativa de vida de cien años con lo cual podría decir de manera racional “los primeros veinte años voy a hacer entrevistas, los segundos veinte años voy a escribir novelas y después los otros años voy a dedicarme a otra cosa. Pero no. He decidido vivir como si voy a morir mañana lo que es absurdo. ¿Por qué publicar una novela cada uno o dos años?

Mi última pregunta. Eres docente de la UDP (Universidad Diego Portales). ¿Qué es lo que te apasiona de enseñar y cómo ves la relación de las nuevas generaciones con su vocación?

Bueno, me gusta escucharme hablar (risas). Me gusta porque existe una diferencia de lenguaje muy fuerte. También en lo que entendemos por cultura. Lo cual es complejo de entender a veces. La vez pasada le pregunté a uno de mis alumnos de dónde era Borges y me respondió que era “casi colombiano”.  Yo le dije que “Casi Colombia” no existía (risas). No estaba pidiendo que lo leyeran, sólo ese dato. Y eso crece. Se hace cada vez más difícil tener un lenguaje común. Hay muchas cosas que los jóvenes no saben. Por ejemplo, algunos creían que poner un like o no poner un like, es lo mismo que votar. Algunos creían que habían votado por Trump o por Clinton, y cuando vieron los resultados decían “¡Pero si yo he estado toda la tarde frente a la computadora!” (risas). Creen que las elecciones es una competencia de opinión. Lo que importa en ellas al final es tu voto, no tu opinión.

Entrevista a cargo de: Sebastián Uribe.

Transcripción: Alejandro Alva

Sebastián Uribe
24 años. Economista de la Universidad de Piura y administrador de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Estuvo en el curso de Economía del BCR. Ha publicado reseñas en El Dominical, El Roommate y Solo Tempestad. Su blog personal es “Un perro romántico”. En la actualidad anda buscando espacio para sus libros.
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