CULTURA

Johanna Hamann: Una genialidad del arte nos deja.

Desde la más sutil creación hasta la de mayor crudeza y pasión, Johanna Hamann nos invitó a una reflexión activa y sincera con nosotros mismos y con el contexto en el que, como seres humanos, nos creamos y reinventamos. Esta increíble mujer y exigente artista falleció la tarde del viernes pasado luego de una lucha ardua contra el cáncer, dejando un legado de obras indescriptibles en su sinceridad y muchos alumnos que jamás la podrán olvidar.

Como artista fue una exigente profesional y los temas que abordó los desarrolló con potencia y complejidad. Sus trabajos sobre el cuerpo, tanto como ser social, político y biológico, desarrollaron críticas directas a conceptos de género, como es el caso de su pieza  “Cuerpo III (Ejecución)” (1995-1997) donde la crudeza de una mujer siendo guillotinada a la altura de los muslos abordaba al espectador sin compasión.

Nos habló sobre la naturaleza y la fragilidad del organismo humano con piezas de gran belleza donde sistemas nerviosos y cerebros nos recordaban nuestra compleja y delicada existencia, señalando al cuerpo como el frágil refugio de aquello que experimentamos como “vida”.

Detalló sin contemplaciones la dura violencia política de los años ochenta en nuestro país y mediante el uso de un lenguaje artístico visceral y crudo, desarrolló una perspectiva crítica al entorno injusto que la enmarcaba como persona y artista.

Fue una creadora apasionada con “una mirada curiosa e impertinente”, en palabras de ella misma. En la exposición “Johanna Hamann 1977-2015”, donde concentró gran parte de su proceso y trayectoria, pudimos ser testigos de una artista que jamás dejó de cambiar y siempre trató de expresar, no solo una gran curiosidad intelectual, sino con sensibilidad profunda, la vida y sus matices.

“No se podría desligar su humanidad de su arte, su obra era ella misma”

Como docente marcó de forma indeleble a sus alumnos, en palabras de una alumna suya “No se podría desligar su humanidad de su arte, su obra era ella misma” y esto fue lo que trasmitió a los que tuvieron la suerte de estar bajo esa mirada quirúrgica y precisa. Inspiraba un respeto inmediato al conocerla, sin dejar nunca de ser muy humana, era claro que te encontrabas con una mujer de acero, que no solo había sobrevivido más de lo que contaba, sino que te diría todo lo que pensaba sobre ti como artista y tu obra. Con una sinceridad a veces bastante dura pero siempre con una precisión admirable que te impulsaba a mejorar y cuestionarte.

Su partida supone ahora que observemos su vida y obra como una unidad. Ella fue una mujer compleja en la que los limites y territorios de su identidad como persona se desdibujaban. Artista en todo momento, madre, docente y mujer transitó por el país y mutó con él. Se atrevió a pensar críticamente y ser una ciudadana del mundo, activa y contestataria. Aquellos que la conocieron lloran y sufren su partida, aquello que disfrutamos su obra y admiramos su trayectoria la despedimos con admiración.

Desde la fragilidad de nuestros cuerpos y la incandescencia de nuestro espíritu nos despedimos Johanna, abandonaste el refugio para esconderte detrás del tiempo, donde ahora eres eterna.

Javier Barrionuevo Luna
Estudiante de escultura de la PUCP, con estudios de filosofía en la UARM. Con experiencia en el teatro y en la crítica.
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