BOHEMIA

Bohemia: “Jamás se marcharon”.

Fotótgrafa Malú Ramahi Sánchez Burneo- Portada

Crece la tormenta. En su interior aguardan el pasado atronador del relámpago y el rugido del trueno en ciernes.

El mar ha abandonado los lechos en los que guarece el remanso de su fragor, el ir y venir de su furia. Y decide, por fin, fundirse al horizonte, preñándolo con su cólera. Reina en el aire, entonces, el estallido ancestral de las olas, cobran filo las dagas que desde arriba se aprestan a caer.

Crece y crece la tormenta. En sus entrañas, la inmensidad del mar rompe contra las crestas de los nubarrones que no son sino globos de azogue ardiendo. Y rompe, rompe ansiosa por desplomársenos encima.

El culto a las fuerzas del entorno jamás fue cosa de bárbaros, aun cuando los Dioses de nuestros padres andaban a cuatro patas. Deidades que encarnaban, en sus ojos felinos, la ira de los cometas; y en cuyas garras se mecía el mundo, azotado por los seísmos, asediado por las lluvias y las sequías, por el berreo de los volcanes.

Ahora y desde el silencio mustio de los desiertos otrora  dominados por Walac y su ojo vigilante, por la arácnida presencia de Ai apaec, por las extremidades sin huesos de Kon y la eléctrica proclama de Illapa; nos recuerdan con sus aullidos la crueldad de su majestad.

El llanto de los Inmortales es venganza que se sustrae del olvido, que obra por intermedio de Natura, que todo lo ahoga y a todos condena. Cuando las cruces se clavaron en las dunas, y en las ruinas de sus huacas se empotraron las iglesias; relegamos al mutismo los cánticos capaces de aplacar su ira. Pero, ¡vaya desgracia! No queda nadie que recuerde aquellos ritos. Sus hijos legítimos, adoradores fervorosos, sucumbieron a la violencia del plomo y el acero venidos de ultramar. Y hoy, nosotros, herederos del cruce entre invasor e invadido, nos sabemos indefensos frente aquel lamento que todo lo ahoga y a todos condena. Indefensos y perdidos en la inmensa soledad de las capillas y sus yesos.

Inútil es correr cuando el río ─avatar divino─, se arrastra feroz a tus espaldas. Su mordida se derrama en cada esquina. Las calles de la ciudad, a duras penas levantadas, de su siseo se abarrotan. Y las huellas sudorosas, desesperadas, de aquellos que recorren sus pasajes en busca de refugio, sucumben al silencio.

Inútil es huir cuando la corriente arranca a las gentes de sus casas y esparce la miseria entre quienes, gota a gota, son más miserables cada vez. Cuando la inquina del vendaval apaga el ulular de las lechuzas y el trino del chilalo sepultado en el barro. Cuando enmudece el lloriqueo del infante escondido en el pecho de su madre.

Piura: Durmiente ahogada sobre la duna, cabellos de algarrobo que el río viene a lamer. Socava los puentes el hambre de un caudal que reclama las tierras que el hombre le ha usurpado. Al fin y al cabo, a los Dioses por cuyas gargantas fluyó la sangre de vírgenes y el elixir del maíz a tinajones, no les importan las piedras que sus vasallos levantaron en el camino.

Cuento los días que el viento mece en el ocaso turbulento y llego a treinta. Huyen las horas, subsumidas todas por las olas que llenan al firmamento con el fuego de los rayos. Es un hecho: “Ellos jamás se macharon”.

En el juzgado donde pergeño estas líneas, dispuesto como estoy al final de la jornada y desde mi cubil, percibo en carne propia como la presión del ambiente cede al calor que, de los que son ser-y-tiempo y su diluvio, resulta inconfundible agüero.

Escucho murmurar maldiciones al río que ríe en su desborde, saltando defensas, arrasando cultivos, inundando los pasillos del despacho. Y la carcajada me anuncia el goce de Aquellos que castigan a quienes olvidamos prepararnos para su retorno.

Las corrientes se alzan en la lluvia y se proponen a diezmar hogares, destrozando vidas, desmoronando las vías por las que discurren los autos, tumbando los árboles que vieron nacer al arenal sobre el que estamos. Cuatro de la tarde y a Piura la envuelven las mortajas oscuras del desastre.

Los Dioses del pasado memorioso ensayan el estruendo que encenderá con su cólera la noche que nos espera. Han despertado de su letargo de dos décadas. En medio de la tragedia, retumban los rezos desoídos de las víctimas que temen conciliar el sueño en la boca del relámpago. Al clarear la mañana, la muerte saldrá a oler las flores.

Fotógrafo Malú Ramahi Sánchez Burneo - Puente Bolognesi


Fuente:Fotógrafa Malú Ramahi Sánchez Burneo


 

Tadeo Palacios Valverde
Piura, 1994. Escritor, ilustrador y amante de la literatura pulp. Estudiante de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Piura. Sub director de la Revista Literaria “Malos Hábitos”.Lovecraftiano.
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