CULTURA

Opinión: Arte por el arte

La frase “arte por el arte” fue formulada en el siglo XIX, en Francia, por los poetas parnasianos y simbolistas —Gautier, Leconte de Lisle, Baudelaire, Mallarmé— y reforzada en la innovación estilística de la narrativa de Flaubert —estilo indirecto libre: narrador omnisciente e invisible—. Y no es casualidad que haya sido una iniciativa de los poetas: en la actualidad, el arte que aún se rige bajo la denominación “arte por el arte” es la poesía; una aproximación del porqué se vislumbrará luego de un breve recuento histórico. A la que no me referiré en este artículo es a la música, debido a que su historia, aunque sea bastante superficialmente contada,  requeriría vastas digresiones (sobre todo a partir del siglo XX).

Los letrados de la Edad Media —clérigos en su mayoría—, concebían el arte como instrumento de adoctrinamiento, principalmente orientado hacia los feligreses. La literatura, escultura, pintura y arquitectura, debían perseguir una finalidad de tipo didáctica e instructiva, y sus íconos y símbolos connotaban una densidad de significados morales y éticos. En una palabra, utilidad. Era impensable la existencia de un arte inútil, sin otro valor que la belleza —de la que, por cierto, las obras de arte de la Edad Media no carecían, desde luego— o la estética, de modo que los hombres del Medioevo no conocieron aquel concepto que hoy aceptamos sin protestar y reflexionar: el arte es un fin sí mismo(a). Ciertamente, ya no es así.

A partir del Renacimiento (siglos XV y XVI) la figura se modificó hasta cierto punto. Por un lado, quienes creaban arte dejaron de ser nombrados <<artesanos>> para concedérseles el título de <<artistas>>; en este sentido, se incrementó el reconocimiento hacia ellos y así empezaron a rubricar sus creaciones. Hubo en este fenómeno cultural una intelectualización de los artistas, es decir que acrecentaron sus conocimientos, no limitándose a una labor específica, y se dedicaron al pensamiento, por lo que bien podía debatir un pintor con el más prestigioso filósofo de Florencia. En suma, el artista era una especie de sabio que dominaba disímiles ramas de las capacidades humanas. El ejemplo más emblemático de este estereotipo de artista es Leonardo da Vinci.

Ahora bien, al producirse la Contrarreforma en respuesta al Protestantismo, el arte amoldó otra vez los principios utilitarios de la Edad Media; las trascendentes propuestas teóricas de Lutero y Calvino también incluían una forma de arte que supusiera una repercusión ideológica en las personas, pero cuando el catolicismo lo adoptó a su vez, volvió a generalizarse. Así, el arte se llevó a cabo hasta el siglo XIX atendiendo una dualidad: belleza y utilidad moral.

El arte de casi la totalidad del siglo XVIII, el de la Ilustración, estribó también, naturalmente, aunque con laicidad (Enciclopedia), en el arte utilitario; Voltaire, por ejemplo, empleó su literatura y filosofía al servicio de la divulgación de las ideas de las “luces”. Sin embargo, todo lo anterior cambió luego del zambombazo político, social y cultural que implicó la Revolución Francesa (1789). Once años después irrumpió el siglo XIX con sus desatinos y aciertos. Libertad fue la palabra más preciosa para los ciudadanos (condición de serlos), para el arte. Se rompieron los parámetros, el arte era un fin en sí mismo, no necesariamente era útil, sino lo contrario, y su riqueza versaba en su contemplación estética.

No obstante, la Primera Revolución Industria, con la respectiva eclosión de la burguesía, mudó el criterio de qué hacer con el arte: Industrializarlo, comercializarlo. El arte abrió un colosal mercado en Europa y los intereses primaban por encima de lo otro. Mismo así, el arte prosiguió su curso —vanguardias del siglo XX—, mas con fines ponderadamente comerciales. Las formas artísticas que no dependen de la palabra se valen de los íconos. Éstos pueden prescindir de denotaciones éticas y políticas, de manera que su comercialización es masiva debido a su ligereza: un gerente de una empresa transnacional exhibe en su despacho una imagen creada por Salvador Dalí, quizás sin tener conocimiento del autor (hay excepciones, como en todo), y por lo general se perciben las obras de arte como objetos susceptibles de valor monetario que sirven para adornar los apacibles ambientes de una casa de campo o embellecer las tensas salas de espera (aludo a las reproducciones y obras de artistas más o menos desconocidos; las obras maestras y clásicas moran petrificadas en los museos, claro está).

Los editores más realistas saben que la poesía no vende y no hay nada más cierto que eso. Pero es así porque la poesía está hecha de símbolos, de palabras, y la palabra es, en el fondo, política, ergo ética. Hay inexorablemente un trasfondo ideológico que interrumpe el juego frívolo de oferta y demanda; tal vez este sea el motivo por el cual no es sencillo ver la poesía como mera mercancía. La literatura en general, y la poesía en particular, es el único arte que aún se crea por arte (olvidemos el asunto de los bestseller y pensemos más en la poesía). Sin embargo, no hay certezas y todo parece indicar que retornaremos al término <<artesano>> para citar a los hacedores plásticos, cuya inventiva se redujo en los más casos al uso de técnicas.


Fuente de imagen: http://lavagne.es/nuevos-paradigmas-del-mercado-del-arte-actual-iii-la-critica-de-arte/


 

José Manuel Carneiro
Escritor. Bibliófilo. Estudiante de Humanidades de la Universidad de Piura.
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