CULTURA

Literatura y Derecho: binomio y dilema

El binomio derecho y literatura ha sido, y es hasta nuestros días, una constante en los anales de las Artes. Durante la idealizada época de los clásicos, desde los Areópagos a las ágoras imperiales, se consideraba al estudio de la jurisprudencia, la doctrina y las leyes una disciplina artística. “El arte de lo bueno y lo justo”, a decir de juristas del talante de Ulpiano.

Así pues, son el manejo fluido del lenguaje, el uso de figuras retóricas, de fórmulas gramaticales; el cuidado de las normas básicas de morfosintaxis, de estilo y redacción, y el uso de recursos destinados al dominio de la expresión argumentativa y la polémica, las evidencias que delatan a la ciencia jurídica no solo como un conjunto estéril de técnicas de litigación o, en el peor de los casos, un amasijo inerte de imperativos, prohibiciones y artículos sancionatorios —tal y como muchos docentes, alumnos, fiscales, magistrados y defensores le han venido mintiendo, desde el ejercicio de la profesión, a un mundo sumido en la barbarie del “tanto tienes, tanto vales”, de la defensa del mercachifles, del patrocinio sicarial de hoy—; sino que le reivindican a la sazón de constituir un vehículo tendente a los recovecos de la reflexión, a la construcción coherente de un relato verosímil y al desarrollo de la percepción creativa.

Si queremos constatar mediante ejemplos ilustres la asiduidad del referido binomio, escritores con prontuario de tinterillo, podemos hacerlo a través de casos como los de Voltaire y Goethe, pasando de Honoré de Balzac a Verne; de Víctor Hugo a Tolstoi, Proust y, por supuesto, Franz Kafka. Este último, uno de los más célebres paradigmas de letrados que hallaron en novelas y relatos la redención de una vida anquilosada en el burocratismo puro y duro de la judicatura, amén del “Der Prozess”.

Y aún consciente de lo expuesto, la literatura es el motor que mantiene unidos los retazos de hombre que fui, soy y seré. Es el motor último de mis ánimos, un aleph consciente entre tanta grisura.

Desde pequeño, cuando voraz lector, siempre me hizo ilusión el consagrarme al oficio del creador de realidades, destructor de mundos. Cuando alumno de primer semestre miraba los rostros de Vallejo, Gamaliel y López Albújar, cetrinas muecas denunciantes del sufrimiento de quienes vivían (viven) bajo la pezuña blanca y porcina del patrón, arando tierras, con la frente empapada de mercurio. Y me aseguré por mucho tiempo de buscar en cada sentencia un atisbo de la justicia que aquellos hombres reclamaban en sus versos, en cada párrafo de sus composiciones. Asimilaba las vidas de Ribeyro, de Heraud, Vargas Llosa y González Viaña; y me aventuraba a jurar que pronto podría dejar las demandas y recursos de una profesión que, desde hace décadas, hace humo el menor resquicio de arte que le es consustancial.

Supongo que era inevitable desear el ensueño de la libertad que las letras comunican, que todo lo desborda, incluyendo a la disciplina del cuerpo jurídico: Y de pronto abandonar el ejercicio, eso es. Acentuarme en la vocación que arde en medio del tifón, como Vallejo y García Márquez lo hicieron en su momento. Porque el derecho contemporáneo que se imparte desde los pizarrones de la mayoría de los claustros, por más humanista que la universidad pretenda pintarlo con sus teólogos, con sus expertos y profesores entalegados de billetes, de “éxito”; no pretende ver al hombre como fin, solo como parte en un arbitraje, un convidado al rito del juicio y el teatrín de la conciliación. O más sencillo aún: el cliente que paga.

Soy consciente del carácter exclusivo reclamado por la pluma. Carácter que no hace sino crecer y crecer hasta desbordarse con el paso de los años y entonces, el día menos esperado, suplicarle a uno devoción y entrega absoluta por sobre cualquier otra actividad que, desde ese instante, por más conexa y útil que nos hubiera resultado en el pasado,  deviene automáticamente en incompatible.

Me había propuesto así a burlar la suerte de Ludo Totem. Ser como el “Marito” de la tía Julia y zafarme de los atriles y las carpetas con exámenes de notarial y mercantil. Y así unirme a las filas de quienes se atrevían a desafiar los designios de la parca, mirarla de frente y, con cada línea escrita, acercarme a la inmortalidad prometida por la lírica que no perece y que, por desgracia, no será pronunciada más desde Areópagos y ágoras.

Espero hallarme en buen camino.

Tadeo Palacios Valverde
Piura, 1994. Escritor, ilustrador y amante de la literatura pulp. Estudiante de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Piura. Sub director de la Revista Literaria “Malos Hábitos”.Lovecraftiano.
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